Reflexiones post-pandemia

Por Julio María Sanguinetti (CORREO DE LOS VIERNES)

A esta altura, parecería que nuestro país ya pasó el momento de riesgo con el coronavirus. Conjurado el último foco fronterizo, queda el doble desafío de shoppings y aulas, pero se encara con optimismo dado lo alcanzado hasta ahora. De todo esto, a modo de balance, se dan ya varias conclusiones.

Está claro que la ingobernabilidad de la globalización -de la que hemos hablado- se ha ratificado de modo rotundo. Cada uno hizo lo que quiso, empezando por las grandes potencias. Y lo mismo ha pasado en nuestro barrio, cuya peligrosidad sigue latente y nos abre enormes dudas sobre el futuro. ¿Cómo encaramos la vida del Mercosur con estos gobiernos de Brasil y Argentina, que difieren tanto en todo salvo en actuar sorpresiva y hasta arbitrariamente?

Esta es una perspectiva crucial para nuestra exportación, que es el motor de arranque de nuestra economía y precisa más espacio en un mercado mundial recesivo. Si la variante del empleo adquiere hoy rol protagónico, por ahí atraviesan decisiones fundamentales.

En el manejo de la pandemia en sí, nuestro país ha salido exitosamente y por ello mismo hemos de cuidar celosamente esa situación. Está claro que los países que demoraron en tormar medidas o negaron la magnitud del problema, como EE.UU. o Brasil, son quienes -justamente- lo agrandaron. Y por ello han pagado un enorme tributo.

En Argentina hoy se da un rebrote muy fuerte en el área metropolitana de Buenos Aires, no así en el resto del país. Los asentamientos informales han resultado explosivos en la capital y en la provincia y en esta comparación es muy importante lo que ha pasado entre nosotros. Todos temíamos que en esos lugares más carenciados, sin viviendas adecuadas y condiciones de sanidad satisfactorias, pudiera desatarse también el contagio. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario y ello habla de la responsabilidad cívica de esos compatriotas que viven mal pero que entendieron -y acataron- el mensaje de las autoridades. Ello ha sido bueno para todos y nos alienta a pensar que esa población, lejos de estar condenada a la pobreza, guarda reservas que generan esperanzas de un futuro mejor. Y nos compromete a todos.

La prioridad del empleo asoma con renovada fuerza ahora. Si ya estábamos con una desocupación del orden del 10% es evidente que hoy el problema se ha agravado y está indisolublemente ligado a la reactivación económica. El gobierno vuelve a tener protagonismo para apoyar las empresas con incentivos fiscales y una activa política de crédito. El Banco de la República tiene un rol protagónico para sacar adelante sectores agrícolas como el arroz, la lechería o la citricultura y desde ya que aquellos vinculados a la industria o el turismo. También parece lógico que esas políticas premien a aquellas empresas que hacen el esfuerzo de mantener su personal. Por supuesto que no hay margen para tirar manteca al techo, como sugiere nuestra benemérita oposición, pero -dentro de lo sensato- hay que mirar hacia la respuesta rápida. Así como en el enfrentamiento inicial a la pandemia, no se miraron costos, ahora -por lo menos- no debemos resignarnos a una ortodoxia.

Junto al tema del empleo se habla con frecuencia de mantener el “salario real” como si esto pudiera decretarlo el gobierno por arte de magia. El gobierno podrá influir -o decidir en su caso- los salarios nominales, pero los “reales” dependerán de cómo evoluciona la inflación y esta es una variable fundamental sobre la que operan de modo decisivo los salarios, los déficits y sus consecuencias directas, que son la deuda pública y la emisión de dinero. De allí entonces la inteligencia y prudencia que habrá que tener para acompañar al gobierno en su esfuerzo de equilibrio. Tanto los sindicatos como las empresas no pueden dejar de reconocer esta realidad fundamental.

En el horizonte aparecen ahora la rendición de cuentas y el presupuesto. Está claro que de ahí no va a salir la recuperación del país, que depende de la producción, de la pujanza de las empresas, empezando por las del Estado, pero podría ocurrir lo contrario, y llevarnos a un deterioro generalizado. A ese respecto confiamos plenamente en el sentido de responsabilidad del gobierno, pero importa que los demás actores sociales también lo entiendan. Sean ellos políticos, periodísticos o gremiales.