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Sin duda aventó fantasmas

PorJulio María Sanguinetti (Diario El País)
Hace muy pocos días el Dr. Tabaré Vázquez dijo en un programa de televisión que su llegada a la Presidencia había aventado muchos “fantasmas” sobre lo que podría llegar a ser la irrupción del Frente Amplio en el gobierno.
Sin duda fue así y ese, a nuestro juicio, es su mayor legado. Aquella coalición de izquierda que rechazaba el libre comercio, reclamaba desconocer la deuda externa, romper con el Fondo Monetario y nacionalizar tanto la banca como el comercio exterior, pasó a respetar las reglas de la economía de mercado, cumplir las obligaciones internacionales y gobernar dentro de los parámetros del Estado de Derecho. En su seno, se albergaron corrientes que nunca llegaron a reconocer explícitamente la que llaman “democracia burguesa” ni aun el error trágico de la violencia política de los años 60’ y 70’, pero sin embargo su influencia, acompañada por Astori, permitió esa evolución fundamental en el Frente Amplio.
Podríamos decir que la democracia uruguaya atravesó, de su mano, el necesario Rubicón de la institucionalidad.
A partir de esa coincidencia republicana, naturalmente discrepamos muchas veces. Se ha recordado en estas horas la polémica que tuvimos en la campaña de 1994 y las diferencias que se generaron en momentos cruciales, como la crisis de 2002 o cuando el presidente Bush le ofreció al Uruguay un tratado de libre comercio y estando él de acuerdo, terminó cediendo a la presión negativa de un sector del socialismo. Nos importa señalar sin embargo, que fue un presidente atenido a la formalidad republicana, al estilo tradicional del país. Y que en algunos momentos tuvo la inteligencia de rescatar errores del Frente Amplio, como su oposición al capital extranjero en la industria forestal, y sumarse a la política que habíamos iniciado nosotros en 1985, actitud que incluso le llevó a un durísimo enfrentamiento con los gobiernos kirchneristas.
En el orden personal mantuvimos siempre una relación cordial, que se hizo afectuosa en los últimos tiempos. No era hombre de desplantes ni agresiones verbales. Conversábamos cada tanto con mucha franqueza y apertura. Especialmente desde que apareció su enfermedad, el teléfono nos acercaba y la última charla, hará un par de semanas, fue un llamado suyo para comentar una audición de radio de mi hija Emma sobre la política de los museos internacionales en la pandemia. El episodio, apenas anecdótico, revela su serenidad de espíritu, en momentos de tanta gravedad para él, y también algo superior que la política uruguaya debe conservar, que es ese modo de rivalizar en ideas sin alejarse en persona.
Afrontó su enfermedad, que conocía íntimamente como médico, con una gran entereza. Fue un final de hidalguía, con un reconocimiento para los partidos tradicionales que construyeron la democracia y para quienes ocupamos la presidencia durante su trayectoria política. Así lo dijo en su última intervención de televisión, un testamento político que deja una marca histórica en esta democracia nuestra.

El futuro del pasado

Por Julio María Sanguinetti (Correo de los viernes)

Es un lugar común que la cultura es un bonito adorno, una decoración y que lo que importa es el trabajo, la producción, lo que ayuda a pagar las cuentas. También lo es que mirar hacia atrás es conservadurismo y que solo hay que hablar de lo que vendrá. De este modo, como decía Marc Bloch, la ignorancia del pasado lleva inevitablemente a la incomprensión del presente.

A veces se conjugan los dos prejuicios y, ante un ejemplo rotundo de lo contrario, es importante destacarlo para ayudar a comprender lo que es una nación y aquello que hace a su esencia. Nos estamos refiriendo a los 25 años de la declaratoria de Patrimonio Histórico de la Humanidad de la Ciudad Vieja de Colonia, que se están cumpliendo en este mes de diciembre.

Sin duda, la larga labor de recuperación de esa zona, emprendida desde 1968 por una Comisión Especial que presidió el Prof. Fernando Assunção fue un esfuerzo notable de paciencia, persistencia e inteligencia histórica. La declaratoria de Unesco, 27 años después, significó su validación y una consagración internacional de enorme valor, tanto institucional como social y económica. Se puede decir que marcó un hito en el salto cualitativo de ese trozo del país en que la historia se carga de leyenda.

La fundación de la Colônia do Sacramento, en 1680, por Manuel Lobo, Gobernador de Río de Janeiro, fue parte del largo proceso de descubrimiento y conquista en que España y Portugal rivalizaron en el continente americano. En el caso, el objetivo fundamental era encontrar un pasaje interoceánico que permitiera llegar al Pacífico desde el Atlántico Sur para alcanzar el comercio de especies del Oriente. Luego se agregó la ensoñadora búsqueda de la Sierra de Plata que había llegado a oídos de los navegantes y les encendió tanta ambición que hasta nuestro río terminó llamándose «de la Plata» cuando, en realidad, los tesoros estaban en el subsuelo del lejano Alto Perú.

Recordemos que el infortunado Solís había muerto en 1516 cuando recorrió nuestro río epónimo y los guaraníes dispusieron de él. Y que luego pasó Magallanes, anduvo transitando Gaboto, y que Don Pedro de Mendoza había intentado fundar Buenos Aires, en 1537, con un trágico fracaso. Frente a estos empeño de los españoles, Portugal rivalizaba fundando San Vicente y una cadena de poblaciones que iban tratando de llegar al Sur, desde una colonización que había comenzado por Bahía y Pernambuco.

Cuando se refunda Buenos Aires, en 1580, se había producido un hecho notable: Felipe II, Rey de España, había pasado a serlo también de Portugal, con lo que la competencia se apaciguó y las fronteras se hicieron flexibles. Pasado este lapso, Portugal continuó con su emprendimiento, generando caminos comerciales que perforaban el monopolio de Lima (digamos, contrabando). Es por eso que Manuel Lobo, en 1680, funda Colonia, que es rápidamente conquistada por Vera Mujica desde Buenos Aires. El llamado Tratado Provisorio del año siguiente le reconoce a Portugal su ciudad y por dos décadas edificarán murallas y hasta una Iglesia Matriz. En 1704 España reconquista Colonia a sangre y fuego, que es devuelta a su vez a Portugal en 1715, en el Tratado de Utrecht. Hasta 1750 gobernarán los portugueses, cuando el Tratado de Madrid se la devuelve a España, que la ocupa con el Gobernador Ceballos al frente, hombre de armas tomar. Esta entrega a España tiene como contrapartida el reconocimiento del dominio portugués en los pueblos de las Misiones, de donde son desalojados los jesuítas y sus civilizados guaraníes, que sostendrán una heroica guerra contra el ejército portugues, tan brillantemente evocada en la película La Misión. En una palabra, siete tratados y cuatro sitios… Todo termina en 1777 con el Tratado de San Ildefonso, pero ya el mundo era otro: ahora el ganado era el protagonista y nuestra Colonia, muy dañada, entró en una larga decadencia. Con los años pasó a ser un barrio degradado de una ciudad moderna que había crecido, al impulso de las corrientes inmigratorias europeas que hicieron de esa región el vergel que pasó a ser para siempre.

En 1924 fue Julio María Sosa quien sintió la necesidad de rescatar ese trozo fantástico de historia y se dicta una ley, de corta aplicación. Retoma el tema el Ministro Eduardo Víctor Haedo, en 1938, pero el asunto no se encara en serio hasta ese evocado 1968 del que hablamos, durante el gobierno de Pacheco Areco, bajo la presidencia de Assunção en la Comisión. Esta quedó más tarde consolidada por ley, en 1986, con una labor muy destacada del Arq. Miguel Odriozola. La restauración siguió a su cargo y por eso hubo el aliento para presentarse a la Unesco, con el fin de que esas manzanas históricas, tan españolas como portuguesas en sus orígenes y tan uruguayas hoy, fueran ejemplo de esa coexistencia.

Se trabajó años en ese empeño, con una gran comprensión del entonces Director General de Unesco, Federico Mayor Zarazoga, y un apoyo invalorable de los gobiernos de España y Portugal. Es más, el propio Presidente de Portugal, Mario Soares, nos visitó, le recibimos en Colonia y donó el monumento a Lobo que está al lado de la Catedral. Tuvimos la honrosa oportunidad de celebrar en la Unesco, en aquel noviembre de 1995, tanto el cincuentenario del organismo como la declaración oficial. Con el patrocinio de la Unesco, incluso, el Estudio Testoni publicó un espectacular libro, con un trabajo fotográfico de gran nivel artístico y trabajos históricos de Fernando Assunção y Marta Canessa de Sanguinetti.

Hoy Colonia y sus alrededores son otros.Los campos se han revalorizado. La ciudad ha visto multiplicarse buenos hoteles y hermosas posadas, atractivos restaurantes en viejas casas recicladas, alrededores de campo reconquistados para el descanso y miles de personas que viven de este renacimiento. Naturalmente, estos días son tristes por la paralización, pero esto es lo pasajero. Lo permanente es esa Ciudad Vieja restaurada, ese trozo de historia rescatado y de cómo ese esfuerzo cultural es formidable fuente de trabajo.

El pasado, como se advierte, tiene un gran futuro. Cada vez más hay un interés por rescatar raíces y disfrutar, como se vive en la apacible Colonia, la grata sensación de un tiempo suspendido.

No dudamos que la Comisión y la Intendencia de Colonia, hoy ocupada por el Dr. Moreira, que participó en buena parte del recorrido evocado, trabajarán en armonía para seguir esta tarea inacabada, incorporando casas históricas y, sobre todo, cuidando que el crecimiento no nos juegue en contra. El turismo es una formidable industria de gran dinámica pero que no puede olvidar que se asienta en valores culturales a preservar. Pasado este extraño tiempo que hoy vivimos, su retomada será formidable y su futuro es incuestionable. A condición que tengamos hoy el mismo espíritu de respeto para con el pasado que tuvieron quienes hicieron posible esta notable reconquista.

