La intolerancia de los anti-intolerantes

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Avasallar derechos en nombre de esos mismos derechos, conduce a la degradación de la causa que se afirma defender y, al final, de la libertad, entronizando el oscuro universo del autoritarismo inquisidor.

El mundo entero vive, en los últimos años, extraños debates, confusiones de principios, razonamientos antihistóricos y fanatismos que han instalado una verdadera dictadura de lo que es “políticamente correcto” . Es “la derrota del pensamiento”, como titula Alain Finkielkraut un ensayo ya clásico que hace años planteó la dificultad, casi imposibilidad, de discutir ciertos temas con racionalidad.

Esto ha pasado en Europa con la “islamofobia”, que se instaló como arma arrojadiza para cualquiera que intente denunciar la atroz situación de la mujer en el mundo árabe, la naturaleza terrorista del gobierno de Gaza o cosas tan evidentes como que el día es día y la noche es noche. Quien lo intente será acusado de “sionista”, “islamófobo” y “racista”. En el fondo se trata de un rechazo, un intento de demolición de los valores de la civilización occidental. Hasta el escritor Pascal Bruckner fue llevado a juicio por dos organizaciones a las que acusó, con razones, de alentar atentados como los que ocurrieron en París en enero de 2015.

De ese modo muchas buenas causas son confiscadas por minorías intolerantes, que pasan luego a ser dictaduras del pensamiento.

El tristísimo episodio de George Floyd, un muchacho negro asesinado por un policía que lo asfixió en un procedimiento abusivo, ha dado lugar ahora a una ola descontrolada de intolerancia que, en nombre del más que legitimo antirracismo practica, a la inversa, un estricto racismo. Podrá decirse que el Presidente Trump pudo haber manejado la situación con poco tacto, pero que esto termine en atentados contra monumentos a Colón o, en Inglaterrra, a Churchill, es degradar la causa hasta lo intolerable.

Deshonrar la estatua de Winston Churchill en nombre del antirracismo es algo tan imbécil que cuesta tener que razonar a ese respecto. El gran campeón de la libertad, el conductor de la victoria ante el movimiento racista más peligroso de la historia, es apostrofado por algunas ideas conservadoras (nunca racistas) que sostuvo en ejercicio de la libertad democrática por la que luchó toda su vida.

Cuando se agrede el monumento a Colón en nombre del antirracismo antiimperialista, se incurre, si tomamos en serio el tema, en un anacronismo histórico rotundo. No puede aplicarse a episodios de hace 500 años, la lógica política e ideológica de hoy.

El Renacimiento en Occidente había alcanzado niveles tecnológicos en la navegación que le permitían a las potencias europeas de la época salir a conocer -y eventualmente ocupar- un mundo que les era desconocido. Por supuesto que esto llevó a un dramático choque de civilizaciones, como había ocurrido antes en Europa y la propia América, entre los mismos pueblos indígenas. Era tan dramático como inevitable, porque si no era España, sería Portugal, o Inglaterra, u Holanda. De ese choque somos hijos, de esa amalgama mestiza nació nuestra América Latina. Y si hablamos y pensamos en castellano es porque se impuso, como siempre en la historia, aquella civilización más avanzada científica y tecnológicamente.

Como se advierte, de este modo llegamos a la negación de nuestros propios valores, a la renuncia a ser lo que lo somos. Es lo que pasa entre nosotros con el “charruismo” -como decía Daniel Vidart- que genera una suerte de complejo de culpa sobre todos nuestros próceres, hijos de una sociedad hispano-criolla, con la especial y calumniosa referencia al primer Presidente Constitucional de la República, el General Fructuoso Rivera.

En Estados Unidos, una cadena de “streaming” borró estos días de su lista la histórica película “Lo que el viento se llevó” porque, supuestamente, promueve prejuicios racistas. Imaginar una censura de esa naturaleza para creaciones serias es totalitario. Atribuir además intenciones racistas es tonto, porque la película recoge los valores de un tiempo histórico de los EE.UU. Y eso no se puede borrar. Al revés, servirá de comprobación, por contraste, de los avances alcanzados hoy por la sociedad en el camino de la tolerancia e igualdad.

No es muy distinto lo que pasa con el feminismo, que en el mundo occidental ha triunfado en el reconocimiento de la igualdad de los sexos y sin embargo promueve en su nombre exageraciones que atentan contra la libertad de los demás. En un país como el nuestro, donde la Justicia y los egresos universitarios son mayoritariamente femeninos, querer imponer -por ejemplo- el “lenguaje inclusivo” en los ámbitos educativos es un retroceso cultural. Lo que sí hay que hacer es seguir predicando la convivencia, tratar de que el feminicidio (como el abuso a menores) sean erradicados de la mentalidad humana; incluso batallar porque en el ámbito laboral no se produzcan discriminaciones. Pero agredir al que piensa distinto, solo es degradar los valores proclamados.

El tema es amplio y profundo. Da para mucho más. Pero es la hora de decir en voz clara que insultando a Curchilll o cortándole la cabeza a Colón, no se logrará más igualdad entre los seres humanos y más libertad para la sociedad. Más bien, al revés: nos iremos hundiendo en el mundo sombrío de los inquisidores de todos los tiempos.

