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Dialogando con Caetano

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Días pasados, Gerardo Caetano, respetado historiador que, aunque poco nos frecuentamos últimamente, considero un amigo, ofreció un largo y sustantivo reportaje en “Brecha” en que, desde una visión frenteamplista, aparecen dos grandes escenarios: por un lado, el de la democracia en América Latina, asediada por un militarismo renaciente; y por el otro, el de la actual coalición de gobierno, amenazada por un “núcleo duro del Partido Nacional” cuyo “proyecto” es terminar con el Uruguay batllista.

Lo primero da para mucho, especialmente cuando se observan los gobiernos autoritarios de izquierda, Nicaragua y Venezuela, donde las Fuerzas Armadas son el sustento del régimen y socios en la estructura corrupta del poder. Baste este subrayado, a cuenta de debates más profundos, para dejar en claro que el militarismo latinoamericano, otrora herméticamente de derecha, en estos días también transita por la otra vereda. Sin que se les mueva un pelo a nuestros pensantes “progresistas”, que todavía se alinean con esas dictaduras o, por lo menos, les tributan explicaciones que terminan siendo justificaciones.

En lo que hace al Uruguay, su tesis básica es que estamos ante la amenaza de “terminar con el Uruguay batllista”.

De ese Uruguay batllista, ya el Frente Amplio debilitó principios sustantivos, pese a que -cuando conviene- se asume el rol de auténtico continuador de su obra. Para empezar, si algo caracterizó al Batllismo fue, dentro de la tradición liberal del Partido Colorado, amalgamar a la sociedad, desarrollar el valor del voto como herramienta, fortalecer esos sectores medios de población, que nutridos por la inmigración pobre que venía de Europa y el Medio Oriente, debían incorporarse -y se incorporaron- a un proyecto de ciudadanía nacional. Desgraciadamente, el Frente Amplio ha resucitado, a veces explícitamente en el sindicalismo o tácitamente en actores políticos, el espíritu de la lucha de clases. La pobreza dejaba de ser una situación triste a superar sino una virtud, monopolista de la nobleza de espíritu, que se enfrentaba al egoísmo de quienes habían alcanzado mejores niveles de vida. Ese sentimiento ha envenenado la convivencia social propia de una democracia y ello se vive en los más diversos ámbitos, desde el cultural hasta el de las oficinas.

La laicidad ha sido otro elemento raigal del Batllismo. El Frente Amplio hace rato que abandonó esa causa, en todas sus dimensiones. En el terreno de la tan llevada y traída “agenda de derechos” no puede olvidarse que, en su tiempo, quien vetó una ley de despenalización del aborto fue el gobierno frenteamplista del Dr. Vázquez, asumiendo así una fuerte dualidad, que postergó varios años lo que ya se caía de maduro y veníamos sosteniendo desde ya lejanos tiempos. Ese mismo gobierno toleró, en el terreno de los simbolismos básicos, que un Comandante del Ejército, uniformado, asistiera a una misa convocada para tributar homenaje a la institución militar, aparte de otros episodios análogos, luego de un siglo de pacífica neutralidad religiosa.

En un plano más amplio del principio de laicidad, el Frente Amplio ha arramplado con la neutralidad de los espacios del Estado. La laicidad en la educación ya no corre. Un grupo de treinta Inspectores de Secundaria, invocando su jerarquía, salen pública y colectivamente, en medio la elección, a proclamar su apoyo al candidato del Frente Amplio y se les defiende. Como también ocurre ahora con los profesores que hace pocos días portaban tapabocas con una proclama contra la ley de urgente consideración y eso se considera “libertad de expresión”.

También el Frente Amplio ha sido muy distante de la política exterior del Batllismo, implacable con los dictadores, que cuando revistan en los cuadros “progresistas” han sido bendecidos inexplicablemente, como en el caso de Venezuela.

Estas y muchas cosas más, distancian fundamentalmente al Frente Amplio del Batllismo, pero imaginar que ahora hay un proyecto para “terminar” con el Uruguay batlista, es una afirmación que mueve a réplica a quienes integramos la coalición, con un espíritu de civismo democrático en que no cedemos la derecha.

¿Se está proponiendo la privatización de la Ancap, que debilitó y desprestigió la administración frentista? ¿Se está proponiendo vender Antel, que la mayoría batllista preservó para el Estado en histórico plebiscito? ¿Se está procurando debilitar la UTE, que soporta las increíbles cargas del frustrado proyecto de Gas Sayago? Nada de esto hoy está en juego. Lo que sí está es mejorar esas empresas, modernizarlas, ponerlas en competencia para beneficio colectivo, como se hizo en su momento con los seguros o la telefonía celular. Eso es preservar el legado batllista y no destruirlo.

En materia social, quien construyó el sistema de seguridad social fue el Batllismo. ¿Y quién lo salvó sino el Batllismo con la reforma jubilatoria de 1996? ¿Quien lo ha puesto en riesgo sino el Frente Amplio con una ley de 2008, totalmente errada en sus fundamentos, que ha llevado al sistema a la necesidad actual de una nueva reconstitución? ¿No existen hoy más asentamiento irregulares y gente en situación de calle, como nunca, tal cual por escrito lo estableció el Ing. Martínez, entonces Intendente capitalino, al reclamarle respuesta al Presidente Vázquez?

Podríamos seguir con este orden de razonamiento para mostrar que lejos de una amenaza, hoy estamos rescatando los valores esenciales de ese Estado Benefactor que construyó el Batllismo para adaptarlo a los tiempos que corren. Y que lo hacemos en una coalición con el Partido Nacional y otros partidos que coinciden en este rumbo.

En el terreno del pensamiento, el profesor Caetano presume que, personalmente, somos más colorados que batllistas y que por eso hemos reivindicado a Rodó y constantemente a Rivera y a Flores. Jamás sostuve que era algo más que de lo otro. A la inversa, soy profundamente batllista y en la misma dimensión colorado, porque sé muy bien -y nadie puede históricamente demostrar otra cosa- que el Batllismo solo podía haber nacido, y hacer su obra, adentro del histórico Partido Colorado. Por supuesto que además de constantemente explicar a Don Pepe, reivindicamos a Rivera y a Flores, porque viven cuestionados por lecturas tramposas de la historia, que ignoran que sin ellos no habría independencia y que sin su talante liberal y conciliador, difícilmente se hubiera podido constituir aquel precario Estado que les tocó conducir.