 

¿Gabriel García Márquez quería votar por Álvaro Uribe?

Por Julio María Sanguinetti (El Tiempo)

Julio María Sanguinetti - Bocas

Julio María Sanguinetti fue el primer presidente de Uruguay tras la restauración democrática en 1985. Diez años después, asumió nuevamente como primer mandatario.

Foto: Juan Manuel López
Es prácticamente imposible ver a Julio María Sanguinetti vestido de manera informal, con una camiseta cualquiera y un short o una bermuda. Mucho menos con los pies enfundados en sandalias, como alguna vez sí lo hizo José Mujica en una conferencia que pasó a la historia porque un fotógrafo advirtió las uñas largas del entonces presidente que sobresalían de los calzados veraniegos.

En tiempos de fotos o videos virales, de los que ensucian carreras impolutas, nunca se filtró una foto del doctor Sanguinetti en la que no estuviera vestido de traje. Da la impresión de que este hombre se despierta y se pone una camisa, elige el vestido del día y una corbata a tono. Ser y parecer, aquello de la mujer del César romano.

Sanguinetti, a quien sus allegados todavía llaman “presidente”, tiene 84 años y una carrera política de varias décadas. Es, en Uruguay y Latinoamérica, la representación del estadista por antonomasia. Fue legislador, ministro de Industria y Educación, fue el primer presidente de la República Oriental del

Uruguay tras su restauración democrática en 1985 (y vaya si tuvo que ver en esa salida de la dictadura). Como en Uruguay no existe la reelección, en noviembre de 1994 volvió a ganar y en marzo de 1995 asumió nuevamente como primer mandatario.

Se codeó con François Mitterrand, se hizo amigo de Felipe González, de Fernando Henrique Cardoso, de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Y siendo agnóstico y un defensor a ultranza de la laicidad, en su época fue el presidente latinoamericano que más veces se reunió con Juan Pablo II. Amante de la lectura –especialmente los textos históricos– y la pintura, este viejo dirigente todavía reniega y se malhumora con Peñarol, una “pasión cuasi religiosa” que escapa a la racionalidad.

Más allá de todos sus oropeles y reconocimientos en el mundo entero, Sanguinetti dice que su primera gran vocación fue el periodismo. Es más, todavía hoy se dice periodista. Ya no va con la libreta de apuntes a hacerles preguntas a veteranos dirigentes, como cuando era joven y abordó a Fidel Castro en el auge de la revolución cubana. Ahora escribe editoriales de opinión en El País de Uruguay, La Nación de Argentina, El País de España, o donde le den un espacio. En sus años mozos, se le metió de prepo [de vivo] en un ascensor a Fidel y le dijo que en su país no terminaban de entenderlo. Con la provocación, consiguió una hora y media de entrevista con el líder vestido de verde oliva, donde apenas lo dejaba meter algún bocado, recuerda.

Tras desilusionarse de la revolución cubana a la que analizó como cronista in situ, Sanguinetti fue dejando el periodismo para involucrarse de lleno en la política. Lo hizo en el histórico Partido Colorado (derecha o centroderecha), al influjo de Luis Batlle Berres, expresidente en los años cincuenta y padre de otro presidente, Jorge Batlle (2000-2005). Sanguinetti promovió una amnistía a presos políticos y fue uno de los mentores de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado que indultara a los militares por los crímenes cometidos en la dictadura. Así selló lo que él llamó “el cambio en paz”, eslogan con el que ganó las elecciones de noviembre de 1984 y se puso la banda presidencial cedida por militares, en marzo de 1985.

Destaca de su segundo mandato el impulso de una ley forestal, una ley de zonas francas, una reforma de la seguridad social y una profunda reforma educativa que amplió la educación a niños de entre 1 y 5 años y creó las escuelas de tiempo completo.

Alguna gente dice: ‘Pero los políticos hoy se abrazan y mañana discuten’. ¡Sí, señor! ¡Esa es la democracia! Tenemos que saber discutir y saber abrazarnos.

En Uruguay, sus detractores le achacan una clara falta de iniciativa para la búsqueda de detenidos desaparecidos durante la dictadura (1973-1984), pero Sanguinetti no se hace cargo. Dice que hizo lo que pudo, con la poca información con la que contaba. “No es verdad que no se hizo nada. Se hizo una investigación en Buenos Aires para buscar a la niña Mariana Zaffaroni, y se la encontró. Y el gobierno hasta contrató un detective para hacer la pesquisa. En las búsquedas de acá, es evidente que estábamos en un tiempo distinto. Para empezar, al inicio del gobierno ni siquiera había cuestionamientos a los militares. Los cuestionamientos y las denuncias fueron viniendo después. Se hizo lo que se pudo”, dijo.

Intelectual de fuste y reconocido en el mundo entero, no solo por sus pobladas cejas (tan tentadoras para caricaturistas), hoy encanecidas, Sanguinetti dejó en octubre su banca en el Senado el mismo día en que también lo hizo un viejo enemigo en el plano de las ideas, José Mujica Cordano.

El 20 de octubre pasado, Mujica y Sanguinetti se fundieron en un abrazo que recorrió el mundo, gesto que pretendió ser ejemplarizante, promovido por dos viejos  experimentados de la política. Más allá del respeto y la fraternidad, a Sanguinetti le interesa dejar claras algunas cosas: los tupamaros no enfrentaron a la dictadura, como repiten algunos jóvenes trasnochados. El movimiento guerrillero tupamaro estaba maniatado cuando llegó el golpe de Estado por la “embriaguez de los militares” que querían ser los “salvadores de la patria” y se atornillaron al sillón del poder por la fuerza.

Hoy, este hombre que vive de traje todo el día está expectante por la última temporada de The Crown en Netflix, relee a Kant y tiene en su mesa de luz Desobediencia civil y libertad responsable, el último libro que le mandó dedicado el sociólogo argentino Juan José Sebreli.

De derechas e izquierdas, de Fidel, del Che, de Mujica y su poder de comunicación, de su amigo Álvaro Uribe Vélez y el elogio que le dispensó Gabo en una charla íntima en México, y del pentacampeón de América (hoy caído en desgracia) Club Atlético Peñarol, habló el expresidente Sanguinetti en un living atestado de libros y cuadros.

En 1959, usted viajó a Cuba como periodista a cubrir la revolución. Y un año después fue a cubrir la cumbre de cancilleres de la OEA en Costa Rica, evento en el que se censura a Cuba por haber establecido relaciones con la URSS. ¿No se dejó enamorar por la revolución o en ese momento usted también cayó bajo su embrujo?

Cuando fui a Cuba en 1959 escribí una serie de notas. Al volver, en el aeropuerto me esperaba Marta [la historiadora Marta Canessa, su novia de entonces, es su esposa desde hace 40 años] y me dijo: “¿Qué te pasa? Que notas tan frías, tan llenas de prevenciones”. Y le dije: “Mirá, me pareció intuir que estamos en el embrión de una gran dictadura y que Fidel está más cerca de ser un caudillo latinoamericano clásico que otra cosa”. En aquel momento no percibí que aquello fuera hacia un socialismo propiamente dicho o hacia un marxismo o comunismo de tipo soviético, pero sí percibí el fuerte ingrediente autoritario, la corriente autoritaria que se respiraba por todos lados, porque todo aquel que no pensaba lo mismo que los discursos interminables de Fidel era un “gusano” vendido al Imperio. Todavía no había aquella ruptura con los Estados Unidos.

¿Ni siquiera en el primer momento se dejó enamorar por la revolución?

En el primer momento todos nos enamoramos de la revolución. En el primer momento, ¿quién no se enamoró? Porque además toda la poética legendaria estaba instalada, hasta estéticamente: las barbas, las boinas, la juventud contribuía a eso. Como periodista voy, veo, analizo, hablo con gente, y me encuentro con Fidel una noche en el hotel. Él todavía estaba en el viejo hotel Habana Hilton que hoy se llama Habana Libre. Una noche, yo estaba ahí, se abre la puerta del ascensor y lo veo a Fidel con su guardaespalda. Me mandé para adentro como buen periodista y le digo: “Fidel, ¿cómo anda? Mire, se lo digo rápido: en mi país todo el mundo ha mirado con simpatía la revolución, pero no entendemos mucho que se haya sustituido tan rápidamente al presidente, a un civil, un juez independiente, honesto, que fue el que los liberó a ustedes”. Me dijo: “Mira, chico, yo te voy a explicar”. Paró el ascensor, bajamos, me tuvo hablando una hora y media, era casi medianoche…

Usted fue ministro de Industria y Comercio a finales de los convulsionados años sesenta. Tiempos en los que se empezó a gestar la violencia en Uruguay: el advenimiento del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) en 1963, las movilizaciones estudiantiles y una fuerte represión policial.

Los tupamaros comienzan su actividad en 1963 bajo un gobierno nacionalista colegiado, tan poco personalista y autoritario como que no había presidente de la República, si no que era un areópago [tribunal supremo] de nueve nobles que manejaban el país. Solo se explica aquello por una radicalización ideológica que nace en la revolución cubana y que lo lleva a esa acción totalmente alejada de la realidad. En el año 61, vino el ‘Che’ Guevara a Uruguay y claramente dice que si hay un país donde no puede haber una revolución es en Uruguay porque es el país más democrático de América Latina. Lo dice así. La palabra del ‘Che’ me parece que es más importante que todas las elucubraciones que se puedan hacer. El ‘Che’ en ese sentido en Uruguay dice: “Me precio de conocer toda América Latina y digo que este es el país más democrático, cuidado con la violencia. Cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último”. La acción guerrillera sigue en el 64, y en el 65 y en el 66 ya con otro gobierno, luego viene la presidencia de Óscar Gestido, un militar dedicado a la política. Muere Gestido y asume Pacheco. Ahí venía ya recrudeciendo el movimiento guerrillero, subversivo. Y Pacheco hizo lo que hubiera hecho cualquier presidente democrático, que es defender la institucionalidad democrática. Cuando alguien enfrente rompió el diálogo, cuando alguien en frente, en un país con una tradición tan asentada como la nuestra, con libertades totales de expresión de pensamiento y la vida política, se lanza a la violencia, el Estado tiene que defenderse, y eso es lo que hizo Pacheco.