 

Reflexiones post-pandemia

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

A esta altura, parecería que nuestro país ya pasó el momento de riesgo con el coronavirus. Conjurado el último foco fronterizo, queda el doble desafío de shoppings y aulas, pero se encara con optimismo dado lo alcanzado hasta ahora. De todo esto, a modo de balance, se dan ya varias conclusiones.

Está claro que la ingobernabilidad de la globalización -de la que hemos hablado- se ha ratificado de modo rotundo. Cada uno hizo lo que quiso, empezando por las grandes potencias. Y lo mismo ha pasado en nuestro barrio, cuya peligrosidad sigue latente y nos abre enormes dudas sobre el futuro. ¿Cómo encaramos la vida del Mercosur con estos gobiernos de Brasil y Argentina, que difieren tanto en todo salvo en actuar sorpresiva y hasta arbitrariamente?

Esta es una perspectiva crucial para nuestra exportación, que es el motor de arranque de nuestra economía y precisa más espacio en un mercado mundial recesivo. Si la variante del empleo adquiere hoy rol protagónico, por ahí atraviesan decisiones fundamentales.

En el manejo de la pandemia en sí, nuestro país ha salido exitosamente y por ello mismo hemos de cuidar celosamente esa situación. Está claro que los países que demoraron en tormar medidas o negaron la magnitud del problema, como EE.UU. o Brasil, son quienes -justamente- lo agrandaron. Y por ello han pagado un enorme tributo.

En Argentina hoy se da un rebrote muy fuerte en el área metropolitana de Buenos Aires, no así en el resto del país. Los asentamientos informales han resultado explosivos en la capital y en la provincia y en esta comparación es muy importante lo que ha pasado entre nosotros. Todos temíamos que en esos lugares más carenciados, sin viviendas adecuadas y condiciones de sanidad satisfactorias, pudiera desatarse también el contagio. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario y ello habla de la responsabilidad cívica de esos compatriotas que viven mal pero que entendieron -y acataron- el mensaje de las autoridades. Ello ha sido bueno para todos y nos alienta a pensar que esa población, lejos de estar condenada a la pobreza, guarda reservas que generan esperanzas de un futuro mejor. Y nos compromete a todos.

La prioridad del empleo asoma con renovada fuerza ahora. Si ya estábamos con una desocupación del orden del 10% es evidente que hoy el problema se ha agravado y está indisolublemente ligado a la reactivación económica. El gobierno vuelve a tener protagonismo para apoyar las empresas con incentivos fiscales y una activa política de crédito. El Banco de la República tiene un rol protagónico para sacar adelante sectores agrícolas como el arroz, la lechería o la citricultura y desde ya que aquellos vinculados a la industria o el turismo. También parece lógico que esas políticas premien a aquellas empresas que hacen el esfuerzo de mantener su personal. Por supuesto que no hay margen para tirar manteca al techo, como sugiere nuestra benemérita oposición, pero -dentro de lo sensato- hay que mirar hacia la respuesta rápida. Así como en el enfrentamiento inicial a la pandemia, no se miraron costos, ahora -por lo menos- no debemos resignarnos a una ortodoxia.

Junto al tema del empleo se habla con frecuencia de mantener el “salario real” como si esto pudiera decretarlo el gobierno por arte de magia. El gobierno podrá influir -o decidir en su caso- los salarios nominales, pero los “reales” dependerán de cómo evoluciona la inflación y esta es una variable fundamental sobre la que operan de modo decisivo los salarios, los déficits y sus consecuencias directas, que son la deuda pública y la emisión de dinero. De allí entonces la inteligencia y prudencia que habrá que tener para acompañar al gobierno en su esfuerzo de equilibrio. Tanto los sindicatos como las empresas no pueden dejar de reconocer esta realidad fundamental.

En el horizonte aparecen ahora la rendición de cuentas y el presupuesto. Está claro que de ahí no va a salir la recuperación del país, que depende de la producción, de la pujanza de las empresas, empezando por las del Estado, pero podría ocurrir lo contrario, y llevarnos a un deterioro generalizado. A ese respecto confiamos plenamente en el sentido de responsabilidad del gobierno, pero importa que los demás actores sociales también lo entiendan. Sean ellos políticos, periodísticos o gremiales.

 

Violencia y droga

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DEL VIERNES)

La tragedia del domingo pasado, sacudió al país. Tres infantes de marina muertos a mansalva, sorprendidos en la madrugada, convocaron la solidaridad nacional. Vidas jóvenes quedaban truncadas por un ataque cuyo origen -en aquel momento- no estaba claro.

La autoridades, con responsabilidad, dijeron de entrada que no descartaban ninguna hipótesis. Todo indicaba que esa violencia era la continuidad de otros episodios vinculados al narcotráfico. Por lo tanto, un desafío al Estado de Derecho y así lo entendimos, en ese momento, todos los actores políticos.

El episodio se esclareció rápidamente. Cuando la Policía arrastra fracasos tan notorios y recientes como el de la fuga del famoso mafioso italiano Morabito sin que nadie hasta hoy sepa nada, la rapidez de echar luz sobre este episodio, le da un crédito importante ante la opinión pública. Es necesario decirlo.