En cuanto a Rodó, por cierto que hemos exaltado su condición de brillante legislador colorado. Y no se puede ubicarlo en un panteón de “profundo antibatllismo”, porque no es así. Pensemos que acompañó la segunda candidatura de Don Pepe, después incluso de su polémica sobre liberalismo y jacobinismo y que, como legislador, tuvo participación en la legislación social impulsada por Don Pepe. De su discurso sobre la ley de accidentes de trabajo extraemos esta definición que lo dice todo: “El principio individualista que estuvo tan en boga en los albores del siglo XIX se bate en retirada ante otro que condice mejor con los sentimientos e ideas de la moderna civilización: el principio de solidaridad”. Que en cierto momento se enfrentó a Don Pepe, por cierto y como tantos, pero no por ello abandonó su histórica pertenencia. Sería ridículo que el Partido Colorado despreciara al intelectual de mayor relevancia manteniendo viva la difícil “interna” que Don Pepe siempre tuvo.

Naturalmente, un partido no es una cátedra universitaria. Pesa la realidad, pesan los liderazgos, pesan las circunstancias históricas. En nuestro partido la esencia de principios y la definición ética sigue siendo la histórica. Hoy estamos en una coalición “multicolor” que encabeza un Presidente nacionalista. Por supuesto que en el tradicional adversario hay versiones extremas de un liberalismo conservador y hasta clerical que choca con el Batllismo. Pero ni en el Presidente ni en sus propuestas está la extinción del Uruguay republicano, laico y solidario. Todo lo contrario. Lo ha demostrado en este tiempo de pandemia en que se puso todo el peso del Estado al servicio de los más necesitados. Razón por la cual le decimos al amigo profesor: esté tranquilo, que no nos sentimos amenazados y que de las bases del Uruguay batllista nos ocupamos nosotros. Sin distraernos.

 

Nuestro patriotismo constitucional

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Nuestra identidad nacional se configuró, ya desde su origen más remoto, en torno a la idea de institucionalidad.

Veinte años de desastres, de vicisitudes, de incertidumbres, nos han dado una lección práctica de que el amor a la independencia y libertad, el deseo de conseguirla y los sacrificios por obtenerla, no son suficientes para conservar ese bien, tras el que corremos en vano desde el principio de nuestra gloriosa revolución”. “Los votos que hicisteis al tomar las armas en 1810, y al empuñarlas de nuevo en 1825, empezaron a cumplirse; pero no se llenarán jamás, si como mostrasteis ardor en la guerra, no lo mostráis igualmente en respetar las autoridades, amar las instituciones y observar invariablemente el pacto constitucional que han sancionado vuestros representantes”.

Con estas frases comenzaba el Manifiesto de los Constituyentes a los pueblos representados en la Asamblea . Culminaba así la primera etapa, fundacional, del proceso formal de consagración de las instituciones republicanas por las que se venía luchando desde el primer día de nuestra Revolución. En 1813 las Instrucciones habían definido su idea política e institucional, sobre la base de una rotunda independencia de España (aún no asumida en Buenos Aires), una nítida definición republicana (cuando todavía ideas monárquicas circulaban entre los líderes de las Provincias Unidas) y una idea confederativa (entidades soberanas asociadas) que venía desde los EE.UU. y era el único modo de vertebrar a quienes habían sido parte del Virreinato del Río de la Plata.

Esas definiciones de principio fueron invariablemente sostenidas por el artiguismo desde 1811 hasta su derrota en 1820 y nunca fueron abandonadas, ni siquiera bajo la sujeción lusitana. Volvieron a ser nuestro programa desde la Cruzada de 1825, Rivera las trasladó hasta los pueblos de las Misiones y, con esa acción, provocó la definición de independencia que abrió el camino a las nuevas instituciones.

Notable es la labor de esos constituyentes. Justino Jiménez de Aréchaga, nuestro Maestro, dice que ella “representa un ejemplo de sabiduría política y de técnica constitucional entre todas las de su tiempo”. En efecto, inspirada en ideas liberales que no eran por entonces predominantes, consagran, como dice Pivel y es “justicia señalar”, “la igualdad y seguridad personal, la inviolabiildad de las propiedades, el derecho de petición, el libre ejercicio de toda clase de industria, agricultura y comercio, la libertad de prensa, la inviolabilidad de la correspondencia y el domicilio, en el orden de los derechos individuales; y en la distribución de los poderes, creando un verdadero poder parlamentario mediante la organización de un legislativo con atribuciones amplias, con inmunidades que asegurase su independencia funcional y una estructura adecuada para evitar influencias nocivas”.

No faltan quienes hoy la apostrofan, porque se negaba el voto a la mujer, al analfabeto o al peón jornalero, sin entender que en la época no otra cosa cabía. No se advierte que en aquellos tiempos, desgraciadamente, esos sectores de población carecían de independencia de juicio, sometidos a subordinaciones hoy impensables, pero que solo se pudieron superar justamente porque nos dimos esa democracia que, con el devenir histórico, abrió nuevos caminos. Es un anacronismo parecido al de los que condenan a Aristóteles, teórico de la democracia, porque en su tiempo no condenó la esclavitud o los que le cortan la cabeza a las estatuas de Colón, negándose a sí mismos y rechazando lo que somos como civilización.

En otro extremo, Alberto Zum Felde, dijo que los constituyentes “prescindieron”… “de la realidad histórica del país, para imponer una constitución abstracta”. El lúcido ensayista no advierte que esa realidad era el caudillismo militar y que, como bien señala Aréchaga, no podía hacerse una Constitución para reconocer que el poder político real lo tenían los generales. Sin embargo, esa Constitución les cerró el Parlamento a los militares: 34 de ellos -encabezados por Rivera y Lavalleja- se presentaron a la Constituyente reclamando que les permitieran ser candidatos al Parlamento, se les negó y el 18 de julio 1830, en toda la República, las fuerzas rindieron honores y juraron fidelidad a la Constitución. Es algo más que un símbolo.

El primer presidente constitucional, Fructuoso Rivera, cumplió su mandato atenido a la Constitución y la entregó cumplidamente a su sucesor. Así nació la República.

Es verdad que la vida política posterior fue turbulenta . Es notorio que el texto fue orillado más de una vez, pero nunca dejó de ser el punto de referencia. Nadie se atrevió abiertamente a desconocerlo. Todas los enfrentamientos y divisiones se hicieron en nombre de la Constitución y reclamando cada bando la titularidad de su cumplimiento. Hasta el General Máximo Santos, dueño de la situación luego de la intempestiva renuncia del Coronel Latorre y que asumiera el mando el Presidente del Senado, cuando quiso elegirse Presidente, recurrió a artilugios como hasta crear un departamento, pero siempre afirmando que se cumplían las normas, tal cual formalmente ocurrió.