¿Y eso de que la clase política ya estaba corrompida y los partidos eran corruptos?

Lo de corrompida es una expresión en la cual coincidieron los militares golpistas y los tupamaros terroristas. Ambos hicieron la revolución en contra de la democracia y como todos los totalitarios invocaron la corrupción de lo político, que es lo mismo que invocaba Hitler con la República de Weimar. Siempre les atribuyen a los titulares del poder democrático todos los males, lo cual legitima tirar abajo las instituciones democráticas para abrir el espacio de la revolución salvadora, llámese nazista, fascista, marxista, comunista, fidelista o como quiera llamarlo, y así se va emparentando. Por eso es que en aquel momento incluso –muy a diferencia de las cosas que suelen hablarse– hubo una gran conmistión entre algunos grupos militares con los propios tupamaros, aún con los tupamaros presos. Coincidían en la enemistad del sistema y en la acusación a los políticos. A todos nos dieron vuelta de arriba para abajo y de costado y nunca pudieron encontrar los fenómenos de corrupción que repetían como un eslogan.

Sangunetti - uruguay

Foto: Juan Manuel López

Entonces le digo: ‘¿Y Colombia, maestro?’, y para mi sorpresa, Gabo me dice: ‘Mire, yo pienso que Colombia precisa un tipo con huevos, y ese hoy es Uribe’. Era la primera candidatura de Uribe.

Fue protagonista fundamental del llamado Pacto del Club Naval con los militares en busca de una salida democrática, pacto que excluyó al Partido Nacional. ¿Cómo les explicaría esta vital reunión a los lectores colombianos?

De una forma muy sencilla. En la dictadura se había iniciado un proceso de institucionalización. En 1982, plantean una propuesta constitucional y la plebiscitan, de modo que intentan institucionalizar un retorno a una democracia recortada con una presencia militar institucionalizada al lado de la Presidencia. Pinochet había ganado uno parecido en Chile. Acá la dictadura pierde el plebiscito, y lo reconoce. Entonces admiten reabrir la actividad de los partidos, pero como no reconoce a los dirigentes, se hace una elección interna en los dos partidos tradicionales (Blanco y Colorado) y de la Unión Cívica, no de la izquierda todavía. Ahí, entonces, aparecen nuevas autoridades y comenzamos una negociación. A su vez, en el Ejército había nacido claramente una división, había algunos partidarios de quedarse en el poder y otros de salir. Entre nosotros, a su vez, nacieron también dos estrategias: los partidarios de seguir golpeando hasta que cayera la dictadura o los que pensábamos que un acuerdo honorable y que nos permitiera retornar a la democracia con dignidad era el mejor camino. En el Club Naval se pacta el día y la hora que termina la dictadura luego de unas leyes democráticas.

Fue electo presidente de la República en noviembre de 1984 y se transformó en el primer presidente tras la restauración democrática. Su eslogan o leitmotiv era “El cambio en paz”. ¿Cómo lo podría resumir?

Se podría resumir que era el retorno a la democracia sin revanchismo. Con un clima de reconciliación que procuraba que quienes habían tomado las armas para sustituir la democracia por medio de la violencia o quienes en nombre del Estado luego habían cometido el mismo exceso, no debieran ser objeto de una persecución, sino que debíamos mirar hacia delante para no reproducir el clima de enfrentamiento del pasado.

Fue vicepresidente de Peñarol y hoy es presidente honorario del club, el más popular de Uruguay. Alguna vez escuché que su esposa no quería que usted aceptara un puesto en la Unesco, para poder asumir, algún día, como presidente de Peñarol. ¿Es cierto?

No, no, eso es fantasía. Peñarol es pasión pura. La pasión futbolística es una pasión desinteresada, inexplicable, sobre todo para quien vive en la sociedad desde una racionalidad abstracta. Peñarol es una gran pasión; yo diría que para nosotros es un sentimiento cuasi religioso.

Usted tiene una teoría: es más hincha de Peñarol que de la selección uruguaya, porque en el club se alienta a jugadores extranjeros y no afloran los nacionalismos como en los duelos de países. Explíqueme su postura.

La adhesión al club es la adhesión estrictamente deportiva, que se identifica con una institución popular. Las selecciones introducen el factor político, un factor de nacionalismo, un factor que hace que el día que jugamos los argentinos contra los uruguayos afloren sentimientos de descalificación de unos y otros. También pasa entre los peruanos y los chilenos, y a veces entre los colombianos y los venezolanos. Esa es la parte que no me gusta. Y se canta el himno antes de los partidos de selecciones… Los himnos no tienen nada que ver; a mí que me disculpen. En Peñarol los hinchas supimos idolatrar a un peruano como Juan Joya, a un chileno como Elías Figueroa o a un ecuatoriano como Alberto Spencer.

En febrero del año pasado recibió en su casa al expresidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, y lo posteó en su Facebook. ¿De qué hablaron?

Con Álvaro Uribe Vélez tengo amistad de la época en que era gobernador de Antioquia, de modo que tuve una larga conversación con él. Le tengo un enorme respeto. Es un político con una enorme vocación de servicio que percibí entonces, cundo él sentía como una causa vital el enfrentamiento con la histórica narcoguerrilla. La última vez que vino, hace un año, hablamos de todas las cosas que se imagine. Como periodista y como político estoy tratando siempre de interpretar la historia y en consecuencia trato de superar las anécdotas.

Julio M. Sanguinetti BOCAS

Foto: Juan Manuel López

¿Ha tenido contacto con Juan Manuel Santos?

Hemos tenido, últimamente tuvimos contacto, a raíz de la designación del presidente del BID. Firmamos un documento con Santos, Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos. Con Santos hablamos de que estábamos en contra de que América Latina no reivindicara la presidencia del BID, como era la tradición histórica.

¿Y sobre las Farc y el conflicto armado, nunca charló con él?

Lo hemos hablado muchas veces, por supuesto que sí. Si algo nos dice la experiencia es que extrapolar situaciones de un país al otro no es posible. La salida institucional después de la dictadura en el Uruguay fue distinta a la argentina, la argentina muy distinta a la chilena. En Argentina había habido una derrota militar en una guerra internacional del régimen militar que se derrumbó. En Chile fue una salida altamente condicionada en que el propio dictador siguió como comandante y jefe de las Fuerzas Armadas. En Uruguay hubo una salida negociada. O sea que la actitud frente a las dictaduras o las guerrillas fue distinta en cada lado y obedeció a la peculiaridad de cada uno. La situación de Colombia también es muy distinta, porque la violencia rural en Colombia tuvo una larga tradición muy particular. Y luego la connotación de una violencia guerrillera de tipo política, o del narcotráfico también, fue muy peculiar. Eso fue un fenómeno muy colombiano.

Mujica es un fenómeno de comunicación, que va más allá de la vida política. Sintonizó en este mundo de la sociedad del consumo, como una especie de gurú del despojo a los bienes materiales.

Se hizo amigo de Felipe González, de Octavio Paz, de François Mitterrand, de Juan Carlos Onetti, de Carlos Fuentes, conoció a Deng Xiaoping, tuvo una excelente relación con Juan Pablo II, quien visitó Uruguay dos veces. Están todos reunidos en su libro Retratos desde la memoria, de 2015. En ese libro también cuenta que fue amigo de José ‘el Mono’ Salgar, de Álvaro Mutis, y le dedica un capítulo a García Márquez. Allí usted recuerda un almuerzo en la casa de Ernesto Zedillo en el DF, donde Gabo alude a Uribe con palabras elogiosas…

Gabo no había ido a votar a Colombia varias veces. Estábamos almorzando en México en la casa de Zedillo, entonces le digo: “¿Y Colombia, maestro?” y para mi sorpresa, Gabo me dice: “Mire, yo pienso que Colombia precisa un tipo con huevos, y ese hoy es Uribe”. Era la primera candidatura de Uribe. No agregó más comentarios ni tampoco fue a votar a Colombia. [El libro agrega: “Ayudó a Uribe, sin embargo, en un intento de pacificación con el ELN, cuando recurrió a él para hacer un puente con Fidel”]. Me sorprendió, pero esa era su opinión en ese momento. Cuando se mira en perspectiva parece algo llamativo.

¿Llegó a entender por qué, a diferencia de Plinio Apuleyo Mendoza o Mario Vargas Llosa, Gabo nunca se distanció del régimen cubano de los Castro?

Porque Gabo, más allá de lo ideológico, tenía una enorme fascinación por el poder.

¿Por estar cerca de los poderosos?

No. Por el fenómeno literario del caudillismo. Él era un fascinado del poder, lo cual va desde Aureliano Buendía, pasando por Simón Bolívar en El general en su laberinto. Él tuvo esa fascinación con Fidel, que la mantuvo. Para mí, esa fue su aproximación. Después nos vimos muchas veces, hasta la última en la casa de Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta en México. Nos veíamos con frecuencia en esa época.

¿Es de los que creen que están vigentes los rótulos de izquierda y derecha en política?

Lo que se han caído son los catecismos, son las estructuras herméticas de pensamiento, hegeliana, marxistas. No se han muerto las ideas, las ideas políticas siguen existiendo. La democracia tiene dos elementos que son contradictorios: la libertad y la igualdad. La fraternidad, se supone, tiene que reconciliar dos cosas que van a estar siempre en puja, porque cuanta más libertad haya, más desigualdad va a haber, porque los hombres no somos iguales. La libertad va a hacer que unos sean más inteligentes que otros, otros más brillantes, otros más ricos que otros, otros más pobres que otros. Y desde el otro lado, el sentimiento de igualdad. Es en torno a esas dos ideas que en el mundo de la democracia se podía hablar de izquierdas o derechas. La patología de eso puede ser, en la izquierda, el marxismo, porque establece un sistema autoritario. Y la justicia social se cambia con la libertad. Pero dentro de la democracia existen matices diferenciales. Alguien más a la derecha va a atender a que el Estado lo más chico posible, alguien más hacia el centro o centroizquierda va a pretender que el Estado juegue un rol más importante. Nosotros tenemos una concepción del Estado mucho más de intervención del Estado que el Partido Nacional, con el cual somos socios hoy.