Investigados los hechos, las responsabilidades en el episodio pasaron a ser personales y no institucionales. La tragedia humana es la misma pero no se le añade a ella -meláncolico alivio- el desafío al Estado . Resultó un caso policial que en su raíz aparece, como se da cada vez con más frecuencia, la droga, la desesperación por el dinero para disponer de ella, la perturbación psicológica que borra todas las vallas de la moralidad y la mínima humanidad.

Desgraciadamente, nuestra sociedad, perturbada por las redes y su embrutecimiento simplificador, lleva a gente presumiblemente culta a las conclusiones más antojadizas. En ese domingo trágico, por ejemplo, recordé (como medio Uruguay) otro asesinato parecido, con militares de guardia asesinados, que producía una repercusión nacional análoga a la que estábamos viviendo en el momento. Aclaré, inequívocamente, que aquello había sido violencia política, que hoy felizmente no teníamos, así como que todo indicaba que este episodio era violencia proveniente del mundo del delito. Adosarle a ese comentario una insinuación de golpe pseudo guerrillero solo pudo nacer de la mente cargada de prejuicios de quien así piensa, no de mis palabras, que solo revivían un momento de emoción colectiva parecida. Tanto era así que los Senadores frenteamplistas corrían al Cerro a prestar solidaridad ante el crimen que producía tamaña repercusión y, por lo tanto, no lucía como un homicidio común. Si no, ¿qué hacían ahí? Desgraciadamente, ahora habría que cuidarse hasta de esta perturbación de cierta mentalidad, siempre pronta a sospechar y, por supuesto, a distinguir entre muertos de uno y otro valor y violencias menos o más malignas. Para ellos, recordar un crimen de la guerrilla -solo recordar- es tan horroroso como decir que Venezuela es una dictadura.

Volviendo al episodio criminal, éste parece asociado al consumo de drogas, porque tanto el asesino como sus cómplices -se informa- son adictos (y eventualmente vendedores). Y eso nos lleva, una vez más, a reclamar un análisis sereno de esa situación, no sólo en el terreno del gran narcotráfico sino también en el de los hábitos de consumo en el país. La legalización de la marihuana generó, incuestionablemente, un clima de permisividad frente al fenómeno de las adicciones que ha multiplicado su consumo y hasta le ha dado a nuestro país una imagen internacional de “paraíso” de las drogas. No podemos seguir soslayando la situación y pensando que la marihuana es “blanda” cuando la evidencia científica es muy dura sobre ella y tampoco hay debate sobre la influencia que tiene en la introducción a los consumos riesgosos.

Otra derivación insospechada: el Fiscal Diego Pérez, que investiga algunos episodios vinculados a la violencia, afirma que “personas o profesionales que forman parte de los cuerpos funcionales de esas dependencias, de alguna manera en su actividad, puedan asesorar o defender a integrantes de esas organizaciones delictivas, es un tema que se tiene que plantear y analizar”. Añade que “acceden a información privilegiada”, lo que es gravísimo. Tamaña afirmación, reiterada en diarios y radios por el Fiscal, no puede ser soslayada.

Cuántas aristas van apareciendo… La última década ha sido nefasta para el país, con una normalización del fenómeno de la droga que se asocia indisolublemente a una violencia agravada en su crueldad y en sus márgenes sociales. Realmente es un tema de fondo, de lo que ni las urgencias del momento pueden postergar.

 

Fue hace dos años…

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Hace exactamente dos años, el 28 de mayo de 2018, que visitamos a los Dres. Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga para plantearles que desde ya debíamos instalar la idea de una coalición política que “configurara una real alternativa al gobierno del Frente Amplio”, como lo escribimos entonces en ” Correo de los Viernes”.

En aquel momento era una iniciativa personal en que “como simple colorado ‘liso y llano’ o batllista militante”, les hablé de lo que sentía como una necesidad. Personalmente no representaba a nadie ni tenía mandato alguno salvo el de mi conciencia y el aliento de un grupo de amigos que nos apoyaba en la idea.

Los líderes blancos me hicieron el honor de, a nuestro pedido, recibirnos conjuntamente. Tuvimos todos la suerte de que los medios periodísticos vislumbraran que allí se estaba gestando algo importante y removedor y pudiera así difundirse la propuesta.

Han pasado dos años -que parecen veinte- y el cambio ha sido sustantivo. La coalición emergió para la segunda vuelta electoral. Nosotros la postulábamos para antes, pero los hechos solo hicieron posible el acuerdo ante la instancia del balotaje. Y se logró un “compromiso con el país”, que permitió que la alternativa se impusiera electoralmente.

El Dr.Lacalle Pou bautizó el proyecto de “coalición multicolor” y así se empezó a andar desde el 1º de marzo.

La oposición quería, desde el primer día, sembrar la sospecha de que la coalición era efìmera y que no podría durar. La irrupción de Cabildo Abierto parecía ser la grieta a explotar y todo su aparato propagandístico se lanzó a tratar de que se profundizara. Hubo algunos tropiezos, es verdad, pero un tropezón no es caímda y todo se fue amoldando.

Naturalmente, nadie pensaba que dos semanas después de asumir el gobierno, tuviéramos que enfrentarnos a una pandemia universal y un cambio total de planes. Y allí es donde se produce la doble confirmación de una coalición funcionando y un Presidente consolidándose como líder nacional y vigoroso conductor del Estado.

