Autor: Admin_Fernando

18 de Mayo: 1811, 1972, 2020

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Tres tiempos muy distintos que ameritan una reflexión serena pero rigurosa.

Hizo muy bien el Presidente Lacalle Pou en revalorizar la celebración del 18 de mayo de 1811, fecha de la Batalla de Las Piedras. Llevamos demasiados años de abandono de las conmemoraciones históricas y de construcción de un relato tergiversado de ella, no sólo en la reciente (donde es escandalosa la parcialidad frentista) sino aun en la fundacional. En ésta los héroes se desdibujan y se termina concluyendo en una independencia uruguaya casual y otorgada desde afuera, ignorando la sacrificada lucha que, en los 17 años que van hasta 1828, nos enfrentó con España, Buenos Aires, Portugal y Brasil. Primero al mando de Artigas y luego de Rivera y Lavalleja.

Fue Las Piedras el primer gran triunfo de la revolución, porque Buenos Aires no lograba consolidarse militarmente en el Alto Perú y se temía una fuerte resistencia española desde Montevideo, donde estaba anclada una flotilla que luego del triunfo oriental bloqueó Buenos Aires. El episodio militar marcó, por un lado, las posibilidades de movilización efectiva del pueblo oriental y, al mismo tiempo, el liderazgo de Artigas, que se hizo indiscutible al sitiar Montevideo y confinar allí al Virrey Elío.

Poco después, el acuerdo entre Buenos Aires y el Virrey llevó al levantamiento del sitio, sin consulta a los nuestros y, como consecuencia, a la protesta admirable del Éxodo, episodio fundamental en la configuración del sentimiento de identidad y autodeterminación que comenzaba a enraizarse.

Si no se miran estos episodios, y los que le seguirán a lo largo del medio siglo posterior, difícil es entender nuestro presente y la configuración de las tendencias de largo plazo que hicieron del Uruguay lo que es.

Al mirar hace ese pasado raigal, obligada es también la memoria sobre otro 18 de mayo, este de 1972, en que la guerrilla tupamara asesinó a cuatro soldados que hacían guardia frente al domicilio del Comandante en Jefe del Ejército. Fue en Avenida Italia y Abacú y no hubo enfrentamiento. Simplemente se les asesinó, por sorpresa, dentro de un jeep tomando mate. Fue un desafío al Ejército, que -como es tradición- celebra su aniversario en la conmemoración de Las Piedras. Estábamos aún en democracia, aunque el asalto a las instituciones que estaba en curso había sacado al Ejército a la calle. Ello había ocurrido a escasos meses de la elección de 1971 y fue un nefasto episodio, porque la dirección tupamara, que estaba juzgada regularmente por la Justicia y presa en el Penal de Punta Carretas, se fugó y generó una enorme conmoción pública. Los había aprehendido exitosamente la Policía, porque el Presidente Pacheco Areco había preferido hasta entonces no dar intervención a los militares. Cuando se da la fuga, en medio del clima de una elección pasional, se encarga la represión a las Fuerzas Armadas. Éstas derrotaron al movimiento en pocos meses y sus mandos de la época, desgraciadamente, se embriagaron con esa victoria y terminaron avanzando sobre el poder civil. Nada excusa su responsabilidad, pero tampoco la de quienes provocaron la situación.

Algunos relatos históricos complacientes intentan desligar la responsabilidad tupamara en el golpe de Estado, pero una mirada mínimamente objetiva nos dice que sin guerrilla no había golpe, o -dicho al revés- en la secuencia que allí nos condujo. La desestabilización comienza con la irrupción de la violencia política que el Uruguay había dejado atrás hacía décadas.

Desde nuestra democracia actual, desde la paz que el país vive, desde una república que afronta hoy una crisis mundial con serenidad y bajo la ley, es imprescindible mirar hacia ese pasado, el más cercano y el más lejano, pero ambas de enorme trascendencia para valorar lo que hoy tenemos que cuidar. Ni las Fuerzas Armadas son un riesgo para las instituciones ni la guerrilla retornó, pero cada tanto las emociones afloran. Respetables son cuando se expresan con voluntad de paz. No cuando pretenden reavivar enfrentamientos o indeseables enconos.

75 años

Por  Julio María Sanguinetti.

“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”, escribió luminosamente Marc Bloch.

Desgraciadamente, cuando se procura iluminar lo ya ocurrido, es muy de nuestro tiempo mirar con indiferencia esas evocaciones bajo la idea de que lo que importa es el futuro ya que lo anterior es irreversible. Sin embargo, aunque la historia nunca se repite, sus corrientes son las únicas que nos hacen inteligible el presente, por analogías, permanencias y fundamentalmente la configuración de mentalidades que son el resultado de ese devenir.