El 20 de octubre, tanto usted como José Mujica dejaron su banca en el Senado. No fue casual que dejaran el Parlamento el mismo día, fue buscado, y ese mismo día el abrazo entre ustedes dio la vuelta al mundo. ¿Qué representan ese abrazo y esa foto?

Pretende ser un mensaje a los jóvenes. Que entiendan que dirigentes políticos con una gran responsabilidad social, hemos discrepado y seguimos discrepando profundamente, dentro de la democracia estamos obligados a respetarnos y a sentir que hay lugares de la institucionalidad donde tenemos necesariamente que coincidir. Y que lo más importante de la democracia es preservar esos espacios. Alguna gente dice: “Pero los políticos hoy se abrazan y mañana discuten”. ¡Sí, señor! ¡Esa es la democracia! Tenemos que saber discutir y saber abrazarnos.

En Medellín vi un mural con el rostro de Pepe Mujica con una frase suya, en Brasil he visto gente con su cara en la remera y tiene admiradores por miles en Europa y Latinoamérica. ¿Está bien ganada la fama mundial de Mujica?

Mujica es un fenómeno de comunicación, que va más allá de la vida política. Es un fenómeno de comunicación muy particular. Sintonizó en este mundo de la sociedad del consumo, como una especie de gurú del despojo a los bienes materiales, y desde el poder político alguien que pretendía construir una vida alejada de las pautas de comodidad, bienestar y consumo porque hoy lo tiene. Ese fue su gran mensaje y su gran comunicación. Esa ha sido la razón de su éxito.

Usted no dejó la política. Se fue del Parlamento, pero continúa siendo secretario general del Partido Colorado. Continuará dictando conferencias y escribiendo editoriales de opinión en distintas publicaciones de América y Europa. ¿No se cansó de la política?

Uno no se cansa de batallar por las ideas, esa es la política. Yo soy, siempre he sido y seguiré siendo, muy afecto a la política de base, a la comunicación con la gente, a la política territorial. Lo que es el ejercicio del liderazgo, eso sí es cansador porque es una administración de vanidades, uno termina de psiquiatra de la corte, de las pequeñas cortes.

¿Seremos mejores después que aparezca la vacuna contra el covid-19?

Han aparecido muchas vacunas en el mundo. Para lo único que no hay vacuna es para la tontería.

De populares, populistas e instituciones

Por Julio María Sanguinetti (LA NACION de Argentina)
Hemos vivido en Perú meses amargos. Separado de su cargo el presidente Pedro Pablo Kuczynski hace dos años, su sucesor Martín Vizcarra fue víctima de un impeachment en este fantasmagórico mes de noviembre, en que fue sustituido por Manuel Merino y, a la semana, por Francisco Sagasti, que parece hoy sostenerse como puede sobre sus dos piernas. En los alrededores de los años 70, no es muy imaginativo pensar que, ante semejante vacío de poder, las Fuerzas Armadas hubieran tenido una participación tajante y decisiva. Diríamos que es un ejemplo claro del repliegue militar en nuestro continente, fenómeno muy relevante que, como se fue alejando paso a paso, no concita demasiado interés en los habituales análisis.
Si miramos algo hacia atrás y recordamos el impeachment, en Brasil, del presidente Collor de Mello (1992) y el mucho más polémico de la recién reelegida Dilma Rousseff (2016); o el de Carlos Andrés Pérez en 1993, en Venezuela; el de Abdalá Bucaram en 1997, en Ecuador, o el más cercano de Fernando Lugo en Paraguay (2012), nos encontramos con crisis políticas de enorme magnitud que -mal o bien- se resolvieron dentro de los términos constitucionales. Al igual que una larga lista de episodios turbulentos en que los presidentes sortearon parecidos obstáculos. La mirada bifronte hacia esos episodios nos muestra un militarismo desvanecido, luego de medio siglo de ser recurrente árbitro de contiendas políticas pero, al mismo tiempo, unas democracias que navegan en medio de las incertidumbres de su sobrevivencia.
Entre Washington y Moscú hubo sí «guerra fría», pero en esta nuestra frontera fue hirviente y sangrienta.
Naturalmente, no puede ignorarse que este alejamiento militar no es solo la resultancia de la sabiduría política, sino de la cancelación de la Guerra Fría, que se proyectó en una dialéctica dramática entre guerrillas inspiradas en la Revolución Cubana y golpes de Estado alentados para combatirlas. Entre Washington y Moscú hubo sí «guerra fría», pero en esta nuestra frontera fue hirviente y sangrienta. Contrapartida del repliegue militar, se vive el avance de los poderes judiciales como instancia de arbitraje de los conflictos políticos. Naturalmente, los jueces están preparados para resolver conflictos individuales entre las personas o entre ellas y el Estado, pero no para dirimir las recurrentes pulseadas entre gobiernos, oposiciones y liderazgos, con el fantasma de la corrupción como telón de fondo de esas disputas y el riesgo de su propia politización.
Estamos, entonces, ante democracias muy imperfectas. Y si algo faltara para corroborarlo, allí está la pandemia, que puso todo al rojo vivo y cada gobierno respondió en solitario conforme a su sano juicio. Ni en el Mercosur pudimos tener una respuesta concertada frente a una plaga que no reconoce fronteras. Esta vez hubo otra curiosidad en nuestro continente y es el inesperado populismo estadounidense, que culmina esta extravagante administración de Trump con una elección impugnada de antemano y contestada luego, sin prueba alguna, pese a los recuentos de votos y los unánimes fallos judiciales.
Lo cual nos lleva a las fronteras borrosas de ese nuevo fenómeno, que aun un pensador democrático consistente como Pierre Rosanvallon considera algo más permanente y del que rescata que no es solo una reacción ante la fatiga democrática, sino una propuesta para la crisis de la representación o las injusticias sociales.
Es lo que muchos están diciendo hoy sobre EE.UU.: cae Trump pero no el trumpismo, porque si bien el Partido Demócrata aumentó, en votos, la mayoría que ya había obtenido Hillary Clinton hace cuatro años, del otro lado hay una enorme votación republicana, aun mayor que su antecedente. Es más, a la luz del resultado, se piensa con cierta lógica que Trump solo cae por su mal manejo de la pandemia.
La cuestión esencial es que Trump es un típico líder populista, porque tiene todos los síntomas de la enfermedad: caudillismo personalista; pretendido monopolio de la voluntad del pueblo, traicionada por las élites burocráticas y parlamentarias; cruzado frente al «enemigo» (que empezó siendo México y terminó siendo China); descalificación personal de los adversarios; nacionalismo exacerbado y emocionalmente retórico, todo ello al borde de la inconstitucionalidad, culminada con esta impugnación electoral digna de nuestras peores elecciones latinoamericanas. Pese a todo, sin embargo, no pudo transformar al «régimen» en populista, porque la Justicia es fuerte, la distribución federal del poder entre Estados es real, el Congreso y los medios de comunicación son activos y el peso de la historia es poderoso. Esto nos conduce, entonces, al desafío de fondo de nuestra América Latina, que es el fortalecimiento institucional, el respeto al Estado de Derecho, el acatamiento de la ley por costumbre (como reclamaba Alberdi), la independencia judicial y un debate político que, incluso fuerte ideológicamente, no apueste a las mentadas «grietas».
Como nos recuerda Kant: «Los prejuicios, la superstición y el fanatismo representan las cadenas de que debe liberarnos la Ilustración».
Se requiere una pedagogía constante. Como lo dice también el maestro: «La Ilustración es asunto fácill in thesi, pero arduo y lento in hypothesi».Por esa razón hace unas semanas, incluso en un país de instituciones sólidas como nuestro Uruguay, escenificamos con nuestro colega el presidente Mujica un acto en vivo de republicanismo. Personalmente había pensado retirarme del Senado para continuar mi vida política como secretario general del Partido Colorado y hete aquí que Mujica, por reacción a la pandemia, pensó también en renunciar a su banca senaturial. Nuestra presidenta de la Asamblea ideó, entonces, una sesión solemne en que ambos expresidentes se retiraban del Senado conjuntamente y provocaban pronunciamientos afirmativos de todos los sectores. Ubicados en los extremos del espectro político, el abrazo que rubricó la ceremonia pretendió ser un mensaje de convivencia, de adversarios que, aun combatiéndose, se rinden ante la majestad de los espacios institucionales.
Los populismos normalmente nacen de un pronunciamiento popular que valida su legitimidad de origen. Esto se lo reconozco a Rosanvallon. El problema es cómo, por esa combinación de factores que señalamos, se va generando una ilegitimidad de ejercicio, que termina en cosas tan abusivas como el intento de Evo Morales de ser re-reelecto por cuarta vez o en la deriva que fue llevando a un Chávez, ungido por la multitud, hacia un autoritarismo que terminó en la grosera e incompetente dictadura de Maduro. Dicho de otro modo, todo son las instituciones. Como dicen Heráclito y el poeta T. S. Eliot, en el principio está el fin.

40 AÑOS

Por Julio María Sanguinetti (Correo de los viernes)

El NO de 1980 demostró el arraigo de los principios republicanos y los partidos políticos en la conciencia ciudadana. A partir de allí, aun a regañadientes, los mandos militares se vieron obligados a negociar con los partidos políticos la salida de la dictadura.