La presentación de la ley de urgente consideración y su aprobación ya asegurada, han ratificado esa situación. Iniciativa previa a la situación de excepción actual, desde enero ya había un borrador sobre la mesa, con discusiones, aprobaciones y reparos. Hubo flexibilidad y apertura. Nadie puede decir que se le tiró por delante una mayoría regimentada como ocurrió en cambio en estos quince años frentistas. Hubo cambios desde entonces y hasta ahora, lo que en estos días se critica contradictoriamente, porque esa flexibilidad es la que muestra al gobierno como abierto a escuchar, modificar, postergar o desechar algunos planteos.

El acuerdo parlamentario ha sido expresivo y nadie puede discutir que hoy el Uruguay tiene un real gobierno y una mayoría parlamentaria que ha sabido administrar las distintas identidades partidarias para privilegiar el espacio de las coincidencias.

En solo dos años, todo ha cambiado. Ellos nos hablan del valor de la política como herramienta de transformación. Nada ha sido casualidad sino el resultado de buenas ideas, llevadas a la práctica con persistencia y desprendimiento. Son los valores que nos permiten mirar el futuro con resolución para atravesar esta crisis que, en el mundo entero, empezó en la salud y hoy afecta al empleo, a la economía, a los equilibrios de la sociedad contemporánea y hasta la esencia de una democracia representativa amenazada por impensables medios de control ciudadano.

 

18 de Mayo: 1811, 1972, 2020

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Tres tiempos muy distintos que ameritan una reflexión serena pero rigurosa.

Hizo muy bien el Presidente Lacalle Pou en revalorizar la celebración del 18 de mayo de 1811, fecha de la Batalla de Las Piedras. Llevamos demasiados años de abandono de las conmemoraciones históricas y de construcción de un relato tergiversado de ella, no sólo en la reciente (donde es escandalosa la parcialidad frentista) sino aun en la fundacional. En ésta los héroes se desdibujan y se termina concluyendo en una independencia uruguaya casual y otorgada desde afuera, ignorando la sacrificada lucha que, en los 17 años que van hasta 1828, nos enfrentó con España, Buenos Aires, Portugal y Brasil. Primero al mando de Artigas y luego de Rivera y Lavalleja.

Fue Las Piedras el primer gran triunfo de la revolución, porque Buenos Aires no lograba consolidarse militarmente en el Alto Perú y se temía una fuerte resistencia española desde Montevideo, donde estaba anclada una flotilla que luego del triunfo oriental bloqueó Buenos Aires. El episodio militar marcó, por un lado, las posibilidades de movilización efectiva del pueblo oriental y, al mismo tiempo, el liderazgo de Artigas, que se hizo indiscutible al sitiar Montevideo y confinar allí al Virrey Elío.

Poco después, el acuerdo entre Buenos Aires y el Virrey llevó al levantamiento del sitio, sin consulta a los nuestros y, como consecuencia, a la protesta admirable del Éxodo, episodio fundamental en la configuración del sentimiento de identidad y autodeterminación que comenzaba a enraizarse.

Si no se miran estos episodios, y los que le seguirán a lo largo del medio siglo posterior, difícil es entender nuestro presente y la configuración de las tendencias de largo plazo que hicieron del Uruguay lo que es.

Al mirar hace ese pasado raigal, obligada es también la memoria sobre otro 18 de mayo, este de 1972, en que la guerrilla tupamara asesinó a cuatro soldados que hacían guardia frente al domicilio del Comandante en Jefe del Ejército. Fue en Avenida Italia y Abacú y no hubo enfrentamiento. Simplemente se les asesinó, por sorpresa, dentro de un jeep tomando mate. Fue un desafío al Ejército, que -como es tradición- celebra su aniversario en la conmemoración de Las Piedras. Estábamos aún en democracia, aunque el asalto a las instituciones que estaba en curso había sacado al Ejército a la calle. Ello había ocurrido a escasos meses de la elección de 1971 y fue un nefasto episodio, porque la dirección tupamara, que estaba juzgada regularmente por la Justicia y presa en el Penal de Punta Carretas, se fugó y generó una enorme conmoción pública. Los había aprehendido exitosamente la Policía, porque el Presidente Pacheco Areco había preferido hasta entonces no dar intervención a los militares. Cuando se da la fuga, en medio del clima de una elección pasional, se encarga la represión a las Fuerzas Armadas. Éstas derrotaron al movimiento en pocos meses y sus mandos de la época, desgraciadamente, se embriagaron con esa victoria y terminaron avanzando sobre el poder civil. Nada excusa su responsabilidad, pero tampoco la de quienes provocaron la situación.

Algunos relatos históricos complacientes intentan desligar la responsabilidad tupamara en el golpe de Estado, pero una mirada mínimamente objetiva nos dice que sin guerrilla no había golpe, o -dicho al revés- en la secuencia que allí nos condujo. La desestabilización comienza con la irrupción de la violencia política que el Uruguay había dejado atrás hacía décadas.

Desde nuestra democracia actual, desde la paz que el país vive, desde una república que afronta hoy una crisis mundial con serenidad y bajo la ley, es imprescindible mirar hacia ese pasado, el más cercano y el más lejano, pero ambas de enorme trascendencia para valorar lo que hoy tenemos que cuidar. Ni las Fuerzas Armadas son un riesgo para las instituciones ni la guerrilla retornó, pero cada tanto las emociones afloran. Respetables son cuando se expresan con voluntad de paz. No cuando pretenden reavivar enfrentamientos o indeseables enconos.