Recordar que hace 75 años terminó la Segunda Guerra Mundial, no es una memoria congelada. Es una dramática lección sobre lo que pueden significar la intolerancia, el dogmatismo ideológico, el prejuicio étnico, la debilidad de las instituciones democráticas o las humillaciones a las naciones y grupos humanos. Fue una enorme batalla, acaso la mayor de la historia, por la dignidad humana. Como dijo Churchill, si sobrevivimos “algún día se dirá que esta fue nuestra hora más gloriosa”. Y lo fue, lo es.

El conflicto anterior, el que va de 1914 a 1918, culminó con la derrota alemana e instaló el fantasma de su posible renacimiento militar. De ahí que en Versalles se le impusieran condiciones que el propio Lord Keynes, en un célebre memorándum (“Las consecuencias económicas de la paz”) sostuvo que llevar a Alemania a la servidumbre, generaría tal humillación en su pueblo que “dentro de 25 años tendremos que repetirlo y nos costará tres veces más”. Desgraciadamente así fue, cuando un demagogo rencoroso como Hitler explotó ese resentimiento popular, hizo de los judíos un chivo expiatorio de las penurias económicas (que la crisis del 29 llevó a su máxima expresión) y arrastró al mundo a su mayor tragedia

Aquella primera guerra fue una sangrienta insensatez, bien propia de ese mundo de imperios y absolutismos nacionalistas que terminaron allí mismo, con la caída de los zares rusos y de los imperios Austro-Húngaro y Otomano. De ese derrumbe nació nada menos que el imperio soviético y la ola nazi-fascista en Europa. Faltó visión a los vencedores. Y esa ceguera valoriza particularmente la sabiduría de esa segunda posguerra que nació hace 75 años, cuando capituló Alemania.

La peor secuela se volvió a vivir en Alemania, con su división entre democracia y comunismo. Sin embargo, la restauración democrática del lado occidental fue un formidable éxito, que permitió -cuando más tarde se puso final a la guerra fría- una reunificación pacífica que le condujo a la admirable prosperidad material y cultural de hoy.

Aquí es interesante subrayar el enorme aporte de los generales norteamericanos. George Marshall, luego de ser el Jefe de Estado Mayor del ejército norteamericano durante el conflicto, devino Secretario de Estado y lanzó su célebre plan para la reconstrucción europea, que contribuyó a que la expansión comunista no llegara a ese Occidente empobrecido. Dwight Eisenhower, por su parte, comandó nada menos que el Desembarco de Normandía, documentó e hizo testimoniar multitudinariamente el horror de los campos de concentración nazis (pensando proféticamente que algún día alguien lo negaría), preservó el legado social de Roosevelt y terminó su mandato advirtiendo el peligro que era para la democracia el nacimiento del poderoso complejo “militar industrial”. El polémico Douglas Mac Arthur, a su vez, fue el comandante de la Guerra del Pacífico y luego “gobernó” Japón durante seis años, preservando al Emperador y sus instituciones tradicionales para evitar que creciera el sentimiento de humillación por la derrota.

Nació entonces una institucionalidad para la paz, que fue desde la creación de Naciones Unidas hasta la del Banco Mundial de “Reconstrucción y Fomento” y el Fondo Monetario Internacional.

Pese a todos los pesares, a los avatares de la Guerra Fría que vendría después y a los conflictos locales como Medio Oriente o Vietnam, globalmente el mundo nunca tuvo tanta paz y, por supuesto, prosperidad. Ese gran espacio multilateral, sin embargo, hoy está en crisis y lo ha revelado la pandemia en curso, con Estados Unidos haciendo lo que se le ocurre, China rivalizando con él, Europa ensimismada en su compleja división interna y ni hablemos de nuestra América Latina, donde no hay modo de sintonizar.

Esta celebración de los 75 años debiera ser, en esa perspectiva, una pausa de reflexión. Que si no le llega a las potencias, tampoco nos condena al resto a la parálisis del espectador. Aun con la modestia de nuestras fuerzas, no hay puente al que no debamos contribuir ni esfuerzo que dejemos de hacer para acompasarnos a la velocidad de una ciencia que viene dejando tan atrás los modos políticos del pensar y el hacer.

Nuestra democracia, consolidada luego de 35 años de libertad, vuelve a vivir una desafiante prueba que va desde la salud a la paz social. La grandeza que alienta desde el pasado, nos impone a todos -sin excepciones- el deber de la mirada amplia y profunda, despojada de sectarismos, utopías regresivas y pequeños personalismos.