Lo relevante es que nuestro país es hijo de una revolución que hizo de la institucionalidad su esencia. No siendo potencia económica ni territorial, nuestra configuración nacional se construyó desde la idea, y sentimiento, de nuestra autodeterminación republicana, como se vio, ya tempranamente en el Éxodo, cuando se pretendió manejarnos desde Buenos Aires. Así , desde el origen, la legalidad está inscripta en el ADN nacional. La propia dictadura militar no se resignaba a lucir como usurpadora y por eso pretendió, en el plebiscito de 1980, abrazarse a la Constitución que había violado, reconociendo su ilegitimidad sustantiva.

Nuestra idea de nación incluye lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas ha definido como “patriotismo constitucional”. En Argentina el Presidente es “de la Nación” y su banco oficial también es “de la Nación”. En nuestro país el Presidente lo es de la República y así también se identifica nuestra mayor institución financiera. No es una casualidad. Es una definición de principios. El Uruguay es una República y solo una República, con lo que ello significa.

El 18 de julio, entonces, no es solo una fecha en el calendario. Es la celebración de un episodio que nos define como pueblo ante el mundo. Hagámoselo sentir, como podamos y por donde podamos, a nuestros jóvenes.

 

La coalición hacia adelante

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Las vicisitudes políticas de coyuntura no torcerán el rumbo definido por el Partido Colorado: firme compromiso con la coalición de gobierno que integra desde su misma concepción.

La semana pasada se produjo la renuncia del economista Ernesto Talvi al Ministerio de Relaciones Exteriores. El hecho tuvo circunstancias especialísimas que han sido , como era de esperar, copiosamente reseñadas por los medios. Los hechos están ahí y ya no es del caso dar vuelta en torno a ellos.

El periodismo especializado, los analistas, han comentado la renuncia, sin duda relevante, desde puntos de vista muy variados. En cualquier caso estamos ante circunstancias inesperadas y ello llevó a que el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado analizara la situación y declarara su renovado compromiso con la coalición de gobierno, aventando cualquier especulación al respecto.

En el gabinete, la sustitución del Canciller por un diplomático de notoria filiación nacionalista, marca un cambio importante de la representación partidaria. Ello no obsta a que saludemos con alegría la designación del Embajador Francisco Bustillo, cuya reconocida trayectoria en el Ministerio, la amplitud de su criterio y su identificación con el Presidente de la República, aseguran una gestión solvente. Junto a él permanecerá nuestra correligionaria Carolina Ache como Subsecretaria. Es una figura joven, profesionalmente calificada y de destacada actuación en el Partido Colorado desde la Prosecretaría de Derechos Humanos.

Ahora se sabe que el Presidente de la República ha decidido que un colorado ocupe el nuevo Ministerio de Medio Ambiente, lo cual es importante -e interesante- a la luz de las presentes circunstancias. Es una materia compleja pero de relevancia creciente, tanto en sustancia como en la preocupación ciudadana.

Lo fundamental hoy es mirar hacia adelante con talante afirmativo. No otra cosa cabe. El gobierno afronta una situación gravísima y sorprendente, que ha envuelto al mundo entero en un estado de conmoción. El fenómeno de salud ha sido enfrentado con un éxito reconocido internacionalmente, al punto que los uruguayos somos los únicos latinoamericanos hoy autorizados a ingresar a Europa. Las consecuencias económicas y sociales adquieren ahora el protagonismo, con un saldo enorme producto de la paralización de actividades. Las empresas, en general, salen muy heridas y en algunos sectores el desafío es la sobrevivencia misma. Es el caso del turismo, que representa el 15% de nuestra exportación y aproximadamente el 7% del empleo.

No estamos ante una situación como la de crisis de 2002, porque esta no es regional sino universal y, a la salida, no nos encontraremos con un mercado normal sino con una caída de actividad de la que nadie se ha librado. El desafío es gigantesco y no tiene precedentes. Hay que adquirir conciencia de esa realidad y asumir, por lo tanto, que el voluntarismo y la demagogia de reclamar lo imposible solo agravarán la situación. Asoma el debate presupuestal y se escuchan ya, como es lógico, el mar de las reclamaciones. La mayoría son legítimas, pero cuando todo es prioridad, nada es prioridad… Y de eso se tratará: de no perder de vista la perspectiva amplia, del conjunto y del futuro.

Ante ese panorama, más que nunca es fundamental que la coalición de gobierno responda como lo viene haciendo hasta ahora. Con debates internos, sí, pero con efectiva unida a la hora de decidir. El Partido Nacional debe asumir que este no es un gobierno blanco sino, como ha dicho el Presidente reiteradamente, multicolor. Los demás partidos mantenemos nuestros perfiles aunque sin intransigencias. El Partido Colorado, nuestro partido, tienen en su esencia el sentido de responsabilidad para con el Estado democrático. Y a ese mandato histórico se debe. No significa esto, sin embargo, silencio o abstención frente a los problemas y sus eventuales soluciones. Así como en la ley de urgencia nuestros legisladores plantearon modificaciones y obtuvieron cambios relevantes, en todo el espectro del gobierno estaremos presentes con espíritu de armonía pero con voz propia.

Como a lo largo de nuestra historia, siempre oteando el horizonte.

 

El golpe en perspectiva

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Estamos a 47 años del golpe de Estado. A 35 de ejercicio democrático luego del fin de la dictadura. Sin embargo, por una causa u otra, ese pasado sigue agitándose en el debate público y, como dice el periodista Nelson Fernández, “no es cierto que se hayan aprendido las lecciones del ´73”.

Como bien señala Fernández, los que ejercieron la violencia, sea desde el intento revolucionario o el abuso golpista, siguen creyendo que actuaron con suficientes razones. Unos no asumen que llevaron el país a la desestabilización, luego de casi un siglo de paz; otros, no todos pero sí muchos del mundo militar, no reconocen que la dictadura transformó en víctimas a los victimarios de la democracia y cargó a las Fuerzas Armadas de la pesada mochila de las violaciones de los derechos humanos.

La cuestión es que solo quienes tienen más de 60 años tienen alguna idea de lo que ocurrió cuando el golpe y, sobre todo, en la situación que le antecedió. La nueva generación ha escuchado relatos que, en la cultura frenteamplista predominante en los medios docentes e intelectuales, están teñidos de una grosera parcialidad.