75 años

Por  Julio María Sanguinetti.

“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”, escribió luminosamente Marc Bloch.

Desgraciadamente, cuando se procura iluminar lo ya ocurrido, es muy de nuestro tiempo mirar con indiferencia esas evocaciones bajo la idea de que lo que importa es el futuro ya que lo anterior es irreversible. Sin embargo, aunque la historia nunca se repite, sus corrientes son las únicas que nos hacen inteligible el presente, por analogías, permanencias y fundamentalmente la configuración de mentalidades que son el resultado de ese devenir.

Recordar que hace 75 años terminó la Segunda Guerra Mundial, no es una memoria congelada. Es una dramática lección sobre lo que pueden significar la intolerancia, el dogmatismo ideológico, el prejuicio étnico, la debilidad de las instituciones democráticas o las humillaciones a las naciones y grupos humanos. Fue una enorme batalla, acaso la mayor de la historia, por la dignidad humana. Como dijo Churchill, si sobrevivimos “algún día se dirá que esta fue nuestra hora más gloriosa”. Y lo fue, lo es.

El conflicto anterior, el que va de 1914 a 1918, culminó con la derrota alemana e instaló el fantasma de su posible renacimiento militar. De ahí que en Versalles se le impusieran condiciones que el propio Lord Keynes, en un célebre memorándum (“Las consecuencias económicas de la paz”) sostuvo que llevar a Alemania a la servidumbre, generaría tal humillación en su pueblo que “dentro de 25 años tendremos que repetirlo y nos costará tres veces más”. Desgraciadamente así fue, cuando un demagogo rencoroso como Hitler explotó ese resentimiento popular, hizo de los judíos un chivo expiatorio de las penurias económicas (que la crisis del 29 llevó a su máxima expresión) y arrastró al mundo a su mayor tragedia

Aquella primera guerra fue una sangrienta insensatez, bien propia de ese mundo de imperios y absolutismos nacionalistas que terminaron allí mismo, con la caída de los zares rusos y de los imperios Austro-Húngaro y Otomano. De ese derrumbe nació nada menos que el imperio soviético y la ola nazi-fascista en Europa. Faltó visión a los vencedores. Y esa ceguera valoriza particularmente la sabiduría de esa segunda posguerra que nació hace 75 años, cuando capituló Alemania.

La peor secuela se volvió a vivir en Alemania, con su división entre democracia y comunismo. Sin embargo, la restauración democrática del lado occidental fue un formidable éxito, que permitió -cuando más tarde se puso final a la guerra fría- una reunificación pacífica que le condujo a la admirable prosperidad material y cultural de hoy.

Aquí es interesante subrayar el enorme aporte de los generales norteamericanos. George Marshall, luego de ser el Jefe de Estado Mayor del ejército norteamericano durante el conflicto, devino Secretario de Estado y lanzó su célebre plan para la reconstrucción europea, que contribuyó a que la expansión comunista no llegara a ese Occidente empobrecido. Dwight Eisenhower, por su parte, comandó nada menos que el Desembarco de Normandía, documentó e hizo testimoniar multitudinariamente el horror de los campos de concentración nazis (pensando proféticamente que algún día alguien lo negaría), preservó el legado social de Roosevelt y terminó su mandato advirtiendo el peligro que era para la democracia el nacimiento del poderoso complejo “militar industrial”. El polémico Douglas Mac Arthur, a su vez, fue el comandante de la Guerra del Pacífico y luego “gobernó” Japón durante seis años, preservando al Emperador y sus instituciones tradicionales para evitar que creciera el sentimiento de humillación por la derrota.

Nació entonces una institucionalidad para la paz, que fue desde la creación de Naciones Unidas hasta la del Banco Mundial de “Reconstrucción y Fomento” y el Fondo Monetario Internacional.

Pese a todos los pesares, a los avatares de la Guerra Fría que vendría después y a los conflictos locales como Medio Oriente o Vietnam, globalmente el mundo nunca tuvo tanta paz y, por supuesto, prosperidad. Ese gran espacio multilateral, sin embargo, hoy está en crisis y lo ha revelado la pandemia en curso, con Estados Unidos haciendo lo que se le ocurre, China rivalizando con él, Europa ensimismada en su compleja división interna y ni hablemos de nuestra América Latina, donde no hay modo de sintonizar.

Esta celebración de los 75 años debiera ser, en esa perspectiva, una pausa de reflexión. Que si no le llega a las potencias, tampoco nos condena al resto a la parálisis del espectador. Aun con la modestia de nuestras fuerzas, no hay puente al que no debamos contribuir ni esfuerzo que dejemos de hacer para acompasarnos a la velocidad de una ciencia que viene dejando tan atrás los modos políticos del pensar y el hacer.

Nuestra democracia, consolidada luego de 35 años de libertad, vuelve a vivir una desafiante prueba que va desde la salud a la paz social. La grandeza que alienta desde el pasado, nos impone a todos -sin excepciones- el deber de la mirada amplia y profunda, despojada de sectarismos, utopías regresivas y pequeños personalismos.