Una declaración de inconstitucionalidad

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Estos días en que con tanta liviandad se habla de inconstitucionalidad, apenas se ha divulgado una importantísima sentencia de la Suprema Corte de Justicia, que declaró inconstitucional la ley que había habilitado el voto de los uruguayos en el exterior. Se trata de la ley 19.654, votada a tambor batiente por la mayoría regimentada del Frente Amplio en agosto de 2018, sin la mayoría de dos tercios de votos que exige la Constitución para las leyes electorales y despreciando otras normas constitucionales fundamentales que no habilitan en caso alguno esa posibilidad de votar desde el exterior.

Una sentencia sustantiva y muy razonada, documenta el análisis exhaustivo que hizo la Corte en el caso, con matices de diferencia de criterio entre sus miembros, en varios aspectos, pero unánimes los cinco en la inconstituionalidad del artículo 1º de esa ley, que la hace inaplicable no solo a los partidos que presentamos el recurso sino aun al Frente Amplio. Es más, un miembro de la Corte que no cree necesaria la exigencia de los dos tercios (el único que opina así), va más allá, porque sostiene la inconstitucionalidad por razones no de forma sino de fondo, al violarse el artículo 81° de la Constitución que dice que la ciudadanía no se pierde ni aún por nacionalizarse en otro país y que los derechos correspondientes se recuperan por “avecinarse en la Republica e inscribirse en el Registro Cívico”. O sea que, conforme a este criterio, ni aun por ley con dos tercios se podría establecer el voto en el exterior, opinión que comparten otros miembros de la Corte.

De este modo se ha dado por tierra el atropello que el Frente cometió.

Importa señalar que el tema es jurídicamente clarísimo. Ante todo por la razón señalada: la Constitución exige el “avecinamiento” y ello es lógico cuando el artículo 1º establece que el Uruguay es la “asociación politica de todos los HABITANTES comprendidos en su territorio”. Por eso es que quien no está en el país tiene suspendido el ejercicio de sus derechos de ciudadanía y para recuperarlos tiene que “avecinarse”. Lo que se ratifica, por la inversa, cuando le reconoce el voto a los extranjeros “avecinados” en el país luego de un cierto lapso (tres a cinco años, según los casos).

Aparte de esas razones jurídicas, importa recordar que políticamente se ha demostrado que el voto en el exterior normalmente no coincide con el voto en el propio país. Se lo ha visto claramente en elecciones italianas, donde el voto en Argentina fue decisivo para cambiar el resultado de Italia, o en el Perú o en Chile no hace mucho, en que el hoy Presidente Piñera perdió fuera de su país. O aun en EE. UU., donde Trump obtuvo en el exterior un porcentaje de votos claramente menor. O sea que, políticamente, el voto de afuera no es una expresión auténtica de la voluntad democrática.

Si nos vamos a un criterio ético, es mucho más claro, porque se pone la decisión de quién será gobierno en manos de aquellos que no van a vivir la consecuencia de su voto. Quien integra el cuerpo electoral y vive en el país, actúa con conciencia de su realidad, sabe que su decisión afectará su vida de un modo u otro. Quien mira de lejos, decide por quienes viven en su país.

Se comprende el deseo de los residentes en el extranjero de votar, que ha llevado a muchos países a habilitarlo. Pero no por ello deja de ser cuestionable.

En lo estrictamente electoral, además, la norma infringía todas las garantías del voto, al no haber control partidario (cosa esencial en nuestro sistema) y al quedar todo en manos de autoridades que no son las de la Corte Electoral.

La Suprema Corte, entonces, ha vuelto todo a su cauce. Y vuelve a dejar al desnudo el irrespeto absoluto del Frente Amplio por la Constitución. Este atropello lo consumó a sabiendas, ya que el mismo Frente Amplio, en el período anterior, había aceptado que eran necesarios los dos tercios de votos y por eso intentó sin éxito la vía plebiscitaria. La diferencia es que en aquel momento integraba el Senado el Dr. Korzeniak, que tenía estampado en su libro de Derecho Constitucional una opinión rotunda al respecto que no podía contradecir.

No viene mal este varapalo en días en que se invoca, sin sustento, que la ley de urgente consideración es inconstitucional porque refiere a varias materias.

 

El desafuero

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

No se trata de buscar el aplauso fácil, ni de personalizar las cuestiones, ni de chicanas políticas. Como siempre, se trata de defender la institucionalidad que es -siempre- la garantía de todos.