Estos días se han hecho evocaciones y del lado frenteamplista ha quedado claro que siguen al pie de una visión tergiversada de la historia que, más allá de interpretaciones, debería partir -por lo menos- de la verdad de los hechos. Éstos nos dicen que, en febrero de 1973, cuando realmente se produce el golpe, todos ellos, el Frente Amplio todo, el Partido Comunista, el Demócrata Cristiano, el Partido Socialista y la CNT alabaron el programa golpista de los militares insurrectos contenido en los famosos Comunicados 4 y 7. Repitámoslo: el golpe comenzó en febrero, si entendemos por golpe de Estado la insubordinación del poder militar contra el civil, que fue lo que ocurrió entonces, cuando los mandos militares desacataron al Ministro designado por el gobierno, sacaron los tanques a la calle y llevaron al Presidente constitucional a aceptar sus condiciones.

El rechazo y las manifestaciones de hoy tendrían valor si fueran la consecuencia de ese reconocimiento. Pero no es así: se ignora que aceptaban el golpe si se les incluía en un “gobierno nacional y popular” de los “civiles y militares honestos”.

Cuando uno señala estos hechos, de inmediato saltan, incluso historiadores, diciendo que esto es reconocer la “teoría de los dos demonios”, atribuyendo toda la responsabilidad a la guerrilla armada y a los militares. Más allá de cualquier teoría, el hecho es que no se podría sostener el relato histórico sin la aparición de los tupamaros, que sacaron a los militares de los cuarteles. Esto no exculpa, por cierto, a los generales de entonces, pero es incuestionable que sin “guerra interna” no había golpe de Estado.

Es verdad que en los partidos democráticos hubo divisiones, intemperancias y personalismos, que llevaron a errores de apreciación. Pero no se pueden poner a la misma altura la equivocación política y el asesinato o el secuestro.

Es verdad también que fueron años difíciles económicamente, pero hasta el Che Guevara dijo en Montevideo, en 1961, que en Uruguay había una democracia plena a preservar y que el camino de la violencia era un extremo del que estábamos lejos, advirtiendo contra la tentación guerrillera: “Ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es -precisamente- la posibilidad de expresar sus ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos… sin derramar sangre, sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba, que es que cuando se empieza con el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último…”.

No sería justo, tampoco, dejar de reconocer que mi colega Mujica ha trabajado para la paz, que no ha cultivado el revanchismo y que, tanto él como Fernández Huidobro y el propio Bonomi, por más diferencias que hayamos tenido, no han trabajado para la grieta entre civiles y militares. Pero así como esto es un hecho, también lo es que el Frente Amplio ha sido arrastrado a una actitud revanchista, falsificadora de la historia y abusiva, por grupos políticos y gremiales que cultivan la intolerancia.

Ahí tocamos el corazón del tema. Si en 1973 perdimos la libertad es porque antes perdimos la tolerancia. Y ésta se desvaneció poco a poco, paso a paso, en la década anterior, por la acumulación del recurso a la violencia armada, la desmedida agitación sindical y la transformación de las aulas en campos de batalla ideológicos. Por eso cuando se quieren colgar carteles en los liceos o usar tapabocas con consignas, acaso sin advertirlo, quienes incurren en esos atropellos están trabajando para el debilitamiento de las instituciones. Gente con responsabilidades docentes no debe -porque es una barbaridad- ir a la televisión y decir que como la libertad de expresión es irrestricta, pueden ir con una mascarilla contra una ley, sin advertir que mañana podrán aparecer otros con otras mascarillas, que digan “abajo el comunismo” o cualquier cosa que se le parezca. La Constitución es clara, la ley es clara y la historia es clara. Por eso fue una atrocidad aquella proclama de los Inspectores de Secundaria exhortando a votar al Frente Amplio, cuando la ley dice que el que haga “proselitismo” o “invoque el vínculo” con el organismo al que pertenece, debe ser destituido.

Estas evocaciones, entonces, tienen sentido si suponen asumir responsabilidades. Ni siquiera se trataría de esos pedidos de perdón tan a la moda, pero sí -por lo menos- de que se acepte cómo fueron los hechos y que no pueden repetirse aquellas prácticas que nos fueron llevando a un mundo de intolerancia y confrontación que resultó suicida. Los “nunca más” -tan repetidos- no valen solo para los golpes militares sino para todas las formas de violencia, para el adoctrinamiento en la docencia y el abuso en la vida gremial.

 

La caída del relato

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

La pandemia ha desplazado todo otro tema de la discusión. Sin embargo, un día sí y otro también, han quedado en evidencia resultados concretos de la administración frenteamplista que hacen caer definitivamente el relato con el que han transitado todos estos años. Con este lamentable balance hay que enfrentar ahora la caída mundial de la economía que ha traído el coronavirus.

A modo de resumen, la siguiente es una enumeración -no exhaustiva- de áreas sustantivas en que el balance deficitario del legado frenteamplista rompe los ojos.

I. SEGURIDAD CIUDADANA. Es el primero de los derechos humanos, porque hace a la vida y a todos los aspectos de la posibilidad de ejercer una vida normal. Los 400 muertos y 30 mil rapiñas resumen un desastre que tiene una variante cualitativa gigantesca: la presencia rampante de un narcotráfico instalado en el país. Habiéndose cuadriplicado el gasto del Estado, quedó en evidencia el error de una política cargada de ideología que, desde el comienzo de su primer gobierno, con una ingenua liberación de presos, comenzó el desbarranque. Sin olvidar que incluso en el último período, la promesa electoral era bajar el 30% las rapiñas y crecieron exponencialmente.

II. EDUCACIÓN. Es la primera y más importante política social. En tiempos como los que corren, incluye o excluye a la juventud en un mundo de producción transformada revolucionariamente por la tecnología. Los resultados son terminantes. En este escenario, también se aumentaron los recursos y se bajó el rendimiento, demostrando que el error estaba en su concepción doctrinaria y su ejecución. No es casual entonces que los aprendizajes de los alumnos de 6º año muestren que el 50% ni siquiera exhibía comprensión lectora en nuestra lengua. O que las pruebas PISA demostraran que en los jóvenes de 15 años, el 39% tampoco llegaba en esa materia al mínimo y el 52% no alcanza ese umbral en aritmética. En la sociedad de conocimiento es una condena.