Una declaración de inconstitucionalidad

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Estos días en que con tanta liviandad se habla de inconstitucionalidad, apenas se ha divulgado una importantísima sentencia de la Suprema Corte de Justicia, que declaró inconstitucional la ley que había habilitado el voto de los uruguayos en el exterior. Se trata de la ley 19.654, votada a tambor batiente por la mayoría regimentada del Frente Amplio en agosto de 2018, sin la mayoría de dos tercios de votos que exige la Constitución para las leyes electorales y despreciando otras normas constitucionales fundamentales que no habilitan en caso alguno esa posibilidad de votar desde el exterior.

Una sentencia sustantiva y muy razonada, documenta el análisis exhaustivo que hizo la Corte en el caso, con matices de diferencia de criterio entre sus miembros, en varios aspectos, pero unánimes los cinco en la inconstituionalidad del artículo 1º de esa ley, que la hace inaplicable no solo a los partidos que presentamos el recurso sino aun al Frente Amplio. Es más, un miembro de la Corte que no cree necesaria la exigencia de los dos tercios (el único que opina así), va más allá, porque sostiene la inconstitucionalidad por razones no de forma sino de fondo, al violarse el artículo 81° de la Constitución que dice que la ciudadanía no se pierde ni aún por nacionalizarse en otro país y que los derechos correspondientes se recuperan por “avecinarse en la Republica e inscribirse en el Registro Cívico”. O sea que, conforme a este criterio, ni aun por ley con dos tercios se podría establecer el voto en el exterior, opinión que comparten otros miembros de la Corte.

De este modo se ha dado por tierra el atropello que el Frente cometió.

Importa señalar que el tema es jurídicamente clarísimo. Ante todo por la razón señalada: la Constitución exige el “avecinamiento” y ello es lógico cuando el artículo 1º establece que el Uruguay es la “asociación politica de todos los HABITANTES comprendidos en su territorio”. Por eso es que quien no está en el país tiene suspendido el ejercicio de sus derechos de ciudadanía y para recuperarlos tiene que “avecinarse”. Lo que se ratifica, por la inversa, cuando le reconoce el voto a los extranjeros “avecinados” en el país luego de un cierto lapso (tres a cinco años, según los casos).

Aparte de esas razones jurídicas, importa recordar que políticamente se ha demostrado que el voto en el exterior normalmente no coincide con el voto en el propio país. Se lo ha visto claramente en elecciones italianas, donde el voto en Argentina fue decisivo para cambiar el resultado de Italia, o en el Perú o en Chile no hace mucho, en que el hoy Presidente Piñera perdió fuera de su país. O aun en EE. UU., donde Trump obtuvo en el exterior un porcentaje de votos claramente menor. O sea que, políticamente, el voto de afuera no es una expresión auténtica de la voluntad democrática.

Si nos vamos a un criterio ético, es mucho más claro, porque se pone la decisión de quién será gobierno en manos de aquellos que no van a vivir la consecuencia de su voto. Quien integra el cuerpo electoral y vive en el país, actúa con conciencia de su realidad, sabe que su decisión afectará su vida de un modo u otro. Quien mira de lejos, decide por quienes viven en su país.

Se comprende el deseo de los residentes en el extranjero de votar, que ha llevado a muchos países a habilitarlo. Pero no por ello deja de ser cuestionable.

En lo estrictamente electoral, además, la norma infringía todas las garantías del voto, al no haber control partidario (cosa esencial en nuestro sistema) y al quedar todo en manos de autoridades que no son las de la Corte Electoral.

La Suprema Corte, entonces, ha vuelto todo a su cauce. Y vuelve a dejar al desnudo el irrespeto absoluto del Frente Amplio por la Constitución. Este atropello lo consumó a sabiendas, ya que el mismo Frente Amplio, en el período anterior, había aceptado que eran necesarios los dos tercios de votos y por eso intentó sin éxito la vía plebiscitaria. La diferencia es que en aquel momento integraba el Senado el Dr. Korzeniak, que tenía estampado en su libro de Derecho Constitucional una opinión rotunda al respecto que no podía contradecir.

No viene mal este varapalo en días en que se invoca, sin sustento, que la ley de urgente consideración es inconstitucional porque refiere a varias materias.

 

El desafuero

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

No se trata de buscar el aplauso fácil, ni de personalizar las cuestiones, ni de chicanas políticas. Como siempre, se trata de defender la institucionalidad que es -siempre- la garantía de todos.

El miércoles pasado se presentó ante la Comisión de Constitución el hoy Senador Guido Manini Ríos pidiendo que se trate cuanto antes el pedido de desafuero que pesa sobre él. Como es notorio, un Fiscal ha solicitado a un juez que sea formalizado por el presunto delito de no informar a la Justicia de la confesión del procesado y preso José Gavazzo, formulada en el transcurso de las sesiones de un Tribunal de Honor. Como es notorio, el expediente fue elevado al Ministerio de Defensa Nacional, el Ministro -como corresponde- lo llevó a la Presidencia y allí se aprobó, con la firma del Presidente de la República, el fallo del Tribunal. Sin más trámite. Hasta que un periodista hizo público el tema y allí se desató esa situación

Ante todo, hay que entender que el fuero parlamentario es un instituto jurídico de tradición universal y que no puede depender de la simpatía o antipatía que genere el legislador involucrado. Desgraciadamente, se ha visto con frecuencia en estos días, que se opina desde una actitud eminentemente política. El propio colega Mujica, que anuncia su voto en contra al desafuero, da algunas razones políticas que no hacen al caso, porque si esto favorece o perjudica al Senador Manini no es el asunto.

