Dialogando con Caetano

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Días pasados, Gerardo Caetano, respetado historiador que, aunque poco nos frecuentamos últimamente, considero un amigo, ofreció un largo y sustantivo reportaje en “Brecha” en que, desde una visión frenteamplista, aparecen dos grandes escenarios: por un lado, el de la democracia en América Latina, asediada por un militarismo renaciente; y por el otro, el de la actual coalición de gobierno, amenazada por un “núcleo duro del Partido Nacional” cuyo “proyecto” es terminar con el Uruguay batllista.

Lo primero da para mucho, especialmente cuando se observan los gobiernos autoritarios de izquierda, Nicaragua y Venezuela, donde las Fuerzas Armadas son el sustento del régimen y socios en la estructura corrupta del poder. Baste este subrayado, a cuenta de debates más profundos, para dejar en claro que el militarismo latinoamericano, otrora herméticamente de derecha, en estos días también transita por la otra vereda. Sin que se les mueva un pelo a nuestros pensantes “progresistas”, que todavía se alinean con esas dictaduras o, por lo menos, les tributan explicaciones que terminan siendo justificaciones.

En lo que hace al Uruguay, su tesis básica es que estamos ante la amenaza de “terminar con el Uruguay batllista”.

De ese Uruguay batllista, ya el Frente Amplio debilitó principios sustantivos, pese a que -cuando conviene- se asume el rol de auténtico continuador de su obra. Para empezar, si algo caracterizó al Batllismo fue, dentro de la tradición liberal del Partido Colorado, amalgamar a la sociedad, desarrollar el valor del voto como herramienta, fortalecer esos sectores medios de población, que nutridos por la inmigración pobre que venía de Europa y el Medio Oriente, debían incorporarse -y se incorporaron- a un proyecto de ciudadanía nacional. Desgraciadamente, el Frente Amplio ha resucitado, a veces explícitamente en el sindicalismo o tácitamente en actores políticos, el espíritu de la lucha de clases. La pobreza dejaba de ser una situación triste a superar sino una virtud, monopolista de la nobleza de espíritu, que se enfrentaba al egoísmo de quienes habían alcanzado mejores niveles de vida. Ese sentimiento ha envenenado la convivencia social propia de una democracia y ello se vive en los más diversos ámbitos, desde el cultural hasta el de las oficinas.

La laicidad ha sido otro elemento raigal del Batllismo. El Frente Amplio hace rato que abandonó esa causa, en todas sus dimensiones. En el terreno de la tan llevada y traída “agenda de derechos” no puede olvidarse que, en su tiempo, quien vetó una ley de despenalización del aborto fue el gobierno frenteamplista del Dr. Vázquez, asumiendo así una fuerte dualidad, que postergó varios años lo que ya se caía de maduro y veníamos sosteniendo desde ya lejanos tiempos. Ese mismo gobierno toleró, en el terreno de los simbolismos básicos, que un Comandante del Ejército, uniformado, asistiera a una misa convocada para tributar homenaje a la institución militar, aparte de otros episodios análogos, luego de un siglo de pacífica neutralidad religiosa.

En un plano más amplio del principio de laicidad, el Frente Amplio ha arramplado con la neutralidad de los espacios del Estado. La laicidad en la educación ya no corre. Un grupo de treinta Inspectores de Secundaria, invocando su jerarquía, salen pública y colectivamente, en medio la elección, a proclamar su apoyo al candidato del Frente Amplio y se les defiende. Como también ocurre ahora con los profesores que hace pocos días portaban tapabocas con una proclama contra la ley de urgente consideración y eso se considera “libertad de expresión”.

También el Frente Amplio ha sido muy distante de la política exterior del Batllismo, implacable con los dictadores, que cuando revistan en los cuadros “progresistas” han sido bendecidos inexplicablemente, como en el caso de Venezuela.

Estas y muchas cosas más, distancian fundamentalmente al Frente Amplio del Batllismo, pero imaginar que ahora hay un proyecto para “terminar” con el Uruguay batlista, es una afirmación que mueve a réplica a quienes integramos la coalición, con un espíritu de civismo democrático en que no cedemos la derecha.