El miércoles pasado se presentó ante la Comisión de Constitución el hoy Senador Guido Manini Ríos pidiendo que se trate cuanto antes el pedido de desafuero que pesa sobre él. Como es notorio, un Fiscal ha solicitado a un juez que sea formalizado por el presunto delito de no informar a la Justicia de la confesión del procesado y preso José Gavazzo, formulada en el transcurso de las sesiones de un Tribunal de Honor. Como es notorio, el expediente fue elevado al Ministerio de Defensa Nacional, el Ministro -como corresponde- lo llevó a la Presidencia y allí se aprobó, con la firma del Presidente de la República, el fallo del Tribunal. Sin más trámite. Hasta que un periodista hizo público el tema y allí se desató esa situación

Ante todo, hay que entender que el fuero parlamentario es un instituto jurídico de tradición universal y que no puede depender de la simpatía o antipatía que genere el legislador involucrado. Desgraciadamente, se ha visto con frecuencia en estos días, que se opina desde una actitud eminentemente política. El propio colega Mujica, que anuncia su voto en contra al desafuero, da algunas razones políticas que no hacen al caso, porque si esto favorece o perjudica al Senador Manini no es el asunto.

Lo que hay que entender es que el fuero se estableció para amparar la libertad del Parlamento, protegiendo a los legisladores de eventuales desbordes o persecuciones de los otros dos poderes, el Ejecutivo y el Judicial. Por eso se dispone en la Constitución, desde 1830, que el legislador no puede ser arrestado ni acusado criminalmente, aun por delitos comunes, salvo que los dos tercios del total de componentes de su Cámara entienda que “hay lugar a la formación de causa” y lo declare suspendido en sus funciones. El fuero es de la Cámara, no del legislador individual.

Por supuesto, este no es un tema uruguayo sino universal. Y fue lo que protegió inicialmente a los legisladores venezolanos cuando los opositores obtuvieron la mayoría del Parlamento. Le costó mucho a Maduro llevárselos por delante y cuando al final violó ese fuero, se hizo absolutamente incuestionable su condición de dictador. Incluso un tirano desbordado tuvo que dar muchas vueltas para atropellar esas garantías que, aun inmateriales, le pesaban bastante porque dejaban al desnudo la naturaleza de su régimen.

El “fuero” no es un privilegio personal del legislador, sino una protección institucional de la Cámara de que se trate. Ella es la dueña del fuero. La que decidirá si expone a un juicio a uno de sus miembros.

Que el legislador cuestionado diga que no quiere la protección “porque no tiene nada que ocultar”, no pasa de ser una definición personal, carente de todo valor para la institución. Lo ha explicado de un modo clarísimo Óscar Botinelli, Profesor Grado V de Sistemas Políticos en la Universidad de la República, en un artículo publicado en el diario “El Observador” el sábado 15 de febrero y cuya lectura recomendamos, no solo por su calidad intrínseca sino porque se trata de un especialista, insospechable -además- de complicidades con ninguna actitud de la derecha política.

Por tales razones, hay que estar, con seriedad, a los hechos. El Senado tendrá que examinar el expediente judicial y toda la tramitación adentro del Poder Ejecutivo. Tiene el Partido Colorado credenciales de actuar siempre de ese modo y el Frente Amplio recordará que cuando la Justicia pidió el procesamiento del entonces Vicepresidente Nin Novoa, se votó en contra. Había omitido -y se probó- declarar un bien en su patrimonio; sin embargo, se entendió que no había allí una intención delictiva y que su error no era suficientemente grave como para ameritar el desafuero. Esto ocurrió el 2 de agosto de 2011.

Como explicó entonces el diputado Ope Pasquet, el pronunciamiento tenía que referir a “si hay lugar a la formación de causa”, por lo que hay que hacer una estimación de hecho y derecho, pensando en el fuero parlamentario.

Por eso decimos que de confirmarse el relato que se ha hecho público, es evidente que si el general Manini tuvo responsabilidades, mucho más las tuvieron el Secretario de la Presidencia y el propio Presidente de la República. En todo caso, la “demora” de Manini no era más que eso, una demora, no consumó un ocultamiento, y no tenía ninguna consecuencia porque Gavazzo estaba preso. Y llama la atención que se concentre en él toda la responsabilidad cuando la consumación del ocultamiento estuvo en el Poder Ejecutivo. Todo depende de una calificación racional de los hechos y juzgar si hubo o no una intención delictiva. Razón por la cual, en lo personal, no adelanto una posición definitiva, porque creo que son relevantes esos pasos a dar y no se puede hablar de antemano. Nadie con responsabilidad democrática puede dejar de actuar con esa objetividad. Con más énfasis -y sobre el fondo- lo dice el propio Botinelli: “la encrucijada del sistema político en este caso es si buscar el aplauso circunstancial de la tribuna o jugar a la defensa de las bases de la institucionalidad”.