Lo que hay que entender es que el fuero se estableció para amparar la libertad del Parlamento, protegiendo a los legisladores de eventuales desbordes o persecuciones de los otros dos poderes, el Ejecutivo y el Judicial. Por eso se dispone en la Constitución, desde 1830, que el legislador no puede ser arrestado ni acusado criminalmente, aun por delitos comunes, salvo que los dos tercios del total de componentes de su Cámara entienda que “hay lugar a la formación de causa” y lo declare suspendido en sus funciones. El fuero es de la Cámara, no del legislador individual.

Por supuesto, este no es un tema uruguayo sino universal. Y fue lo que protegió inicialmente a los legisladores venezolanos cuando los opositores obtuvieron la mayoría del Parlamento. Le costó mucho a Maduro llevárselos por delante y cuando al final violó ese fuero, se hizo absolutamente incuestionable su condición de dictador. Incluso un tirano desbordado tuvo que dar muchas vueltas para atropellar esas garantías que, aun inmateriales, le pesaban bastante porque dejaban al desnudo la naturaleza de su régimen.

El “fuero” no es un privilegio personal del legislador, sino una protección institucional de la Cámara de que se trate. Ella es la dueña del fuero. La que decidirá si expone a un juicio a uno de sus miembros.

Que el legislador cuestionado diga que no quiere la protección “porque no tiene nada que ocultar”, no pasa de ser una definición personal, carente de todo valor para la institución. Lo ha explicado de un modo clarísimo Óscar Botinelli, Profesor Grado V de Sistemas Políticos en la Universidad de la República, en un artículo publicado en el diario “El Observador” el sábado 15 de febrero y cuya lectura recomendamos, no solo por su calidad intrínseca sino porque se trata de un especialista, insospechable -además- de complicidades con ninguna actitud de la derecha política.

Por tales razones, hay que estar, con seriedad, a los hechos. El Senado tendrá que examinar el expediente judicial y toda la tramitación adentro del Poder Ejecutivo. Tiene el Partido Colorado credenciales de actuar siempre de ese modo y el Frente Amplio recordará que cuando la Justicia pidió el procesamiento del entonces Vicepresidente Nin Novoa, se votó en contra. Había omitido -y se probó- declarar un bien en su patrimonio; sin embargo, se entendió que no había allí una intención delictiva y que su error no era suficientemente grave como para ameritar el desafuero. Esto ocurrió el 2 de agosto de 2011.

Como explicó entonces el diputado Ope Pasquet, el pronunciamiento tenía que referir a “si hay lugar a la formación de causa”, por lo que hay que hacer una estimación de hecho y derecho, pensando en el fuero parlamentario.

Por eso decimos que de confirmarse el relato que se ha hecho público, es evidente que si el general Manini tuvo responsabilidades, mucho más las tuvieron el Secretario de la Presidencia y el propio Presidente de la República. En todo caso, la “demora” de Manini no era más que eso, una demora, no consumó un ocultamiento, y no tenía ninguna consecuencia porque Gavazzo estaba preso. Y llama la atención que se concentre en él toda la responsabilidad cuando la consumación del ocultamiento estuvo en el Poder Ejecutivo. Todo depende de una calificación racional de los hechos y juzgar si hubo o no una intención delictiva. Razón por la cual, en lo personal, no adelanto una posición definitiva, porque creo que son relevantes esos pasos a dar y no se puede hablar de antemano. Nadie con responsabilidad democrática puede dejar de actuar con esa objetividad. Con más énfasis -y sobre el fondo- lo dice el propio Botinelli: “la encrucijada del sistema político en este caso es si buscar el aplauso circunstancial de la tribuna o jugar a la defensa de las bases de la institucionalidad”.

 

Desde la Cuarentena

Por Julio María Sanguinetti (Columna publicada en el Diario EL PAÍS el domingo 19 de abril de 2020)

Como una revancha de los dioses a la arrogancia de los humanos de este siglo XXI que nos sentíamos omnipotentes, ha retornado la más primitiva venganza de la naturaleza: la peste.

La que terminó con Pericles y su luminoso período de la historia griega, la que puso punto final a la vida de Marco Aurelio, el emperador filósofo y un tiempo de grandeza romana.

Hoy, ciudadanos de esta época, desde el retiro de la cuarentena, ¿qué estamos viendo?

UNA GLOBALIZACIÓN SIN GOBERNANZA. Un fenómeno universal, más demandante que nunca de una coordinación internacional, nos muestra sin ningún principio orientador: Europa dividida entre el norte y el sur, EE.UU. errático, Naciones Unidas irrelevante, Brasil y México contradictorios, como perdidos. Solo el Oriente parece tener claridad en la tormenta.

CENTRALIDAD DEL ESTADO. Luego de mucho debatir sobre el rol del Estado, queda claro que ante el desafío colectivo, solo el Estado puede organizar una respuesta. Y, como consecuencia, se vuelve a mirar hacia los tan discutidos políticos, reclamándoles rumbo. El primero, el Presidente de la República, que en nuestro caso ha respondido con una altura acorde con las circunstancias.