III. INCLUSIÓN SOCIAL. Durante los quince años frentistas oímos hablar, machaconamente, de la “inclusión social”, con el MIDES y sus políticas asistencialistas como emblema. Se hablaba de una baja de la pobreza que era tan claramente estadística y poco realista, que llegó la pandemia y de un día para el otro descubrimos que teníamos 400 mil uruguayos sin protección social. Y que los asentamientos irregulares se multiplicaron hasta llegar a la increíble cantidad de 650. O sea que la larga tradición de seguridad social del Batllismo era lo único que sobrevivía y funcionaba. El Banco de Previsión Social, las escuelas de tiempo completo, las asignaciones familiares, los Centros Caif (creados en nuestro gobierno y no en los frenteamplistas, como ahora hacen creer), las preescolares y el programa de alimentación escolar, son los baluartes que han sostenido el país. Lo demás, mucho gasto y ningún rendimiento. “Las políticas sociales que aplicamos no dieron resultado”, dijo el Presidente Mujica, reconociendo esa realidad.

IV. DÉFICIT FISCAL. A pesar del período de mayor bonanza de la historia en los precios internacionales de exportación, el Uruguay aumentó la presión del gasto sobre el PBI en 7,3%, desmintiendo la enfática promesa del Ministro Astori de no aumentar ningún impuesto. Pese a ello, aumentó el déficit hasta el 5% del PBI; o sea, del orden de los 2.900 millones de dólares. Hay más déficit que cuando la crisis de 2002 y eso ha pesado enormemente para aumentar la deuda pública (se triplicó) y disminuir la competitividad del país por el atraso cambiario resultante de ese incremento de deuda. No es este un ejercicio de economistas, lejano a la gente; por el contrario, la ciudadanía entera sufre sus consecuencias en empleo e impuestos.

V. PRODUCCIÓN. La exportación perdió protagonismo y cayó de del 29,4% del PBI en el quinquenio 2005-2009 al 21,7% el año pasado, pese al avance de sectores fundamentales como la celulosa y la soja. En los últimos cinco años, no bien pasó la excepcional bonanza de precios, la economía se estancó. Los pobres resultados de aumento -alrededor de 1% en promedio- solo se explicaban por el sector telecomunicaciones (o sea las trasmisiones de datos y uso telefónico). En materia de inversiones, los únicos datos relevantes son la continuidad de las políticas de los gobiernos colorados, como la forestación y las zonas francas.

VI. EMPLEO. El Frente Amplio entregó el gobierno con una desocupación del orden del 10% y una caída de la tasa de empleo del orden del 5%. En los últimos cinco años se perdieron 55 mil empleos. Este tema, como todos los anteriores, se ha agravado con la pandemia y agregó un aumento exponencial del teletrabajo, de consecuencias muy relevantes. Los jóvenes, especialmente, padecen una muy fuerte pérdida de expectativas, porque la tasa de empleo cae de 39% a 31%.

VII. DIVISIÓN EN LA SOCIEDAD. Los profesores creen que se puede hacer proselitismo en los liceos. Los Inspectores invocar su jerarquía para pedir el voto al Frente Amplio, como pasó en la elección. Toda autoridad que pretende detener esos abusos del adoctrinamiento, es un “facho”. Muchos sindicalistas creen que comparten la administración y consideran atropello anti-sindical que se les reclame que se ajusten a su rol de protección de los derechos de los trabajadores. Los muertos por la guerrilla valen menos que aquellos que mató la dictadura. Buenos y malos. Buenos buenísimos, ellos, y malos malísimos, todo el resto. Muy triste.

Podríamos seguir enumerado áreas en las que el fracaso frenteamplista se hace evidente. Mejor que lo que podamos decir nosotros lo reconoció el propio Ministro Astori, que luego de declarar en setiembre de 2014, que “la situación fiscal del país es la más sólida que yo recuerde”, terminó reconociendo, en abril de 2019, que “no hemos sabido manejar la calidad del gasto público, lo cual en un país que tiene un desequillibrio fiscal importante es una falta que tenemos que corregir. No hemos avanzado lo suficientemente, y el pueblo lo relama con justicia, en materia de seguridad pública y educación. Lo temas de vivienda son fundamentales, porque allí hay todavía, y lo vemos todos los días quienes vivimos en este país, deficiencias fundamentales que hay que superar”.

En una palabra, se cayó el relato. Solo se despilfarró una bonanza circunstancial, no se creció de verdad, no se invirtió, se le dio a los más necesitados una efímera ayuda en dinero que simplemente los ató al gobierno, mientras no se hacía lo necesario para promoverlos social y culturalmente. En una palabra, solo se igualó para abajo. Y los de abajo están peor que nunca. Y ahora hay que ayudarlos con un economía que, encima de la hipoteca heredada, ahora tiene la segunda hipoteca de esta pandemia. Razón de más para ratificar el rumbo y nosotros, batllistas, permanecer fieles a nuestra idea de justicia social en libertad.

 

La intolerancia de los anti-intolerantes

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Avasallar derechos en nombre de esos mismos derechos, conduce a la degradación de la causa que se afirma defender y, al final, de la libertad, entronizando el oscuro universo del autoritarismo inquisidor.

El mundo entero vive, en los últimos años, extraños debates, confusiones de principios, razonamientos antihistóricos y fanatismos que han instalado una verdadera dictadura de lo que es “políticamente correcto” . Es “la derrota del pensamiento”, como titula Alain Finkielkraut un ensayo ya clásico que hace años planteó la dificultad, casi imposibilidad, de discutir ciertos temas con racionalidad.

Esto ha pasado en Europa con la “islamofobia”, que se instaló como arma arrojadiza para cualquiera que intente denunciar la atroz situación de la mujer en el mundo árabe, la naturaleza terrorista del gobierno de Gaza o cosas tan evidentes como que el día es día y la noche es noche. Quien lo intente será acusado de “sionista”, “islamófobo” y “racista”. En el fondo se trata de un rechazo, un intento de demolición de los valores de la civilización occidental. Hasta el escritor Pascal Bruckner fue llevado a juicio por dos organizaciones a las que acusó, con razones, de alentar atentados como los que ocurrieron en París en enero de 2015.

De ese modo muchas buenas causas son confiscadas por minorías intolerantes, que pasan luego a ser dictaduras del pensamiento.

El tristísimo episodio de George Floyd, un muchacho negro asesinado por un policía que lo asfixió en un procedimiento abusivo, ha dado lugar ahora a una ola descontrolada de intolerancia que, en nombre del más que legitimo antirracismo practica, a la inversa, un estricto racismo. Podrá decirse que el Presidente Trump pudo haber manejado la situación con poco tacto, pero que esto termine en atentados contra monumentos a Colón o, en Inglaterrra, a Churchill, es degradar la causa hasta lo intolerable.