1980 era lo que podría decirse un buen año. La economía había crecido 6,1% en 1978, 8,7% en 1979 y ese ritmo se mantenía. La «tablita» que prefijaba el dólar generaba tranquilidad y el consumo de lo importado, automóviles, electrodomésticos, florecía. En ese contexto es que la dictadura resolvió procurar una legitimación, conforme a un cronograma publicitado en agosto de 1977 y que establecía ese 1980 como año de una nueva Constitución, marzo de 1981 como fecha de una elección interna de autoridades y noviembre para la elección del nuevo gobierno, que asumiría el 1° de marzo de 1982.

La situación interna del gobierno no era sencilla. Había crecido mucho, en la Armada y en la Fuerza Aérea, el sentimiento que había que poner punto final a la dictadura. También en el Ejército venia ocurriendo algo parecido, al tiempo que se endurecía el talante de quienes pensaban en el continuismo. La Comisión de Asuntos Políticos de las Fuerzas Armadas, presidida por el Brigadier Jorge Borad , por el mes de marzo elevó un proyecto con unas pautas constitucionales, que fueron devueltas por el Presidente de la dictadura Dr. Aparicio Méndez con un conjunto fuerte de rectificaciones. Borad lo acusó de «fracasado» y que respondía a su frustración como «político y como profesional». Desde el otro sector, el Tte. Gral. Queirolo, Comandante en Jefe del Ejército, anunció que habría elección pero con un candidato único de los partidos y manteniendo la proscripción de todos los dirigentes políticos, incluso el ex Presidente Pacheco, pese a que era Embajador.

Borad siguió adelante con su proyecto y convocó al Dr. Carlos Manini Ríos, colorado histórico, y al Dr. Héctor Paysée Reyes, nacionalista, para que formaran unos grupos representativos de sus colectividades con los que procurar algún entendimiento sobre el proyecto de reforma. La Comisión Colorada, de seis miembros, generó una gran expectativa y la prensa se hizo amplio eco de su oposición a las pautas, planteada en la Comaspo. De inmediato el Tte. Gral. Alvarez, dos años antes retirado del Comando del Ejército pero aspirante a la presidencia, saltó con una diatriba contra los políticos por sus «presiones» y «maniobras». El Comandante en Jefe Queirolo, a su vez, lanzó el exabrupto de que «a los ganadores no se les ponen condiciones» (sic), lo que contestó Enrique Tarigo en «El Día» con un artículo diciendo que no hay condiciones sino «presupuestos lógicos y necesarios» como «levantar las proscripciones que afectan a los hombres del Partido Colorado y contra los cuales no existe otra imputación que la de haber ocupado cargos electivos».

Lo cierto es que se elaboró un proyecto y tanto el Partido Colorado como el Partido Nacional nos pronunciamos mayoritariamente en contra. Lo hizo Tarigo en la primera edición de «Opinar» y lo hicimos nosotros en «El Día» en un artículo que titulamos «Hasta el 30 un No», señalando que considerábamos las disposiciones propuestas como «incompatibles con una concepción democrática del Estado y de la vida».

La propaganda oficialista dominaba los medios diciendo que la propuesta era el único modo de retornar a la institucionalidad y que el No era un salto al vacío, que cerraría todo horizonte de futuro. La Juventud del Partido Colorado, sin embargo, fue autorizada a realizar un acto en el Cine Cordón el 31 de octubre. Pocos días después lo hizo la juventud blanca. Poco más pudo hacerse en público, pero lo más resonante fue la polémica que en el Canal 4 sostuvieran los Dres. Tarigo y Pons Etcheverry, defendiendo el No, frente a los Dres. Bolentini y Viana Reyes, que sostenían la posición oficialista. La opinión pública asistió asombrada a un espectáculo inédito: la impugnación clara y fuerte a la dictadura, en boca de quienes hoy representaban a los partidos tradicionales, cuyos dirigentes seguían proscriptos. Arreciaron los ataques militares, se denunció un complot sedicioso en el Penal de Libertad y se generó todo el temor posible.

Nosotros trabajábamos desde la sombra. Unos recorriendo el interior, otros moviéndonos por todo Montevideo y Canelones, acompañados de una juventud que afloraba. Con todo, reinaba la incertidumbre. En la víspera del plebiscito, veníamos caminando con Maneco Flores Mora rumbo a «El Día y yo le expreso mis temores por el resultado. Acababa de ganar un plebiscito parecido Pinochet en Chile y la tradición mostraba siempre a las dictaduras venciendo, por buenas o malas maneras pero venciendo. «No te preocupes», me dice, «mañana sabremos si alguna vez merecimos el título de Suiza de América». Y así fue, porque en ese 30 de noviembre inolvidable, el pronunciamiento fue claro: 57,2%. Por el No, contra 42,8% por el Sí. Desde ya que la votación por el Sí no era pro dictadura sino mayoritariamente de gente que de buena fe pensaba que era un principio de salida, aunque fuera regular y que luego habría tiempo para seguir avanzando.

Nosotros pensamos siempre que se precisaba un solución clara, que no subordinara al gobierno democrático a la influencia militar de modo alguno, y esta no lo era.

Los mandos militares no esperaban el resultado. Debemos reconocer que no intentaron el fraude y que la Corte Electoral, con sus funcionarios de siempre, organizó el acto con honestidad e independencia. El malhumor del alvarismo, sin embargo, fue tremendo y las declaraciones estuvieran en consonancia. Las provocaciones arreciaron, pero no tuvieron otro remedio que abrir otra instancia de diálogo. Todo sería trabajoso, desde que, incluso, se sustituyó al Dr. Méndez, otro derrotado del plebiscito, por el propio Tte. Gral. Álvarez, quien pasó a ser el mayor obstáculo para la salida institucional.

Estos fueron los hechos. Primer paso de cuatro difíciles años de ir y venir, pero que, con la perspectiva que nos dan los 40 años que se cumplen estos días, podemos con orgullo decir que hubo en los partidos tradicionales una dirigencia notable, que desde la sombra logró doblegar a la dictadura y mostrarle que, pese a toda su propaganda y el alto nivel de consumo del momento, no era posible violar impunemente los grandes principios de nuestra República , grabados en el corazón de la ciudadanía.

Así como días pasados recordamos al Almirante Zorrilla por su solitaria resistencia al golpe de febrero de 1973, hoy lo hacemos -con la misma emoción- por otro enorme batllista, el Dr. Enrique Tarigo, hasta entonces un respetado abogado, profesor de Derecho Procesal, que asumió la representación política del Partido Colorado y marcó un hito de dignidad ciudadana.

 

Sanguinetti: Uruguay eligió seguir «la teoría de la libertad responsable» durante la pandemia.

Entrevista realizada por Concepción M. Moreno para la agencia EFE.
Montevideo, 24 nov (EFE).- Pese a sus casi 85 años, no quiere oír hablar de jubilación; madruga y hace deporte antes de atender sus tareas profesionales; y exhibe con pasión de coleccionista los libros y las obras de arte que atesoran él y «doña Marta», como suele referirse a su esposa, la historiadora Marta Canessa.
Elegantemente vestido y disculpándose por las semanas de retraso en conceder esta entrevista, el dos veces presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000) recibe a Efe en su casa-despacho de Montevideo para conversar ampliamente sobre su ‘no retirada’, la pandemia, la crisis regional y otros asuntos de su interés y conocimiento, como arte o literatura.
Hace un mes que dejó el escaño de senador obtenido en 2019, pero no está fuera de la política, ya que es secretario general del Partido Colorado -uno de los dos tradicionales del país- y sigue siendo figura referente -aunque no esté en la primera línea- del gobierno de coalición que preside el nacionalista Luis Lacalle Pou.
Afirma, sin que le tiemble la voz, que «la política es una administración de egos», que quienes trabajan en ese ámbito ejercen «de zurcidores y bomberos» y que, a su edad, él ya ha perdido «la humildad y la vanidad».
«Ya sé quién soy -ríe abiertamente-. Es el único modo de ser más o menos feliz. Yo no me puedo quejar de mi vida, quizá porque haya tenido un poquito de suerte, pero igual no me gustan los vanidosos, tampoco los que invocan la humildad. Que la gente sea como es: la virtud aristotélica, el término medio en todas las cosas», agrega.
AUTORITARISMO EN PANDEMIA
Aunque la pandemia de la covid-19 ha atravesado la vida de todo el mundo, él no se sitúa «en la tesis apocalíptica» de pensadores que vaticinan el fin de la democracia o del capitalismo.
«Lo que sí no hay duda es de que la pandemia ha acelerado tendencias que ya estaban, ha puesto en crisis debilidades que ya existían. Hoy, en un fenómeno global, encontramos que no hay gobernanza global. Esto no era nuevo, pero ahora se hizo groseramente evidente», argumenta.
Sin duda, dos aspectos que resalta el exmandatario al respecto son «la digitalización mayor de la riqueza, la producción y la comunicación, porque en seis meses nos saltamos seis años» y el establecimiento de «una gran centralidad del Estado».
«Como es una situación de emergencia, el estado asumió medidas extraordinarias; no un estado árbitro y conciliador, sino un estado dominante que ha asumido hasta el rol de manejar nuestros hábitos de comportamiento y nuestras vidas como nunca hubiéramos aceptado antes, salvo por el temor de una enfermedad», explica.
Sanguinetti resalta que «el ejercicio de estos poderes extraordinarios es también peligroso y riesgoso», ya que «la tentación autoritaria está», al tiempo que se congratula de que Uruguay eligiese seguir «la teoría de la libertad responsable» durante la pandemia.
CRISIS EN LATINOAMÉRICA
El abogado, periodista y escritor, que tiene una fina capacidad de analizar la actualidad con perspectiva histórica, señala que Latinoamérica «no es una isla que pueda escapar a la crisis» económica mundial y que la pandemia ha puesto de relieve algunos aspectos políticos en la región.
En su opinión, América Latina «ha ganado en institucionalidad» pero, al tiempo, «hay un gran debilitamiento de partidos en general» y «un cambio relativo en los pesos institucionales», ya que, a la desaparición del Ejército de la primera línea política, se suma «el ascenso relativo del poder judicial como árbitro de los conflictos».
El populismo y la crisis de representación son otros dos síntomas que sufre el mundo, argumenta, ya que, por un lado, «un líder que emana del voto ciudadano se erige luego no solo en jefe de gobierno y de Estado, sino líder de la nación más allá de las instituciones» y, por otro, hay un «mayor individualismo» desde el momento en que «un ciudadano que se considera representante de sí mismo escribe en Facebook y cree que con eso ya es parte del debate universal».
Durante su segundo mandato, en diciembre de 1995, Sanguinetti participó de la firma del acuerdo de cooperación entre el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Unión Europea (UE), primer paso del tratado que ahora busca ratificación y que permanece paralizado por las críticas a Brasil por cuestiones medioambientales.
«Personalmente entiendo que este reclamo se plantea de un modo exagerado. Podemos, sí, pactar condiciones de cuidado ambiental en las cuales estamos de acuerdo, pero tomar de rehén todo un acuerdo para exigirle a Brasil una cierta política no nos parece lo mejor. Tiene un cierto aroma a ‘lobby’ agrícola que busca un pretexto», argumenta.
OTRAS PASIONES
Fanático -y sufridor- del Peñarol, algo que, en su opinión, ha pasado a ser «un problema metafísico y existencial», confiesa que sigue «puntualmente» la Liga española, en la que triunfan futbolistas uruguayos como Luis Suárez (Atlético de Madrid) o Fede Valverde (Real Madrid).
«Lo que pasa es que la globalización está en el fútbol», considera Sanguinetti, quien agrega: «Acá seguimos produciendo jugadores de fútbol, pero es imposible retenerlos, porque es imposible pagarlos y es imposible abrirle las perspectivas que tienen».
Y tan apasionado como es del balompié, lo es de la historia y el arte. Aunque cree «imposible responder» a qué personaje de otro tiempo le hubiera gustado conocer, sueña en voz alta: «Todos hubiéramos querido ver a Miguel Ángel pintar la (Capilla) Sixtina arriba de un andamio y tirándole un tablón al papa porque no quería que lo mirara».
«El arte, por suerte, sigue siendo la mejor expresión de los seres humanos. En el arte nos reconciliamos todos. En el arte podemos imaginarnos y sentirnos superiores; por eso el arte es extraordinario», asevera.
Y, aunque destaca el Renacimiento como ese momento «insuperable» de la historia, saca pecho para hablar del ‘boom’ de la literatura latinoamericana de los años 60, con la publicación de obras como «Cien años de soledad», de Gabriel García Márquez; «La ciudad y los perros», de Mario Vargas Llosa; o «Sobre héroes y tumbas», de Ernesto Sábato. «Nuestro ‘siglo de las luces’ en diez años», resume. EFE
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Tiempos de vértigo