DAÑO SOCIAL. La pandemia obligó a detener actividades y, como natural consecuencia, la desocupación creció vertiginosamente. Más de 80 mil solicitudes de seguro de paro miden ese extremo. Al mismo tiempo, se pusieron en evidencia las carencias enormes que heredó este gobierno luego de 15 años de un presunto socialismo que administró la bonanza de precios internacionales más grande de nuestra historia: 400 mil personas al margen de la seguridad social.

CAMBIO DE PLANES. El gobierno llegó con la idea de reducir el déficit fiscal, reformar la educación, abrir mercados internacionales. La pandemia le cambió el manual: debió salir a enfrentar el desafío sanitario sin medir gastos y atender con urgencia las carencias sociales, provocadas por la paralización de actividades, con una multiplicación inesperada del gasto público. La oposición se imaginaba oponiéndose al neoliberalismo (aunque fuera una fantasía propia) y se da de cabeza con un keynesianismo activo y rampante.

LA CIENCIA. Protagonista de nuestro mundo, mostró ahora sus límites. Algo le era desconocido. De todos modos, es la única arma de la civilización para defenderse. Estamos hablamos de ciencia y no de la charlatanería que se escucha con mucho ruido y poca sustancia. Mirando hacia adelante, ¿qué nos espera, qué caminos se abren?

LA RECESIÓN ECONÓMICA. No estamos ante una crisis como la de 2002, que fue un fenómeno regional y básicamente financiero. Ahora estamos ante una tormenta universal, impactante de mo-dos diversos, a la vez, en oferta y demanda. El Uruguay se recuperará, como siempre, con la exportación, pero no va a encontrar un mundo en expansión y la brutal caída de recaudación (de la que poco se habla) costará revertir. Hay luz al final del túnel si no malgastamos el crédito y ponemos el foco en los generadores de empleo. Pero el túnel no será breve.

SALUD VERSUS ECONOMÍA. No podemos encerrarnos en ese falso dilema. Un economicismo tradicional no nos va a dar la respuesta necesaria para la pandemia. Un mesianismo médico puede llevarnos a un hambre de posguerra si no recuperamos el empleo activo. La cuarentena no puede ser eterna. El gobierno lo viene haciendo bien, con una prioridad en salud y una progresiva y pausada recuperación de la actividad.

MUNDO DIGITAL. La tendencia inevitable hacia una digitalización progresiva de la producción y la vida social, se ha acelerado. En tres semanas se saltearon tres años, por así decirlo, en el teletrabajo. Las clases se dan por ZOOM. Los políticos discutimos desde pantallas. Es un salto cualitativo esperanzador pero desafiante. Caerán algunos empleos y nacerán otros. Pero los empleados no serán necesariamente lo mismo. Se hace protagónica la “destrucción creativa” de Sombart y Schumpeter: lo que modula el cambio es la innovación y esta se genera desde las empresas.

DEMOCRACIA Y MEDIOS. Se teme que el éxito asiático, basado en un Big Data que controla la vida en sociedad y persigue cada movimiento, nos llevará al autoritarismo. Es un riesgo, pero la democracia tiene que defenderse con sus armas legales y lo hará. Incluso, no hay mal que por bien no venga, se han revalorizado los medios de comunicación frente a las redes sociales. Ante la emergencia, el ciudadano precisó información veraz y con editor responsable. Volvió a las fuentes, asumió que las redes son un coro desafinado y multitudinario donde cabe todo sin concierto.

Estas observaciones no las sentimos reductibles a la clásica dicotomía optimismo o pesimismo. Para este último basta mirar lo que ha ocurrido ya, en tan pocas semanas, en el mundo y entre nosotros. Pero la reacción del país, desde el gobierno ante todo, permite avizorar un futuro. Desgraciadamente, todavía escuchamos voces que no esconden el deseo de la revancha política. A la vez, sin embargo, alienta ver a la gente de la salud y a quienes siguen luchando para no detener la exportación ni la atención a las necesidades de la gente.

El desafío es entender que tendremos que paulatinamente recomenzar las actividades económicas, no cortar las cadenas de pagos y salvar las empresas en dificultades.

El Estado, guste o no, tiene que ponerse del lado del que preserva empleo, sea grande o pequeño. Si se logra, y es posible, atravesaremos la pandemia y saldremos fortalecidos. El camino no son eslóganes, frases hechas, reclamos imposibles y argumentos mágicos que, invocando la solidaridad, conducen a la miseria.

Sanguinetti: “Un mes”

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

La vida tiene más imaginación que cualquier estadista o legislador. Y bien que lo hemos vivido en este mes vertiginoso.

Del esperanzado discurso del Dr. Lacalle Pou aquel primer día, se han caído todos sus énfasis. Imposible hablar de equilibrio fiscal cuando se derrumba la recaudación y vuelan los gastos. Difícil abordar polémicos cambios en una ley de urgencia que iba desde la educación hasta el derecho penal. Todo se ha concentrado en asumir la pandemia y sus consecuencias sociales. No había -ni hay todavía- otra opción… (SEGUIR LEYENDO)