Deshonrar la estatua de Winston Churchill en nombre del antirracismo es algo tan imbécil que cuesta tener que razonar a ese respecto. El gran campeón de la libertad, el conductor de la victoria ante el movimiento racista más peligroso de la historia, es apostrofado por algunas ideas conservadoras (nunca racistas) que sostuvo en ejercicio de la libertad democrática por la que luchó toda su vida.

Cuando se agrede el monumento a Colón en nombre del antirracismo antiimperialista, se incurre, si tomamos en serio el tema, en un anacronismo histórico rotundo. No puede aplicarse a episodios de hace 500 años, la lógica política e ideológica de hoy.

El Renacimiento en Occidente había alcanzado niveles tecnológicos en la navegación que le permitían a las potencias europeas de la época salir a conocer -y eventualmente ocupar- un mundo que les era desconocido. Por supuesto que esto llevó a un dramático choque de civilizaciones, como había ocurrido antes en Europa y la propia América, entre los mismos pueblos indígenas. Era tan dramático como inevitable, porque si no era España, sería Portugal, o Inglaterra, u Holanda. De ese choque somos hijos, de esa amalgama mestiza nació nuestra América Latina. Y si hablamos y pensamos en castellano es porque se impuso, como siempre en la historia, aquella civilización más avanzada científica y tecnológicamente.

Como se advierte, de este modo llegamos a la negación de nuestros propios valores, a la renuncia a ser lo que lo somos. Es lo que pasa entre nosotros con el “charruismo” -como decía Daniel Vidart- que genera una suerte de complejo de culpa sobre todos nuestros próceres, hijos de una sociedad hispano-criolla, con la especial y calumniosa referencia al primer Presidente Constitucional de la República, el General Fructuoso Rivera.

En Estados Unidos, una cadena de “streaming” borró estos días de su lista la histórica película “Lo que el viento se llevó” porque, supuestamente, promueve prejuicios racistas. Imaginar una censura de esa naturaleza para creaciones serias es totalitario. Atribuir además intenciones racistas es tonto, porque la película recoge los valores de un tiempo histórico de los EE.UU. Y eso no se puede borrar. Al revés, servirá de comprobación, por contraste, de los avances alcanzados hoy por la sociedad en el camino de la tolerancia e igualdad.

No es muy distinto lo que pasa con el feminismo, que en el mundo occidental ha triunfado en el reconocimiento de la igualdad de los sexos y sin embargo promueve en su nombre exageraciones que atentan contra la libertad de los demás. En un país como el nuestro, donde la Justicia y los egresos universitarios son mayoritariamente femeninos, querer imponer -por ejemplo- el “lenguaje inclusivo” en los ámbitos educativos es un retroceso cultural. Lo que sí hay que hacer es seguir predicando la convivencia, tratar de que el feminicidio (como el abuso a menores) sean erradicados de la mentalidad humana; incluso batallar porque en el ámbito laboral no se produzcan discriminaciones. Pero agredir al que piensa distinto, solo es degradar los valores proclamados.

El tema es amplio y profundo. Da para mucho más. Pero es la hora de decir en voz clara que insultando a Curchilll o cortándole la cabeza a Colón, no se logrará más igualdad entre los seres humanos y más libertad para la sociedad. Más bien, al revés: nos iremos hundiendo en el mundo sombrío de los inquisidores de todos los tiempos.

 

Reflexiones post-pandemia

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

A esta altura, parecería que nuestro país ya pasó el momento de riesgo con el coronavirus. Conjurado el último foco fronterizo, queda el doble desafío de shoppings y aulas, pero se encara con optimismo dado lo alcanzado hasta ahora. De todo esto, a modo de balance, se dan ya varias conclusiones.

Está claro que la ingobernabilidad de la globalización -de la que hemos hablado- se ha ratificado de modo rotundo. Cada uno hizo lo que quiso, empezando por las grandes potencias. Y lo mismo ha pasado en nuestro barrio, cuya peligrosidad sigue latente y nos abre enormes dudas sobre el futuro. ¿Cómo encaramos la vida del Mercosur con estos gobiernos de Brasil y Argentina, que difieren tanto en todo salvo en actuar sorpresiva y hasta arbitrariamente?

Esta es una perspectiva crucial para nuestra exportación, que es el motor de arranque de nuestra economía y precisa más espacio en un mercado mundial recesivo. Si la variante del empleo adquiere hoy rol protagónico, por ahí atraviesan decisiones fundamentales.

En el manejo de la pandemia en sí, nuestro país ha salido exitosamente y por ello mismo hemos de cuidar celosamente esa situación. Está claro que los países que demoraron en tormar medidas o negaron la magnitud del problema, como EE.UU. o Brasil, son quienes -justamente- lo agrandaron. Y por ello han pagado un enorme tributo.

En Argentina hoy se da un rebrote muy fuerte en el área metropolitana de Buenos Aires, no así en el resto del país. Los asentamientos informales han resultado explosivos en la capital y en la provincia y en esta comparación es muy importante lo que ha pasado entre nosotros. Todos temíamos que en esos lugares más carenciados, sin viviendas adecuadas y condiciones de sanidad satisfactorias, pudiera desatarse también el contagio. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario y ello habla de la responsabilidad cívica de esos compatriotas que viven mal pero que entendieron -y acataron- el mensaje de las autoridades. Ello ha sido bueno para todos y nos alienta a pensar que esa población, lejos de estar condenada a la pobreza, guarda reservas que generan esperanzas de un futuro mejor. Y nos compromete a todos.

La prioridad del empleo asoma con renovada fuerza ahora. Si ya estábamos con una desocupación del orden del 10% es evidente que hoy el problema se ha agravado y está indisolublemente ligado a la reactivación económica. El gobierno vuelve a tener protagonismo para apoyar las empresas con incentivos fiscales y una activa política de crédito. El Banco de la República tiene un rol protagónico para sacar adelante sectores agrícolas como el arroz, la lechería o la citricultura y desde ya que aquellos vinculados a la industria o el turismo. También parece lógico que esas políticas premien a aquellas empresas que hacen el esfuerzo de mantener su personal. Por supuesto que no hay margen para tirar manteca al techo, como sugiere nuestra benemérita oposición, pero -dentro de lo sensato- hay que mirar hacia la respuesta rápida. Así como en el enfrentamiento inicial a la pandemia, no se miraron costos, ahora -por lo menos- no debemos resignarnos a una ortodoxia.