Por Julio María Sanguinetti (Correo de los viernes)

Que el vértigo de los acontecimientos no desvíe el rumbo. Es la única forma de llegar a buen puerto.

Vivimos tiempos veloces. El modo como se derrumbó el imperio socialista, luego de la caída del Muro de Berlín, fue el gran prólogo de este momento de la historia. Todo corre rápido y suele ser fugaz. Las redes son eso: frases sueltas, noticias ciertas o imaginarias, desahogos personales… pero todo a una velocidad en la que lo que hoy está al rojo vivo, mañana se desvaneció. Ni hablemos de la vida familiar y sentimental, que también transcurre en un parecido vértigo. Si el tiempo siempre fue importante, hoy lo es, entonces, un poco más, porque responde a una característica de esta época que nos ha tocado vivir. No se trata de juzgar sino de entender. Y por lo mismo, aun en los fenómenos políticos, no podemos ignorarlo. Para no desconocerlo pero tampoco caer en su trampa.

Miremos hacia la seguridad ciudadana. La tragedia que sufrimos como sociedad no se construyó en un día. Hubo tendencias de la sociedad que no se contrarrestaron a tiempo, como la difusión de la marihuana, y luego el auge de la droga se hizo prácticamente irreversible. O la política llevada adelante por el Frente Amplio, desde el día en que llegó al gobierno, asumiendo una superficialidad romántica que le llevó a liberar masivamente presos y rápidamente perder el control de una situación que se expandió como una marea. Así se saltó de 9 a 30 mil rapiñas al año. Hoy el delito es la expresión de un segmento de la sociedad muy amplio. ¿Puede reducirse rápidamente? Está claro que no y por eso no nos sumamos a esos debates repentinistas sobre bajas circunstanciales de algunos de los delitos.

El país tiene que sacudirse la plaga del narcotráfico internacional. Tenemos que salir de ese mapa siniestro. Es un gran objetivo. Debemos contrarrestar el avance generalizado del delito, acotarlo y comenzar un proceso de reversión que será largo y difícil, porque conlleva una acción de promoción social y educativa de aliento. Dicho de otro modo: si dentro de tres o cuatro años, el Ministro Larrañaga puede mostrar superación en ambas direcciones, será un éxito. Tenemos que asumir una mirada histórica y hacer el balance en el tiempo adecuado.

Ya sabemos que habrá quienes no aceptarán como positivo ningún resultado. Son los que hoy hacen campaña contra la Policía y quieran derogar las pocas herramientas jurídicas que la LUC le dio para mejorar sus posibilidades. Ya lo sabemos, porque su fracaso les nubla el juicio. Pero no nos dejemos atrapar por su machacona prédica y caer en juicios apresurados o ayudar a esos microclimas desasosegados que quieren crear. Ellos son los que están cayendo en la trampa del tiempo: no advierten que su fracaso está demasiado cerca, que fue un factor en su derrota y que, lejos de cuestionar a la Policía, la ciudadanía, con razón, quiere su éxito.

Esta reflexión de la necesidad de tiempo y perspectiva la extendemos a la situación económica. El mundo sufre una crisis enorme, de las mayores caídas de su historia contemporánea. Y nosotros estamos inmersos en ella. De esa situación universal se saldrá, pero no será algo instantáneo. Los economistas discurren sobre si la salida será en V o W, pero lo que está claro es que retornar al nivel prepandemia llevará su tiempo. No hablo como economista, que no lo soy, pero como político la experiencia lo dice. También nos recuerda que hoy lo peor sería enloquecernos, como propone el Frente Amplio, salir a repartir dinero demagógicamente, descontrolar las finanzas públicas y luego, cuando la marea suba, no estar en condiciones de aprovecharla y hundirnos por años (como ocurrió en Argentina). En la crisis de 2002 se hizo lo que había hacer y por eso, cuando el viento de los precios internacionales sopló a favor, dos años después, el Uruguay creció rápidamente. Nadie lo sabe mejor que el Frente Amplio, que justamente llegó al gobierno cuando ya el país estaba creciendo.

Hoy, las voces críticas del Frente Amplio tampoco parecen entender esta realidad. Cuando debieran saber que ganaron tres elecciones ayudados, primero por la crisis, que afectó al Partido Colorado, y luego por ese crecimiento que nos regaló el mercado internacional y pudimos aprovechar justamente por lo que habíamos hecho ante la crisis. Cuando se alejaron aquellos fabulosos precios, el país se estancó y el Frente Amplio perdió. Y nos dejó el presente griego de unos enormes déficit y dramáticos números de desocupación.

Si en 2002 el gobierno de Jorge Batlle le hubiera hecho caso al Fondo Monetario Internacional y al Frente Amplio -extraña coincidencia- habríamos declarado la suspensión de pago de la deuda externa (default) y todavía hoy nuestro país estaría sumergido en la desconfianza, como le ocurre infortunadamente a Argentina. Nuestro gobierno actuó con responsabilidad, salvó al país, el Partido pagó un severo precio político pero la honra histórica no nos la quita nadie. Hoy un gobierno de coalición enfrenta también una profundísima e inesperada crisis, inédita por sus características. Se está haciendo lo que hay que hacer y con eficacia se viene salvando la situación. También saltan voces reclamando el despilfarro y el gobierno, que no ha dejado de cumplir sus compromisos sociales con los más necesitados, pide prudencia para ir ordenando el país. Y poder subirse al tren del crecimiento cuando él reaparezca. De nuevo los tiempos, entonces, y la paciencia imprescindible.

Tengamos calma. Estamos en el camino. El gobierno está claro. La coalición viene funcionando. No hay duda de que este año y el que viene serán muy difíciles. Asumámoslo claramente. Pero si mantenemos el rumbo llegaremos a puerto. Atropellarse, allanarse al griterío, nos llevaría a un naufragio.