¿Se está proponiendo la privatización de la Ancap, que debilitó y desprestigió la administración frentista? ¿Se está proponiendo vender Antel, que la mayoría batllista preservó para el Estado en histórico plebiscito? ¿Se está procurando debilitar la UTE, que soporta las increíbles cargas del frustrado proyecto de Gas Sayago? Nada de esto hoy está en juego. Lo que sí está es mejorar esas empresas, modernizarlas, ponerlas en competencia para beneficio colectivo, como se hizo en su momento con los seguros o la telefonía celular. Eso es preservar el legado batllista y no destruirlo.

En materia social, quien construyó el sistema de seguridad social fue el Batllismo. ¿Y quién lo salvó sino el Batllismo con la reforma jubilatoria de 1996? ¿Quien lo ha puesto en riesgo sino el Frente Amplio con una ley de 2008, totalmente errada en sus fundamentos, que ha llevado al sistema a la necesidad actual de una nueva reconstitución? ¿No existen hoy más asentamiento irregulares y gente en situación de calle, como nunca, tal cual por escrito lo estableció el Ing. Martínez, entonces Intendente capitalino, al reclamarle respuesta al Presidente Vázquez?

Podríamos seguir con este orden de razonamiento para mostrar que lejos de una amenaza, hoy estamos rescatando los valores esenciales de ese Estado Benefactor que construyó el Batllismo para adaptarlo a los tiempos que corren. Y que lo hacemos en una coalición con el Partido Nacional y otros partidos que coinciden en este rumbo.

En el terreno del pensamiento, el profesor Caetano presume que, personalmente, somos más colorados que batllistas y que por eso hemos reivindicado a Rodó y constantemente a Rivera y a Flores. Jamás sostuve que era algo más que de lo otro. A la inversa, soy profundamente batllista y en la misma dimensión colorado, porque sé muy bien -y nadie puede históricamente demostrar otra cosa- que el Batllismo solo podía haber nacido, y hacer su obra, adentro del histórico Partido Colorado. Por supuesto que además de constantemente explicar a Don Pepe, reivindicamos a Rivera y a Flores, porque viven cuestionados por lecturas tramposas de la historia, que ignoran que sin ellos no habría independencia y que sin su talante liberal y conciliador, difícilmente se hubiera podido constituir aquel precario Estado que les tocó conducir.

En cuanto a Rodó, por cierto que hemos exaltado su condición de brillante legislador colorado. Y no se puede ubicarlo en un panteón de “profundo antibatllismo”, porque no es así. Pensemos que acompañó la segunda candidatura de Don Pepe, después incluso de su polémica sobre liberalismo y jacobinismo y que, como legislador, tuvo participación en la legislación social impulsada por Don Pepe. De su discurso sobre la ley de accidentes de trabajo extraemos esta definición que lo dice todo: “El principio individualista que estuvo tan en boga en los albores del siglo XIX se bate en retirada ante otro que condice mejor con los sentimientos e ideas de la moderna civilización: el principio de solidaridad”. Que en cierto momento se enfrentó a Don Pepe, por cierto y como tantos, pero no por ello abandonó su histórica pertenencia. Sería ridículo que el Partido Colorado despreciara al intelectual de mayor relevancia manteniendo viva la difícil “interna” que Don Pepe siempre tuvo.

Naturalmente, un partido no es una cátedra universitaria. Pesa la realidad, pesan los liderazgos, pesan las circunstancias históricas. En nuestro partido la esencia de principios y la definición ética sigue siendo la histórica. Hoy estamos en una coalición “multicolor” que encabeza un Presidente nacionalista. Por supuesto que en el tradicional adversario hay versiones extremas de un liberalismo conservador y hasta clerical que choca con el Batllismo. Pero ni en el Presidente ni en sus propuestas está la extinción del Uruguay republicano, laico y solidario. Todo lo contrario. Lo ha demostrado en este tiempo de pandemia en que se puso todo el peso del Estado al servicio de los más necesitados. Razón por la cual le decimos al amigo profesor: esté tranquilo, que no nos sentimos amenazados y que de las bases del Uruguay batllista nos ocupamos nosotros. Sin distraernos.