Junto al tema del empleo se habla con frecuencia de mantener el “salario real” como si esto pudiera decretarlo el gobierno por arte de magia. El gobierno podrá influir -o decidir en su caso- los salarios nominales, pero los “reales” dependerán de cómo evoluciona la inflación y esta es una variable fundamental sobre la que operan de modo decisivo los salarios, los déficits y sus consecuencias directas, que son la deuda pública y la emisión de dinero. De allí entonces la inteligencia y prudencia que habrá que tener para acompañar al gobierno en su esfuerzo de equilibrio. Tanto los sindicatos como las empresas no pueden dejar de reconocer esta realidad fundamental.

En el horizonte aparecen ahora la rendición de cuentas y el presupuesto. Está claro que de ahí no va a salir la recuperación del país, que depende de la producción, de la pujanza de las empresas, empezando por las del Estado, pero podría ocurrir lo contrario, y llevarnos a un deterioro generalizado. A ese respecto confiamos plenamente en el sentido de responsabilidad del gobierno, pero importa que los demás actores sociales también lo entiendan. Sean ellos políticos, periodísticos o gremiales.

 

Violencia y droga

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DEL VIERNES)

La tragedia del domingo pasado, sacudió al país. Tres infantes de marina muertos a mansalva, sorprendidos en la madrugada, convocaron la solidaridad nacional. Vidas jóvenes quedaban truncadas por un ataque cuyo origen -en aquel momento- no estaba claro.

La autoridades, con responsabilidad, dijeron de entrada que no descartaban ninguna hipótesis. Todo indicaba que esa violencia era la continuidad de otros episodios vinculados al narcotráfico. Por lo tanto, un desafío al Estado de Derecho y así lo entendimos, en ese momento, todos los actores políticos.

El episodio se esclareció rápidamente. Cuando la Policía arrastra fracasos tan notorios y recientes como el de la fuga del famoso mafioso italiano Morabito sin que nadie hasta hoy sepa nada, la rapidez de echar luz sobre este episodio, le da un crédito importante ante la opinión pública. Es necesario decirlo.

Investigados los hechos, las responsabilidades en el episodio pasaron a ser personales y no institucionales. La tragedia humana es la misma pero no se le añade a ella -meláncolico alivio- el desafío al Estado . Resultó un caso policial que en su raíz aparece, como se da cada vez con más frecuencia, la droga, la desesperación por el dinero para disponer de ella, la perturbación psicológica que borra todas las vallas de la moralidad y la mínima humanidad.

Desgraciadamente, nuestra sociedad, perturbada por las redes y su embrutecimiento simplificador, lleva a gente presumiblemente culta a las conclusiones más antojadizas. En ese domingo trágico, por ejemplo, recordé (como medio Uruguay) otro asesinato parecido, con militares de guardia asesinados, que producía una repercusión nacional análoga a la que estábamos viviendo en el momento. Aclaré, inequívocamente, que aquello había sido violencia política, que hoy felizmente no teníamos, así como que todo indicaba que este episodio era violencia proveniente del mundo del delito. Adosarle a ese comentario una insinuación de golpe pseudo guerrillero solo pudo nacer de la mente cargada de prejuicios de quien así piensa, no de mis palabras, que solo revivían un momento de emoción colectiva parecida. Tanto era así que los Senadores frenteamplistas corrían al Cerro a prestar solidaridad ante el crimen que producía tamaña repercusión y, por lo tanto, no lucía como un homicidio común. Si no, ¿qué hacían ahí? Desgraciadamente, ahora habría que cuidarse hasta de esta perturbación de cierta mentalidad, siempre pronta a sospechar y, por supuesto, a distinguir entre muertos de uno y otro valor y violencias menos o más malignas. Para ellos, recordar un crimen de la guerrilla -solo recordar- es tan horroroso como decir que Venezuela es una dictadura.

Volviendo al episodio criminal, éste parece asociado al consumo de drogas, porque tanto el asesino como sus cómplices -se informa- son adictos (y eventualmente vendedores). Y eso nos lleva, una vez más, a reclamar un análisis sereno de esa situación, no sólo en el terreno del gran narcotráfico sino también en el de los hábitos de consumo en el país. La legalización de la marihuana generó, incuestionablemente, un clima de permisividad frente al fenómeno de las adicciones que ha multiplicado su consumo y hasta le ha dado a nuestro país una imagen internacional de “paraíso” de las drogas. No podemos seguir soslayando la situación y pensando que la marihuana es “blanda” cuando la evidencia científica es muy dura sobre ella y tampoco hay debate sobre la influencia que tiene en la introducción a los consumos riesgosos.

Otra derivación insospechada: el Fiscal Diego Pérez, que investiga algunos episodios vinculados a la violencia, afirma que “personas o profesionales que forman parte de los cuerpos funcionales de esas dependencias, de alguna manera en su actividad, puedan asesorar o defender a integrantes de esas organizaciones delictivas, es un tema que se tiene que plantear y analizar”. Añade que “acceden a información privilegiada”, lo que es gravísimo. Tamaña afirmación, reiterada en diarios y radios por el Fiscal, no puede ser soslayada.

Cuántas aristas van apareciendo… La última década ha sido nefasta para el país, con una normalización del fenómeno de la droga que se asocia indisolublemente a una violencia agravada en su crueldad y en sus márgenes sociales. Realmente es un tema de fondo, de lo que ni las urgencias del momento pueden postergar.

 

Fue hace dos años…

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Hace exactamente dos años, el 28 de mayo de 2018, que visitamos a los Dres. Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga para plantearles que desde ya debíamos instalar la idea de una coalición política que “configurara una real alternativa al gobierno del Frente Amplio”, como lo escribimos entonces en ” Correo de los Viernes”.

En aquel momento era una iniciativa personal en que “como simple colorado ‘liso y llano’ o batllista militante”, les hablé de lo que sentía como una necesidad. Personalmente no representaba a nadie ni tenía mandato alguno salvo el de mi conciencia y el aliento de un grupo de amigos que nos apoyaba en la idea.

Los líderes blancos me hicieron el honor de, a nuestro pedido, recibirnos conjuntamente. Tuvimos todos la suerte de que los medios periodísticos vislumbraran que allí se estaba gestando algo importante y removedor y pudiera así difundirse la propuesta.