 

Desde la Cuarentena

Por Julio María Sanguinetti (Columna publicada en el Diario EL PAÍS el domingo 19 de abril de 2020)

Como una revancha de los dioses a la arrogancia de los humanos de este siglo XXI que nos sentíamos omnipotentes, ha retornado la más primitiva venganza de la naturaleza: la peste.

La que terminó con Pericles y su luminoso período de la historia griega, la que puso punto final a la vida de Marco Aurelio, el emperador filósofo y un tiempo de grandeza romana.

Hoy, ciudadanos de esta época, desde el retiro de la cuarentena, ¿qué estamos viendo?

UNA GLOBALIZACIÓN SIN GOBERNANZA. Un fenómeno universal, más demandante que nunca de una coordinación internacional, nos muestra sin ningún principio orientador: Europa dividida entre el norte y el sur, EE.UU. errático, Naciones Unidas irrelevante, Brasil y México contradictorios, como perdidos. Solo el Oriente parece tener claridad en la tormenta.

CENTRALIDAD DEL ESTADO. Luego de mucho debatir sobre el rol del Estado, queda claro que ante el desafío colectivo, solo el Estado puede organizar una respuesta. Y, como consecuencia, se vuelve a mirar hacia los tan discutidos políticos, reclamándoles rumbo. El primero, el Presidente de la República, que en nuestro caso ha respondido con una altura acorde con las circunstancias.

DAÑO SOCIAL. La pandemia obligó a detener actividades y, como natural consecuencia, la desocupación creció vertiginosamente. Más de 80 mil solicitudes de seguro de paro miden ese extremo. Al mismo tiempo, se pusieron en evidencia las carencias enormes que heredó este gobierno luego de 15 años de un presunto socialismo que administró la bonanza de precios internacionales más grande de nuestra historia: 400 mil personas al margen de la seguridad social.

CAMBIO DE PLANES. El gobierno llegó con la idea de reducir el déficit fiscal, reformar la educación, abrir mercados internacionales. La pandemia le cambió el manual: debió salir a enfrentar el desafío sanitario sin medir gastos y atender con urgencia las carencias sociales, provocadas por la paralización de actividades, con una multiplicación inesperada del gasto público. La oposición se imaginaba oponiéndose al neoliberalismo (aunque fuera una fantasía propia) y se da de cabeza con un keynesianismo activo y rampante.

LA CIENCIA. Protagonista de nuestro mundo, mostró ahora sus límites. Algo le era desconocido. De todos modos, es la única arma de la civilización para defenderse. Estamos hablamos de ciencia y no de la charlatanería que se escucha con mucho ruido y poca sustancia. Mirando hacia adelante, ¿qué nos espera, qué caminos se abren?

LA RECESIÓN ECONÓMICA. No estamos ante una crisis como la de 2002, que fue un fenómeno regional y básicamente financiero. Ahora estamos ante una tormenta universal, impactante de mo-dos diversos, a la vez, en oferta y demanda. El Uruguay se recuperará, como siempre, con la exportación, pero no va a encontrar un mundo en expansión y la brutal caída de recaudación (de la que poco se habla) costará revertir. Hay luz al final del túnel si no malgastamos el crédito y ponemos el foco en los generadores de empleo. Pero el túnel no será breve.

SALUD VERSUS ECONOMÍA. No podemos encerrarnos en ese falso dilema. Un economicismo tradicional no nos va a dar la respuesta necesaria para la pandemia. Un mesianismo médico puede llevarnos a un hambre de posguerra si no recuperamos el empleo activo. La cuarentena no puede ser eterna. El gobierno lo viene haciendo bien, con una prioridad en salud y una progresiva y pausada recuperación de la actividad.

MUNDO DIGITAL. La tendencia inevitable hacia una digitalización progresiva de la producción y la vida social, se ha acelerado. En tres semanas se saltearon tres años, por así decirlo, en el teletrabajo. Las clases se dan por ZOOM. Los políticos discutimos desde pantallas. Es un salto cualitativo esperanzador pero desafiante. Caerán algunos empleos y nacerán otros. Pero los empleados no serán necesariamente lo mismo. Se hace protagónica la “destrucción creativa” de Sombart y Schumpeter: lo que modula el cambio es la innovación y esta se genera desde las empresas.

