La intolerancia de los anti-intolerantes

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

Avasallar derechos en nombre de esos mismos derechos, conduce a la degradación de la causa que se afirma defender y, al final, de la libertad, entronizando el oscuro universo del autoritarismo inquisidor.

El mundo entero vive, en los últimos años, extraños debates, confusiones de principios, razonamientos antihistóricos y fanatismos que han instalado una verdadera dictadura de lo que es “políticamente correcto” . Es “la derrota del pensamiento”, como titula Alain Finkielkraut un ensayo ya clásico que hace años planteó la dificultad, casi imposibilidad, de discutir ciertos temas con racionalidad.

Esto ha pasado en Europa con la “islamofobia”, que se instaló como arma arrojadiza para cualquiera que intente denunciar la atroz situación de la mujer en el mundo árabe, la naturaleza terrorista del gobierno de Gaza o cosas tan evidentes como que el día es día y la noche es noche. Quien lo intente será acusado de “sionista”, “islamófobo” y “racista”. En el fondo se trata de un rechazo, un intento de demolición de los valores de la civilización occidental. Hasta el escritor Pascal Bruckner fue llevado a juicio por dos organizaciones a las que acusó, con razones, de alentar atentados como los que ocurrieron en París en enero de 2015.

De ese modo muchas buenas causas son confiscadas por minorías intolerantes, que pasan luego a ser dictaduras del pensamiento.

El tristísimo episodio de George Floyd, un muchacho negro asesinado por un policía que lo asfixió en un procedimiento abusivo, ha dado lugar ahora a una ola descontrolada de intolerancia que, en nombre del más que legitimo antirracismo practica, a la inversa, un estricto racismo. Podrá decirse que el Presidente Trump pudo haber manejado la situación con poco tacto, pero que esto termine en atentados contra monumentos a Colón o, en Inglaterrra, a Churchill, es degradar la causa hasta lo intolerable.

Deshonrar la estatua de Winston Churchill en nombre del antirracismo es algo tan imbécil que cuesta tener que razonar a ese respecto. El gran campeón de la libertad, el conductor de la victoria ante el movimiento racista más peligroso de la historia, es apostrofado por algunas ideas conservadoras (nunca racistas) que sostuvo en ejercicio de la libertad democrática por la que luchó toda su vida.

Cuando se agrede el monumento a Colón en nombre del antirracismo antiimperialista, se incurre, si tomamos en serio el tema, en un anacronismo histórico rotundo. No puede aplicarse a episodios de hace 500 años, la lógica política e ideológica de hoy.

El Renacimiento en Occidente había alcanzado niveles tecnológicos en la navegación que le permitían a las potencias europeas de la época salir a conocer -y eventualmente ocupar- un mundo que les era desconocido. Por supuesto que esto llevó a un dramático choque de civilizaciones, como había ocurrido antes en Europa y la propia América, entre los mismos pueblos indígenas. Era tan dramático como inevitable, porque si no era España, sería Portugal, o Inglaterra, u Holanda. De ese choque somos hijos, de esa amalgama mestiza nació nuestra América Latina. Y si hablamos y pensamos en castellano es porque se impuso, como siempre en la historia, aquella civilización más avanzada científica y tecnológicamente.

Como se advierte, de este modo llegamos a la negación de nuestros propios valores, a la renuncia a ser lo que lo somos. Es lo que pasa entre nosotros con el “charruismo” -como decía Daniel Vidart- que genera una suerte de complejo de culpa sobre todos nuestros próceres, hijos de una sociedad hispano-criolla, con la especial y calumniosa referencia al primer Presidente Constitucional de la República, el General Fructuoso Rivera.

En Estados Unidos, una cadena de “streaming” borró estos días de su lista la histórica película “Lo que el viento se llevó” porque, supuestamente, promueve prejuicios racistas. Imaginar una censura de esa naturaleza para creaciones serias es totalitario. Atribuir además intenciones racistas es tonto, porque la película recoge los valores de un tiempo histórico de los EE.UU. Y eso no se puede borrar. Al revés, servirá de comprobación, por contraste, de los avances alcanzados hoy por la sociedad en el camino de la tolerancia e igualdad.

No es muy distinto lo que pasa con el feminismo, que en el mundo occidental ha triunfado en el reconocimiento de la igualdad de los sexos y sin embargo promueve en su nombre exageraciones que atentan contra la libertad de los demás. En un país como el nuestro, donde la Justicia y los egresos universitarios son mayoritariamente femeninos, querer imponer -por ejemplo- el “lenguaje inclusivo” en los ámbitos educativos es un retroceso cultural. Lo que sí hay que hacer es seguir predicando la convivencia, tratar de que el feminicidio (como el abuso a menores) sean erradicados de la mentalidad humana; incluso batallar porque en el ámbito laboral no se produzcan discriminaciones. Pero agredir al que piensa distinto, solo es degradar los valores proclamados.

El tema es amplio y profundo. Da para mucho más. Pero es la hora de decir en voz clara que insultando a Curchilll o cortándole la cabeza a Colón, no se logrará más igualdad entre los seres humanos y más libertad para la sociedad. Más bien, al revés: nos iremos hundiendo en el mundo sombrío de los inquisidores de todos los tiempos.