Han pasado dos años -que parecen veinte- y el cambio ha sido sustantivo. La coalición emergió para la segunda vuelta electoral. Nosotros la postulábamos para antes, pero los hechos solo hicieron posible el acuerdo ante la instancia del balotaje. Y se logró un “compromiso con el país”, que permitió que la alternativa se impusiera electoralmente.

El Dr.Lacalle Pou bautizó el proyecto de “coalición multicolor” y así se empezó a andar desde el 1º de marzo.

La oposición quería, desde el primer día, sembrar la sospecha de que la coalición era efìmera y que no podría durar. La irrupción de Cabildo Abierto parecía ser la grieta a explotar y todo su aparato propagandístico se lanzó a tratar de que se profundizara. Hubo algunos tropiezos, es verdad, pero un tropezón no es caímda y todo se fue amoldando.

Naturalmente, nadie pensaba que dos semanas después de asumir el gobierno, tuviéramos que enfrentarnos a una pandemia universal y un cambio total de planes. Y allí es donde se produce la doble confirmación de una coalición funcionando y un Presidente consolidándose como líder nacional y vigoroso conductor del Estado.

La presentación de la ley de urgente consideración y su aprobación ya asegurada, han ratificado esa situación. Iniciativa previa a la situación de excepción actual, desde enero ya había un borrador sobre la mesa, con discusiones, aprobaciones y reparos. Hubo flexibilidad y apertura. Nadie puede decir que se le tiró por delante una mayoría regimentada como ocurrió en cambio en estos quince años frentistas. Hubo cambios desde entonces y hasta ahora, lo que en estos días se critica contradictoriamente, porque esa flexibilidad es la que muestra al gobierno como abierto a escuchar, modificar, postergar o desechar algunos planteos.

El acuerdo parlamentario ha sido expresivo y nadie puede discutir que hoy el Uruguay tiene un real gobierno y una mayoría parlamentaria que ha sabido administrar las distintas identidades partidarias para privilegiar el espacio de las coincidencias.

En solo dos años, todo ha cambiado. Ellos nos hablan del valor de la política como herramienta de transformación. Nada ha sido casualidad sino el resultado de buenas ideas, llevadas a la práctica con persistencia y desprendimiento. Son los valores que nos permiten mirar el futuro con resolución para atravesar esta crisis que, en el mundo entero, empezó en la salud y hoy afecta al empleo, a la economía, a los equilibrios de la sociedad contemporánea y hasta la esencia de una democracia representativa amenazada por impensables medios de control ciudadano.

 

18 de Mayo: 1811, 1972, 2020

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Tres tiempos muy distintos que ameritan una reflexión serena pero rigurosa.

Hizo muy bien el Presidente Lacalle Pou en revalorizar la celebración del 18 de mayo de 1811, fecha de la Batalla de Las Piedras. Llevamos demasiados años de abandono de las conmemoraciones históricas y de construcción de un relato tergiversado de ella, no sólo en la reciente (donde es escandalosa la parcialidad frentista) sino aun en la fundacional. En ésta los héroes se desdibujan y se termina concluyendo en una independencia uruguaya casual y otorgada desde afuera, ignorando la sacrificada lucha que, en los 17 años que van hasta 1828, nos enfrentó con España, Buenos Aires, Portugal y Brasil. Primero al mando de Artigas y luego de Rivera y Lavalleja.

Fue Las Piedras el primer gran triunfo de la revolución, porque Buenos Aires no lograba consolidarse militarmente en el Alto Perú y se temía una fuerte resistencia española desde Montevideo, donde estaba anclada una flotilla que luego del triunfo oriental bloqueó Buenos Aires. El episodio militar marcó, por un lado, las posibilidades de movilización efectiva del pueblo oriental y, al mismo tiempo, el liderazgo de Artigas, que se hizo indiscutible al sitiar Montevideo y confinar allí al Virrey Elío.

Poco después, el acuerdo entre Buenos Aires y el Virrey llevó al levantamiento del sitio, sin consulta a los nuestros y, como consecuencia, a la protesta admirable del Éxodo, episodio fundamental en la configuración del sentimiento de identidad y autodeterminación que comenzaba a enraizarse.

Si no se miran estos episodios, y los que le seguirán a lo largo del medio siglo posterior, difícil es entender nuestro presente y la configuración de las tendencias de largo plazo que hicieron del Uruguay lo que es.

Al mirar hace ese pasado raigal, obligada es también la memoria sobre otro 18 de mayo, este de 1972, en que la guerrilla tupamara asesinó a cuatro soldados que hacían guardia frente al domicilio del Comandante en Jefe del Ejército. Fue en Avenida Italia y Abacú y no hubo enfrentamiento. Simplemente se les asesinó, por sorpresa, dentro de un jeep tomando mate. Fue un desafío al Ejército, que -como es tradición- celebra su aniversario en la conmemoración de Las Piedras. Estábamos aún en democracia, aunque el asalto a las instituciones que estaba en curso había sacado al Ejército a la calle. Ello había ocurrido a escasos meses de la elección de 1971 y fue un nefasto episodio, porque la dirección tupamara, que estaba juzgada regularmente por la Justicia y presa en el Penal de Punta Carretas, se fugó y generó una enorme conmoción pública. Los había aprehendido exitosamente la Policía, porque el Presidente Pacheco Areco había preferido hasta entonces no dar intervención a los militares. Cuando se da la fuga, en medio del clima de una elección pasional, se encarga la represión a las Fuerzas Armadas. Éstas derrotaron al movimiento en pocos meses y sus mandos de la época, desgraciadamente, se embriagaron con esa victoria y terminaron avanzando sobre el poder civil. Nada excusa su responsabilidad, pero tampoco la de quienes provocaron la situación.

Algunos relatos históricos complacientes intentan desligar la responsabilidad tupamara en el golpe de Estado, pero una mirada mínimamente objetiva nos dice que sin guerrilla no había golpe, o -dicho al revés- en la secuencia que allí nos condujo. La desestabilización comienza con la irrupción de la violencia política que el Uruguay había dejado atrás hacía décadas.

Desde nuestra democracia actual, desde la paz que el país vive, desde una república que afronta hoy una crisis mundial con serenidad y bajo la ley, es imprescindible mirar hacia ese pasado, el más cercano y el más lejano, pero ambas de enorme trascendencia para valorar lo que hoy tenemos que cuidar. Ni las Fuerzas Armadas son un riesgo para las instituciones ni la guerrilla retornó, pero cada tanto las emociones afloran. Respetables son cuando se expresan con voluntad de paz. No cuando pretenden reavivar enfrentamientos o indeseables enconos.