DEMOCRACIA Y MEDIOS. Se teme que el éxito asiático, basado en un Big Data que controla la vida en sociedad y persigue cada movimiento, nos llevará al autoritarismo. Es un riesgo, pero la democracia tiene que defenderse con sus armas legales y lo hará. Incluso, no hay mal que por bien no venga, se han revalorizado los medios de comunicación frente a las redes sociales. Ante la emergencia, el ciudadano precisó información veraz y con editor responsable. Volvió a las fuentes, asumió que las redes son un coro desafinado y multitudinario donde cabe todo sin concierto.

Estas observaciones no las sentimos reductibles a la clásica dicotomía optimismo o pesimismo. Para este último basta mirar lo que ha ocurrido ya, en tan pocas semanas, en el mundo y entre nosotros. Pero la reacción del país, desde el gobierno ante todo, permite avizorar un futuro. Desgraciadamente, todavía escuchamos voces que no esconden el deseo de la revancha política. A la vez, sin embargo, alienta ver a la gente de la salud y a quienes siguen luchando para no detener la exportación ni la atención a las necesidades de la gente.

El desafío es entender que tendremos que paulatinamente recomenzar las actividades económicas, no cortar las cadenas de pagos y salvar las empresas en dificultades.

El Estado, guste o no, tiene que ponerse del lado del que preserva empleo, sea grande o pequeño. Si se logra, y es posible, atravesaremos la pandemia y saldremos fortalecidos. El camino no son eslóganes, frases hechas, reclamos imposibles y argumentos mágicos que, invocando la solidaridad, conducen a la miseria.

Sanguinetti: “Un mes”

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

La vida tiene más imaginación que cualquier estadista o legislador. Y bien que lo hemos vivido en este mes vertiginoso.

Del esperanzado discurso del Dr. Lacalle Pou aquel primer día, se han caído todos sus énfasis. Imposible hablar de equilibrio fiscal cuando se derrumba la recaudación y vuelan los gastos. Difícil abordar polémicos cambios en una ley de urgencia que iba desde la educación hasta el derecho penal. Todo se ha concentrado en asumir la pandemia y sus consecuencias sociales. No había -ni hay todavía- otra opción… (SEGUIR LEYENDO)

Sopla un viento de cambio en Uruguay

Por Julio María Sanguinetti (Diario LA NACIÓN de Buenos Aires)

El 1º de marzo se inaugura un nuevo gobierno en Uruguay. Así como hace 15 años fue histórica la victoria del Frente Amplio, que rompía una continuidad -casi bicentenaria- de los dos partidos tradicionales, no lo es menos esta alternancia. El poder retorna hacia el centro de la opinión democrática, luego de 15 años de gobiernos hegemónicos de la coalición de los partidos de izquierda, sustentados en una mayoría parlamentaria sólidamente regimentada.

La elección de octubre mostró una clara voluntad de cambio del país. Los partidos opositores llegaron al 54% y el Frente Amplio no alcanzó el 40%, el peor resultado de las últimas cuatro elecciones.

La segunda vuelta resultó más ajustada y como el candidato frentista no reconoció su derrota en la noche de la elección, hubo que esperar el pronunciamiento definitivo de la Corte Electoral, que llegó dos días después, ratificando un resultado que en el primer recuento ya era obvio. La prensa internacional fue conteste en elogiar la manera en que los partidarios de una y otra opción vivieron esa demora, expresándose en la calle en clima de convivencia sin que nadie, además, cuestionara ni por asomo a la autoridad que llevaba a cabo el escrutinio de los votos.

Asume ahora el doctor Luis Lacalle Pou, hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle de Herrera y miembro de una familia con cinco generaciones de relevancia política. Es un político joven, de 46 años, pero ya con una trayectoria parlamentaria de veinte, que lo llevó a postularse sin éxito en la elección pasada. En esta oportunidad, con una campaña impecable y un discurso moderno y conciliador, conquistó una victoria que lo erige, más que como líder del Partido Nacional, en conductor de una coalición “multicolor” que congrega a cinco partidos. La tradición política nacional es la de los acuerdos para gobernar, pero esta vez hay más actores en danza y ello introduce una novedad.

Esta concertación incluye al histórico Partido Colorado, el Partido Independiente (una centroizquierda moderada) y la novedad de dos partidos nuevos, el Cabildo Abierto y el de la Gente, ya de hecho desintegrado. El “Cabildo”, en cambio, postulando como candidato al excomandante en jefe del Ejército general Guido Manini, se ubicó, sorpresivamente, como tercera fuerza de la coalición, con una importante bancada parlamentaria. El hecho es que, si bien los dos partidos tradicionales sumados aventajaron al Frente Amplio, la mayor diferencia la hizo esta nueva agrupación, que recogió -aun en barrios humildes- la imagen de autoridad que representó esta figura militar, en un país que vive, a su escala, una situación de inseguridad desconocida.