 

El Almirante y la Constitución

Por Julio María Sanguinetti (Diario EL PAÍS)
En este mes de noviembre hubiera cumplido cien años el Vicealmirante Juan José Zorrilla.
El Comandante en Jefe de la Armada que en febrero de 1973, cuando se inicia el golpe de Estado, se enfrentó a sus colegas del Ejército y la Fuerza Aérea y bloqueó la Ciudad Vieja en apoyo al Presidente y la institucionalidad.
Justo es evocar con respeto y admiración la figura de este militar que salvó la dignidad de la institución y necesario, al mismo tiempo, recordar esos hechos tan reveladores, que a la distancia suelen desdibujarse para exonerar responsabilidades o inventar falsos heroísmos.
El hecho es que aquel “febrero amargo”, como lo titulara para siempre el legendario político batllista Amílcar Vasconcellos (exministro de Hacienda y por entonces Senador), marca la irrupción de hecho de la fuerza militar en el gobierno. Es la primera vez que la atónita ciudadanía ve salir los tanques a la calle. Los acontecimientos venían de tiempo atrás y ya la prisión de Jorge Batlle, en octubre del año anterior, había mostrado hasta qué punto las Fuerzas Armadas habían asumido un rol político protagónico, con mandos que, embriagados por el éxito en el combate a los tupamaros, inocultablemente irrumpían como un poder.
Los hechos se desencadenaron a gran velocidad. El 1° de febrero, el Dr. Vasconcellos lee por Radio Carve una dura carta, denunciando el complot golpista que se gestaba. La contesta el presidente Bordaberry diciendo que “no será con su consentimiento que el país se apartará de su tradición democrática”. Los mandos militares, insatisfechos con esa respuesta presidencial, el día 7 lanzan una virulenta declaración en contra de Vasconcellos, anunciando ya lo que será su doctrina: la sedición tupamara está controlada, pero la “subversión” subsiste, afectando “la seguridad nacional”. El Vicealmirante Zorrilla se niega a firmar el documento.
El 8 de febrero, el presidente Bordaberry designa entonces un nuevo Ministro de Defensa, el General Antonio Francese, viejo y prestigioso militar, de clara raigambre democrática, que ya había ocupado esa cartera con Gestido y Pacheco. El día 8, los generales del Ejército se sublevan, no aceptan a un Ministro que no acompaña su desborde, salen a la calle y copan los canales de televisión. En la madrugada del viernes 9 de febrero, la Armada bloquea la Ciudad Vieja con barricadas, que levanta con ómnibus y vehículos requisados. Los Fusileros Navales están a cargo y los barcos de guerra se suman a la resistencia. El Comandante Zorrilla le anuncia al Presidente que está a sus órdenes y que dispone de la Ciudad Vieja como escenario posible de resistencia, para poder negociar en mejor posición con los sublevados.
Esa misma noche del 9 de febrero, el Frente Amplio y el propio General Seregni reclaman la renuncia del Presidente y proclaman la “interacción fecunda entre pueblo, gobierno y Fuerzas Armadas, para comenzar la reconstrucción de la patria en decadencia”. Los voceros frentistas, diarios y dirigentes, proclaman que “no es el dilema entre poder civil y poder militar, que la división es entre oligarquía y pueblo y que en este caben todos los militares patriotas”. Los mandos militares emiten su Comunicado N° 4, anunciando oficialmente su voluntad de participar activamente en los asuntos públicos. Coincidiendo con los pronunciamientos frentistas, los militares insisten que “está superada la época de ser el brazo armado de intereses económicos y políticos”. Al día siguiente emitirán otro Comunicado, el N° 7, complementando la doctrina expuesta.
La Convención Nacional del Partido Colorado se reúne y proclama su lealtad institucional. Esa mañana, una delegación de la CNT parlamenta con los mandos militares y especialmente con el Coronel Néstor Bolentini, a cargo del Ministerio del Interior.
Hasta la mañana del día 12 se vivirá una intensa pulseada.
Finalmente, el Presidente pacta con los sublevados y el Comandante Zorrilla, en nombre de la paz, renuncia a su mando “agotados todos los esfuerzos normales en pro de la legalidad”. Su carta de renuncia, plena de dignidad y “lealtad al orden constitucional, orgullo y fuerza de nuestra República”, termina diciendo: “Espero que cada uno de los actores de estos sucesos asuma su responsabilidad ante la historia”.
Los pronunciamientos de las fuerzas de izquierda continúan inequívocos en favor del golpe. El 22 de febrero la CNT convoca a una movilización: “La única alternativa: oligarquía por un lado, civiles y militares por el otro”. El Partido Comunista apoya los comunicados militares, por contener “proposiciones de cambios que abarcan muchos de los problemas esenciales del país y cuya puesta en práctica abrirá perspectivas promisorias para sacarlo de la crisis”. Juan Pablo Terra, líder demócrata-cristiano, dice que “los comunicados 4 y 7 han abierto una esperanza”. Solo la solitaria voz del Dr. Carlos Quijano, en Marcha, condena la irrupción militar. Pasados aquellos dramáticos días, todavía la CNT seguía aspirando a sumarse a un nuevo gobierno, a partir de la renuncia del Presidente y sobre la base de “que hemos valorado los Comunicados 4 y 7 de las Fuerzas Armadas, donde se percibe la intención de llevar adelante algunos puntos reivindicativos coincidentes con los de nuestro programa”.
A partir de ese momento, la situación de facto está instalada. Culminará el 27 de junio con el cierre del Parlamento. Allí predominará la línea dura militar y drásticamente terminarán con el sueño frentista de incorporarse a un gobierno cívico-militar. La posterior persecución de comunistas y otras fuerzas de izquierda por la dictadura ocultarán con un velo su claudicación inicial. Pero ella fue inequívoca y podríamos llenar páginas con los testimonios de dirigentes frentistas y sus voceros periodísticos, aceptando la subordinación de la institucionalidad a las fuerzas militares.
Como en los medios y aun en las aulas se insiste en la “historia reciente” y se disfraza el comienzo del golpe y la actitud de cada cual, imprescindible es esta evocación, como simple homenaje a la verdad. Del mismo modo que, como un mensaje de dignidad, recordemos la actitud de este marino sencillo y demócrata, convencido batllista, que nos acompañará en las elecciones internas de 1982 (donde fue preso), luego en las elecciones de 1984 y ocupará el Senado de la República desde febrero de 1985.
Su último acto como militar fue su renuncia. Un vez que la envió, se despidió de sus colaboradores en el Comando de la Armada. Tomó un pequeño libro de su escritorio y les dijo: “Este me lo llevo de recuerdo porque ya no lo van a precisar”. Era la Constitución de la República.

Sanguinetti: “Sería útil que hubiera un ámbito de diálogo” entre todos los partidos de la coalición

Julio María Sanguinetti, expresidente, secretario general del Partido Colorado.

El dos veces presidente de la República fue uno de los primeros en proponer la creación de una coalición de partidos opositores al Frente Amplio (FA) y hoy se muestra satisfecho con el resultado. De todas maneras, entiende que sería bueno conformar un espacio de diálogo donde participen los cinco miembros del bloque oficialista. Luego de su reciente despedida del Senado –que no sabe si será la última-, se abocará a mantener un clima de cooperación dentro del Partido Colorado (PC) y a tener un rol activo en la coalición de gobierno.

Por Magdalena Raffo (CRÓNICAS).

-Usted fue uno de los primeros dirigentes políticos en plantear la conformación de una coalición de partidos opositores al FA, que finalmente se concretó y que hoy gobierna. ¿Está satisfecho con el resultado?

-La coalición era un planteo imprescindible si buscábamos una alternativa al gobierno del FA. Nosotros lo planteamos en mayo del 2018 a Lacalle y Larrañaga, y a partir de allí tratamos de contribuir a generar una conciencia sobre el tema. El resultado electoral fue exitoso y el del gobierno, hasta hoy, también, o sea que creemos que fue un cambio necesario en la vida del país.

-“Hoy no hay un ámbito de coalición de gobierno donde podamos sentarnos todos los socios”, aseguró a CRÓNICAS el senador de Cabildo Abierto (CA), Guido Manini Ríos. ¿Sería necesario crearlo?

-La posibilidad de que hubiera un ámbito de diálogo la planteé en febrero, antes de que se instalara el Dr. Lacalle. Me parecía que era un mecanismo útil. Hasta el momento venimos funcionando sobre la base de la articulación a nivel ministerial, a nivel parlamentario y con entrevistas personales. Creo que sería útil que hubiera un ámbito de esa naturaleza.

-¿Le preocupan las diferencias que se han hecho públicas en la interna de la coalición?

-Me voy a preocupar mucho el día que no haya diferencias, porque cuando hay unanimidad es porque nadie está pensando. En la medida que haya gente que piense y tenga inquietudes, siempre va a haber diferencias; el tema es no perder de vista el objetivo central y no contradecirnos a nosotros mismos en el planteo general. Lo otro es la inevitable y deseable diversidad democrática.

-¿Qué piensa de que CA no haya asistido al homenaje en el Parlamento por los 100 años del Partido Comunista?

-Son actitudes personales que cada uno asume. El Poder Legislativo hizo un acto al que le llamó “homenaje” y eso le dio una connotación discutible. Yo le hubiera puesto “conmemoración” y simplemente hubiéramos recordado los 100 años de un partido y su sobrevivencia, porque siempre ha habido un conjunto de gente que lo ha votado.

Ideológicamente, es una curiosidad hoy a nivel mundial, porque ya los partidos comunistas que se siguen llamando a sí mismos así son muy pocos en el mundo occidental. Pero no tiene nada de extravagante celebrar eso, como celebramos a veces los aniversarios de nuestros partidos tradicionales, o podrían mañana celebrarse los 110 años del Partido Socialista.

-En declaraciones a Radio Carve, usted fue crítico con la actuación del gobierno durante las elecciones departamentales, por el nombramiento del excandidato blanco a intendente de Salto, Carlos Albisu, como presidente de la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande. ¿La coalición se tendría que haber manejado de otra forma?

-Nuestra idea de la elección municipal era intentar hacer el mismo acuerdo en Montevideo, en Canelones y en el litoral. Desgraciadamente, no cuajó la idea y eso hizo que, aunque las fuerzas de la coalición podían haber ganado en Salto, no fuera así. Fue un error que cometió el Partido Nacional (PN) específicamente y sus consecuencias están a la vista.

-¿Por qué no cuajó esa idea en lo departamental, si se pudo hacer a nivel nacional?

-Porque a veces pesan más los intereses locales que los nacionales, porque hay gente que observa las cosas desde una mirada estrecha, o sea, ve el árbol desde la puerta de su casa y no ve el bosque más general. Nosotros hicimos lo que creímos del caso, pero ya es historia. Lo único que uno espera es que la lección se aprenda.

-¿Los resultados de las elecciones departamentales podrían haber sido mejores, entonces?

-Los resultados fueron, en términos generales, los más o menos esperables. En Rivera teníamos una muy buena chance que se concretó, en Salto teníamos una expectativa muy razonable que se frustró, y en el resto ocurrió lo que sucede normalmente, que es un cierto balotaje anticipado en mucha gente.

