El Uruguay joven no puede esperar

Muchísimos jóvenes, en hogares de recursos bajos, medios y medio-altos, se quedan en la casa de sus padres por motivos económicos. Deben hacerlo, incluso hasta pasados los 25 años.

Esto no se debe a falta de voluntad, lo que pasa es que no alcanzan los sueldos para soportar los costos de una vida autónoma. Esto supone más y nuevos problemas, sociales e individuales: “Inmadurez” generalizada por el retraso de las etapas evolutivas características (culminar estudios superiores y formar su familia, entre otras); Frágil compromiso laboral; Sobrecarga económica de los padres en su mediana edad, lo que crea frustración a nivel individual y familiar.

El Frente Amplio creció vendiendo que había nacido una esperanza y lo que consiguió fue un record de emigración juvenil, especialmente entre los empecinados en vivir una vida mejor.

Este Uruguay del desánimo y el resentimiento está expulsando a sus jóvenes y no consigue articular soluciones proporcionales a la gravedad del tema.

El camino a la emigración está empedrado de dificultades para encontrar trabajos y actividades. Muchos jóvenes no saben qué hacer, qué aprender, en qué trabajar, a menudo ignoran qué les gusta, no sienten la pasión de emprender o, siquiera, de comprender. Este es el caldo de cultivo de muchos conflictos y, entre ellos, la indiferencia política o la visión radicalizada e infantil de una comunidad de “enemigos”.

Los últimos años del liceo suelen vivirse como un martirio: en general, la educación no cultiva la pasión ni el amor por el trabajo ni el aprecio crítico y comprensivo de la comunidad.

Están ahí, en un régimen anacrónico que les exige metas ajenas sin darles la perspectiva de ser competentes al finalizar 6to de liceo. Viven encerrados en grupos sociales que apenas interactúan.

Muchos jóvenes están deprimidos clínicamente: esto no admite más demoras y debe encararse como urgente problema social. Es un mal que ya sobrepasó magnitudes normales: la sumatoria de frustraciones y la escasa fortaleza emocional para afrontarlas, explican parcialmente la alta tasa de suicidio entre jóvenes y adultos jóvenes y el aumento en los cuadros de ansiedad patológica.

Si un gran porcentaje de los jovenes siguen arrumbados al costado de su propia comunidad, no pueden cumplir con las demandas laborales, económicas y familiares y se distancian emocionalmente en apatías o violencias erráticas. Esto es penoso para el país y supone costos desorbitados para nuestro sistema médico, que tiene miles de consultas diarias por pánico, dolores “cardiacos”, quejas somáticas, que son síntomas de un cuerpo ya desbordado por angustias serias. Además, obviamente, hay costos sociales por ausentismo laboral y una creciente baja en las competencias y habilidades disponibles.

¿Se van o “los vamos”?
Esta sangría de jovenes reclama esfuerzos de todos los uruguayos que comprenden que la unión hace la fuerza.

Los batllistas, protagonistas de acuerdos, pactos, negociaciones y debates sin ira, queremos que el presidente Sanguinetti articule otra vez un cambio en paz.

El 30 de junio votamos por más cambio y más paz.

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