Más allá de la irrupción de estas nuevas colectividades, el sistema político uruguayo resiste y en estos tiempos de revuelta e insatisfacción no deja de ser un gran activo democrático, cimiento de un clima de estabilidad política y jurídica que se preserva.

Luego de la década de mejores precios internacionales de la historia, el Frente Amplio deja el gobierno con un déficit fiscal grave (del orden del 5% del PBI), una desocupación preocupante (en torno al 10%) y una situación de inseguridad inédita que ha sido decisiva para su derrota. Ella incluye una presencia del narcotráfico internacional que, montado encima del clima de permisivismo que significó la legalización de la marihuana y su distribución por el Estado, ha traído la novedad del sicariato y los ajustes de cuentas entre bandas urbanas.

El pasaje de esa coalición por el gobierno, más allá de un balance negativo, puede anotar en su haber histórico que, lejos de sacudir “hasta las raíces de los árboles” como prometió, no alteró las estructuras fundamentales. Ni desconoció la deuda externa ni nacionalizó la banca y, lejos de la vieja consigna de la reforma agraria, vivió el mayor proceso de extranjerización de la tierra de la historia uruguaya. Lo que ocurrió, sí, es que administraron una economía de mercado no creyendo en ella, con la siempre presente sobrevivencia de los viejos prejuicios que contaminaron su visión internacional, su enfoque de la seguridad y de la educación. Con todo, puede señalarse, como una suerte de paradoja, que viejos guerrilleros tupamaros, en su tiempo armados para derribar la “democracia burguesa” a costa de mucha sangre, no solo ocuparon la presidencia con Mujica, sino que comandaron las Fuerzas Armadas en fuerte sintonía con el mundo militar.

Sopla entonces un viento de cambio. Uruguay dejará de ser cómplice de la dictadura venezolana, para reencontrarse con su mejor tradición internacional. Se asumirá el fenómeno de la inseguridad desde el ángulo de proteger a la sociedad y no desde la falacia del delincuente víctima -y no victimario- de la injusta “sociedad capitalista”. Las políticas sociales, históricas en un Estado benefactor construido a principios del siglo XX bajo el liderazgo de José Batlle y Ordóñez, vuelven a pensarse como búsqueda de la igualdad de oportunidades y no mecanismos clientelistas que congelan la pobreza. Acaso lo más importante, en perspectiva histórica, sea que se proyecta un cambio sustantivo en el sistema educativo, hoy con resultados entristecedores para un país que, junto a la Argentina, fue en su tiempo la vanguardia del hemisferio, con Sarmiento y José Pedro Varela como líderes históricos.

Son tiempos difíciles para todos los gobiernos. Cada día resulta más esquivo equilibrar las posibilidades económicas con las expectativas de una clase media que habita en la sociedad de consumo y cuyas necesidades crecen exponencialmente. La revolución tecnológica cambia modos de producir y revoluciona el empleo. Es una modernización constante, que impone la permanencia del cambio. El nuevo gobierno uruguayo se apresta a guiar ese proceso con esperanza. Cuenta con la garantía de una Justicia falible pero independiente y una estabilidad política y jurídica que estimulan la inversión. Le pesa, sin embargo, un Estado hoy demasiado caro, remanente del despilfarro de los años de bonanza. Por encima de todo, sin embargo, importa que la vieja raíz republicana reverdece y que, bajo el liderazgo de un joven presidente, el país vuelve a mirar el futuro reencontrándose con lo mejor de su historia. Digámoslo sencillamente: el Uruguay de siempre.

Hora de Balance

por Julio María Sanguinetti (Diario EL PAÍS de Montevideo)

El nuevo gobierno comienza con una enorme expectativa del país. Años duros de inseguridad y caída en la educación, de auge delictivo y mayorías parlamentarias regimentadas para sostener cualquier arbitrariedad, abrieron el espacio a un profundo afán de cambio.

Las cuentas del Estado arrojan un importante déficit fiscal. Se ubica en el entorno de un 5% del Producto Bruto Interno del país. Se ha solventado hasta ahora con endeudamiento externo, pero este ha llegado a sus límites. Ya no hay márgenes para seguir gravando la economía del país con mayor deuda pública. Máxime cuando la presión fiscal es del orden del 35%. Y los ingresos del Estado vienen cayendo, aunque todavía nos beneficiamos de los bajos intereses internacionales.