En algunos lugares hubo grupos colorados que más allá de la decisión del partido de postular a determinadas personas, hicieron acuerdos con candidatos blancos para tener opciones. Está claro que hubo lugares donde si no hubiera existido ese aporte colorado, el candidato nacionalista no habría ganado, por ejemplo, Rocha y Río Negro.

-¿Cómo vivió su reciente despedida del Senado junto con el también expresidente, José Mujica?

-Desde antes de la elección había planteado la idea de no estar mucho en el Senado, de modo que para mí era un trámite esperado. Se dio la circunstancia casual de que mi colega Mujica anunció que también se iba antes del Presupuesto, y se terminó haciendo un acto que inspiró la señora vicepresidenta (Beatriz Argimón) y que pretendió ser –y creo que lo fue- una ritualidad republicana, de valor pedagógico.

A la gente hay que mostrarle que la democracia es eso: constante debate, incluso apasionado, pero también espacios civilizados de concordia y respeto. Tuvo una gran repercusión en Uruguay y en países vecinos, especialmente en Argentina, desde el ángulo de la convivencia republicana en la diversidad. Se dio la casualidad, a su vez, de que éramos los dos muy paradigmáticos de nuestros propios orígenes.

-¿Esa fue su despedida definitiva del Parlamento?

-En la vida nunca hay que decir que nada es definitivo; salvo la muerte, todo lo demás siempre es transitorio. Pero no es mi vocación. Fui obligado a ser candidato en la última elección y adelanté que me iba a ir, cosa que me criticó más de un correligionario. Era una presencia simbólica porque no tenía vocación legislativa, ya es una etapa que está en el pasado.

-¿Qué rol va a jugar de cara al futuro dentro del PC?

-Estoy en la Secretaría General del partido por tercera vez en mi vida. Siento la responsabilidad de mantener una actividad institucional relevante, un clima de colaboración dentro del partido y, por lo tanto, tener un rol activo en el funcionamiento de la coalición de gobierno.

Al mismo tiempo, nunca dejé de hacer periodismo. Había dejado El País de acá, La Nación de Buenos Aires, y volví a los dos; no retorné a otros escenarios porque no se me ha dado. Mi tarea está por allí: periodismo, difusión de ideas, debate doctrinario y vida partidaria.

-¿Cómo quedó el PC después de la salida del excanciller Ernesto Talvi, que era uno de sus líderes?

-Fue un accidente político de los que desgraciadamente a veces ocurren en la vida política, pero el partido representa una tendencia histórica consustanciada con un modo de pensar y vivir que está más allá de las personas.

El PC es el republicanismo laico, es una concepción social democrática liberal del Estado, de seguridad social de promoción personal, de una política exterior activamente democrática, y esas características lo han perfilado siempre. De ahí han nacido matices a lo largo de la historia con el PN y, aunque hoy nos puedan unir los principios filosóficos de la democracia liberal, seguimos teniendo sensibilidades distintas frente a diversos temas.

“Sin claros liderazgos a la vista, es natural que se plantee la posibilidad del retorno de Talvi”, afirmó a CRÓNICAS el dirigente de Ciudadanos y ministro de Ambiente, Adrián Peña. ¿Ve posible su regreso a la política?

-Tengo que tomar en serio las declaraciones de Talvi.

-¿Sería positivo para el PC que eso sucediera?

-Tengo que atenerme a los hechos, que dicen que él decidió abandonar la vida política por considerar que no era lo suyo y tengo que respetar esa decisión.

-¿Usted se ve liderando el sector Batllistas en el futuro?

-Una cosa son liderazgos y otra cosa son candidaturas. En Uruguay no hemos terminado una elección y ya estamos pensando en quién puede ser candidato, pero basta mirar la historia reciente para advertir que la vida política corre muy rápido, más que nunca.

¿Quién era hace un año y medio Manini? Un mando militar. ¿Quién era Novick en aquel momento? Una estrella. ¿Quién era Sartori poco después? Otra estrella nueva en el firmamento. ¿Quién era Talvi hace tres meses? El ministro más popular. ¿Quién era Salinas? Un médico conocido solo en su medio. Esto le está mostrando cómo la vida política genera ascensos y descensos rápidos, de modo que hoy estar pensando en candidatos es un error.

A partir de allí, los liderazgos son, normalmente, colectivos. Hay momentos en los cuales son más personales, otros menos, y cada uno los va ejerciendo a su manera, según las circunstancias. El PC hoy tiene un liderazgo institucional y luego, con el correr del gobierno, irán emergiendo nuevamente los liderazgos políticos que tienen que organizarse con vistas a las candidaturas y al futuro.

-¿Cree que su hijo Julio Luis tiene proyección a futuro?

-Estoy mil por mil en contra de mencionar a nadie y de hablar de las posibilidades de nadie.

-¿Cómo ve el papel que están jugando los sindicatos en este contexto, donde han salido a reivindicar derechos en el marco de la ley de urgente consideración (LUC) o la discusión presupuestal?

-Los sindicatos se están equivocando en salir con ese referéndum en rechazo a la LUC. Es una ley popular que los pone en frente y en contra de la policía y del orden público, para empezar, lo cual me parece que no los instala en lo que son las necesidades de la gente, especialmente de los trabajadores, que son los primeros que precisan orden público. Y la LUC es fundamentalmente eso, es darle posibilidades de mejor acción a la fuerza pública.

-¿Está bien encaminado el gobierno en materia de seguridad?

-El ministro Larrañaga es responsable, jugado; no es escapista, como hemos sufrido en los últimos años; no se esconde ante las realidades. Cuando tiene que reconocer algún error de sus funcionarios lo hace, cuando tiene que defenderlos, también.

La policía hoy tiene una actitud y un talante de activa presencia en la lucha contra el delito. Fueron muy buenas las propuestas que se plantearon en la ley, para darle a la policía herramientas legales y un ánimo imprescindible para el enfrentamiento de un delito que en Uruguay, en los últimos años, ha cambiado su naturaleza, porque es un delito más cruel, vinculado al narcotráfico internacional, diferente al tradicional –si cabe la palabra-.

-El FA ha advertido que dada la incertidumbre económica actual, las proyecciones en el Presupuesto Nacional no son realistas. ¿Qué piensa usted al respecto?

-El FA por un lado dice que hay que gastar más, que el Presupuesto es magro, que hay que gastar el doble o el triple, y por otro lado dice que las proyecciones son demasiado optimistas, y que en consecuencia vamos a tener menos dinero. Es ininteligible, nadie puede entender esa actitud.

-Pero ¿cree que son realistas esas proyecciones?

-Yo no soy economista. Como político le digo que visualizo un par de años muy malos en el mundo y nosotros no somos una isla en él. Tenemos por delante dos años duros, difíciles. Confiamos en que, pasada esta situación y superadas sus mayores repercusiones económicas y sociales, el mundo se reencamine en un clima de crecimiento y que nosotros estemos preparados para subirnos a él. Es decir, si ahora hacemos insensateces, en el momento en que esto se revierta, nos vamos a quedar en el andén y el ferrocarril va a pasar.

Tenemos que hacer lo necesario para estar prontos cuando se empiece a reactivar la economía, y no descontrolarla de un modo tal que en ese momento no seamos creíbles para la inversión. Solo vamos a poder revertir la situación de desempleo si el país vuelve a crecer, y para que crezca tiene que haber inversión, tanto extranjera como local.

-El pasado lunes, el Comité Ejecutivo Nacional del PC recibió un informe del vicepresidente de AFE, Gustavo Osta, donde alertó por las demoras de la obra del Ferrocarril Central. ¿Preocupa esta situación?

-Estamos todos preocupados por eso. UPM hizo una de las inversiones más grandes en la historia del país. Como pioneros en la política forestal, que a partir de 1985 generó todo este desarrollo, deseamos que todo lo vinculado a eso logre los mayores de los éxitos.

Hemos cuestionado el modo en el que se negoció el contrato, pero el mismo es del Estado y por ende hay que cumplirlo. Lamentablemente, ha habido un error técnico, porque la consultora que realizó el estudio preliminar imaginó que debían hacerse 200 expropiaciones, pero son 1.000 las necesarias. De ahí la demora.

-¿Eso lo contrató UPM?

-No, UPM recomendó a una empresa finlandesa y el Estado la contrató, por lo cual el que asumió la responsabilidad del contrato fue el Estado.


-¿Afecta a Uruguay la elección de Estados Unidos, con Biden presidente?

-Hay que mirar en términos mundiales. El presidente Trump era un típico mandatario populista, ubicado más allá de la institucionalidad, apelando a las emociones y a los prejuicios de la gente, no ateniéndose a los códigos internacionales de respeto a la soberanía y a los comportamientos internos de la vida política de cada país.

En ese sentido, no tengo dudas de que el presidente electo va a representar un retorno a la normalidad en los relacionamientos políticos. Uno desea que esto nos permita tener una competencia Estados Unidos-China razonablemente llevada dentro de los términos de un comercio libre.

El Partido Republicano históricamente ha sido mucho más afín a la libertad económica y comercial que el Partido Demócrata. Siempre hemos dicho que con este último teníamos más coincidencias políticas y menos coincidencias comerciales, y a la inversa con los republicanos. Sin embargo, Trump fue una anomalía, porque es un republicano proteccionista, y de un modo primitivo, disruptivo, sin mucha maduración previa.

Por lo tanto, uno piensa que Estados Unidos puede llegar a transitar a una situación de mayor estabilidad y seguridad, sin la inestabilidad producto de los arrebatos de un presidente muy atenido al Twitter.

Más allá del ruido, no es que Trump haya cambiado las esencias de los Estados Unidos, porque él era populista, pero el sistema no lo es, porque la institucionalidad norteamericana es muy fuerte –el Parlamento, la Justicia, las Fuerzas Armadas, los medios de comunicación-. Entonces, el populismo de Trump llegó hasta donde llega hoy, que es a este triste espectáculo de estar impugnando la elección.