La necesidad de ahorro se hace entonces imprescindible y nos pone un enorme límite a lo que se necesita para estimular una economía estancada, con baja inversión y el empleo cayendo desde hace siete años. Se calculan en 50 mil los empleos perdidos en el último quinquenio y la desocupación ronda el 10% de la población activa, con un fuerte acento en el desempleo de jefes de hogar. No solo hay más desocupación, hay que tomar en cuenta que la oferta global de empleo también viene cayendo y en el último quinquenio se redujo un 8%.

La industria sigue declinando, sin que se vea su piso. Felizmente la agricultura se sostiene por buenas zafras de trigo y soja. Sin embargo, seguimos pagando un fuerte tributo a la falta de acuerdos de libertad comercial con países importantes, como China por ejemplo, principal mercado de nuestras carnes, hoy -además- severamente afectado por la epidemia viral que sacude a la gran potencia asiática.

Mientras tanto, la inflación no baja y, año a año, se vienen incumpliendo las metas oficiales. Hoy estamos en un 8,5% oficial, pero en un entorno del 10% en el núcleo de los precios. Se discute poco lo que significa este enorme impuesto a los sueldos y jubilaciones. El país vivió en el siglo pasado una economía inflacionaria y recién en 1998, luego de medio siglo, retornó a guarismos de un solo dígito. En los últimos años, paso a paso ha ido creciendo, gravando fuertemente los ingresos y recomenzando una peligrosa carrera de precios y salarios.

En la equivocada magia de los números, se dice que aumentando ahora un mismo porcentaje que la inflación pasada, hemos recuperado el salario real. Y no es así. Ese 8,5% nos está midiendo lo que perdimos el año pasado, pero no nos asegura que hemos repuesto lo perdido. Todo dependerá de lo que ocurra en el venidero, porque si la inflación es del 5% habremos ganado -ahí sí- y si se va por encima del 10% habremos vuelto a perder. Hay mucha experiencia en este tema y la hemos vivido en las últimas décadas. Si queremos bajar la inflación y defender mejor los salarios, con mayor estabilidad, tenemos que mirar hacia adelante y no hacia atrás. Lo malo es que este balance tan complejo se produce luego de que entre el 2005 y el 2014 el país viviera la mayor bonanza de precios internacionales de que se tenga noticia. Ese hecho es el que mide la magnitud del negativo resultado de la administración frentista. Cuando llovían dólares por los precios de la soja, de la carne o de la leche, se gastaba más y más. Sirvió para ganar elecciones, pero ni bien los precios retornaron a la normalidad, se dejó de crecer. Hace un quinquenio que no crecemos y nos endeudamos, mientras seguimos perdiendo ingresos fiscales y empleos.

¿Puede el próximo gobierno revertir esta situación? Por cierto que sí, pero no será el resultado de la magia sino de un formidable esfuerzo colectivo, que tendrá que comenzar por estimular la inversión. Y para que ello ocurra, tiene que quedar claro que el gobierno está haciendo lo que debe hacer. Ello pasa por equilibrar nuevamente la seguridad social, como lo ha dicho reiteradamente el ministro Astori, y bajar el déficit. Al mismo tiempo, deberá enfrentar resueltamente la seguridad ciudadana y comenzar un proceso de reforma educativa que le otorgue esperanzas a la nueva generación, luego de tan penosos resultados en las pruebas de rendimiento. Estos son los pilares de la credibilidad.

El debate comienza con la llamada ley de urgencia. Habrá acuerdos y discrepancias, pero nada amerita que se esté hablando de reacciones apocalípticas. No hay nada que lo justifique. La estructura proyectada para el Codicen será la mejor o no tanto, y cada cual tiene el derecho a opinar y protestar si no le gusta. Pero no se debe, una vez más tomar de rehenes a los niños y jóvenes con paros que ya se anuncian como irreversibles.

Todos, en el sistema político y en las corporaciones, tenemos que asumir que hay fatiga en la sociedad. Rechazar cualquier cambio por creer que todo lo hecho es perfecto y que el equivocado es el pueblo, es resquebrajar una democracia que hemos de cuidar más que nunca.

Vivimos en el mundo tiempos de desconcierto. Un Uruguay que viene de vivir una ejemplar elección, con un sistema de partidos que, pese a todos los pesares, resiste aún, luce bastante excepcional. Si lo cuidamos, será para el bien de todos. Si no, como trágicamente se dijo en otros tiempos, “no habrá Patria para nadie”.

Ahora Montevideo…

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Pese a los agoreros, la Coalición Multicolor logró articular su presentación electoral en Montevideo de la mejor forma posible, trasmitiendo una imagen de auténtica renovación y de unidad política para lograr el cambio y cortar la continuidad de un frenteamplismo tan agotado en la gestión capitalina como en la nacional… (NOTA COMPLETA)